24 NOVIEMBRE
2017
Enfermeria21

Editorial
Familias y comunidades fracturadas como efecto de la migración y la violencia estructural

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Autores/as:GloMHI – Global Migration and Health Initiative

Title: Fractured Families and Communities as an Effect of Migration and Structural Violence

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En las ciencias de la salud y en las ciencias sociales hay un grupo emergente de estudios que, aun reconociendo correctamente la conexión causal entre el proceso de globalización económica y la migración, interpretan los movimientos poblacionales como un proceso inevitable y natural: el resultado de una decisión racional y autónoma en búsqueda de mejores condiciones de vida. Consideramos esta interpretación parcial y problemática porque no reconoce explícitamente ni denuncia la violencia estructural, la cual es expresión directa del régimen económico global neoliberal, que a través de un sinnúmero de mecanismos excluye y expulsa una cifra cada más creciente de personas (Sassen, 2014). En el contexto actual percibimos que parte de la comunidad científica no cuestiona estos discursos dominantes. Por ejemplo, en Latinoamérica, el énfasis capitalista en el éxito económico está asociado con discursos como “somos lo que consumimos” o “en el mundo hay lugares superiores y mejores”.

Paralelamente, es importante que el estudio de las migraciones, tanto internas como internacionales, vaya más allá de la celebración de sus resultados económicos positivos y del papel que estas supuestamente juegan en el proceso de “desarrollo”, y que denuncie el coste social del fenómeno, con efectos en el ámbito individual, interpersonal y comunitario. En muchos casos, migración significa pérdida. Como consecuencia de la migración, familias y comunidades pierden la identidad colectiva emocional y cultural esencial para su bienestar, su capacidad de cuidar y de promover la salud mental. La migración ocasiona múltiples fracturas que afectan en particular a la salud mental de los miembros más vulnerables de la familia, niños y mayores que, muy a menudo, quedan atrás, y que ninguna remesa de dinero puede atenuar.

Cortinois y Aguilera (2016) proponen la sistematización del concepto de familias fracturadas, argumentando que sus dos características principales son la separación a largo plazo y la incertidumbre permanente de cuándo ocurrirá, o si habrá reunificación. Apuntan múltiples consecuencias para la salud de las familias e individuos cuya experiencia familiar se ha fracturado por la separación de su cultura o de los cuidados en el ámbito familiar. La literatura internacional señala como principales efectos de la separación y de la incertidumbre, el impacto emocional en los/as niños/as y adolescentes, con casos de “parentification” (convertirse en padres/madres) de niños/as mayores y problemas conductuales, ansiedad y depresión (Falicov, 2007; Brown & Grinter, 2012). Desde la perspectiva de las madres, el sentimiento de culpa asociado a las condiciones de trabajo precario están relacionados con un fuerte sufrimiento emocional; tienen más conductas obsesivas, depresión y episodios psicóticos que las madres inmigrantes que viven con sus hijos (Kirchner et al., 2011).

Visibilizar esos efectos es un importante resultado de una crítica a las dinámicas neoliberales, que dependen de redes de trabajadores flexibles y móviles, mientras excluyen a quienes no son un valor económico para el sistema (Castells, 2000). Los flujos migratorios han movilizado más de 740 millones de migrantes en sus propios países, del ámbito rural al urbano (UNDP, 2009), y 244 millones de migrantes internacionales (UNDESA, 2016). Entendiendo que los movimientos poblacionales son efecto de un modelo económico particular, que desaloja, fractura, invita pero también expulsa, creemos que los/as investigadores/as deben identificar una agenda colectiva que permita afrontar el fenómeno en su dimensión axiológica, onto-epistemológica y metodológica. Por lo que, como invitación a otros/as investigadores/as, proponemos que las investigaciones en inmigración y salud deban:

  • Ubicar los orígenes de los procesos migratorios tomando en cuenta el sistema socioeconómico dominante, describiendo el imaginario social de nuestra época y examinando las complejas consecuencias que dichos procesos tienen a través de estudios transnacionales o multicéntricos entre países de origen y de destino.
  • Aplicar marcos teóricos que problematicen la idea de una ciencia universal (p. ej.: postcolonialismo feminista, descolonización), para cuestionar cualquier forma de producción de conocimiento que genera alteridad, creando una falsa separación entre “nosotros”(genérico occidental) y “ellos” (migrantes).
  • Evitar perspectivas teóricas que hacen de la salud un atributo individual, en lugar de una construcción colectiva lograda a través de la solidaridad.
  • Desafiar el concepto colonial y patriarcal de familia nuclear como modelo deseado, explorando otros –entre otros, familia monoparental, familia extensa, familia de elección– que comparten una historia ubicada en un sitio y tiempo específico, a menudo con valores compartidos, como el cuidado de sus miembros, pero que pueden tener percepciones distintas de obligación filial y parental.
  • Explorar los costes culturales (p. ej.: pérdidas de memoria familiar), emocionales (p. ej.: trauma intergeneracional), el estrés moral y otras formas de sufrimiento para entender de manera exhaustiva el impacto de la inmigración sobre la salud.
  • Estudiar redes de solidaridad, integración social y otras estrategias de promoción de la salud que puedan servir de inspiración para programas y servicios sociosanitarios, comunidades y familias fracturadas, sin romantizar la reunificación familiar como solución, una vez que algunas fracturas no pueden ni deben ser reparables (p. ej.: algunas víctimas de violencia doméstica).

Para concluir, proponemos reconsiderar la idea todavía radical en el siglo XXI
de “salud para todos los seres humanos, sin considerar donde hayan nacido” (http://www.glomhi.org/about.html).

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