11 M: los verdaderos héroes del atentado

Miércoles, 11 de marzo de 2020

Emilio, Guiomar y Raimundo aquel día se levantaron como un día normal. Dos de ellos tenían que ir a trabajar, el otro salía de una guardia y ponía rumbo a su casa. Todos ellos eran profesionales enfermeros, unos acudían a su puesto en el hospital y los otros a los servicios de emergencias y a la Cruz Roja. Lo que no sabían ni ellos, ni nadie, es que ese 11 de marzo de 2004 se les quedaría grabado para siempre.

Foto: Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

Aquella mañana, como cualquier otro día, miles de personas acudían a trabajar o estudiar, cuando sus vidas se detuvieron con la primera bomba. Una primera explosión y miles de llamadas de alerta hicieron ponerse en marcha a los servicios de emergencia sin saber muy bien qué es lo que había pasado, si sería grave… sin saber que casi 200 personas murieron y que cerca de 2.000 resultaron heridas… pero, sobre todo, sin saber que aquel día los verdaderos héroes serían ellos. Corrían poco más de las 7 y media de la mañana cuando, en plena hora punta, se produjeron diez explosiones casi simultáneas en cuatro trenes de Madrid. Fue ahí cuando comenzaría uno de los mayores atentados terroristas en España.

Los servicios de emergencias comenzaron a recibir muchas llamadas sin saber a ciencia cierta qué es lo que estaba ocurriendo en realidad. ¿Sería una broma? ¿Sería un accidente? ¿Tendría tanta dimensión como lo que estaban anunciando? Todo ello no lo sabrían si no se ponían en marcha. Emilio Benito García, Jefe de División de Personal, trabajaba en los servicios de emergencia y recuerda cada detalle. En cuanto entró a su puesto de trabajo llegaron los avisos de un posible atentado y salieron rápidamente hacia el centro de Madrid. “Llegando a trabajar me encontré con todo el revuelo en la Base Central. Me indicaron que me metiera en un coche de mando y me dirigiera a la estación de Atocha donde había habido una explosión. Así, sin anestesia. Camino del lugar por la malla oímos un revuelo impresionante de comunicados. Todo parece indicar que había otro en la estación de El Pozo. Entonces comenzó la preocupación: ¿Dos? ¿Qué está pasando?” recuerda.

El enfermero Emilio García Benito

Desde los hospitales las noticias también llegaron rápidamente. Guiomar Sánchez, coordinadora de Enfermería en Servicio de Atención al Paciente del Hospital Gregorio Marañón que en aquel momento trabajaba en Cuidados Intensivos, llegó como cada día a trabajar y el estrés, preocupación y asombro fue en aumento conforme pasaban los minutos. “Me duele pero lo recuerdo como si hubiera sido hoy. Comencé mi jornada de trabajo a las 7:50 como cualquier otro día. Aproximadamente a las ocho de la mañana alguien del servicio nos comunicó que había escuchado a través de la radio que había habido un incidente en la Estación de Atocha. Al principio, estábamos tranquilas, desconocíamos el motivo, alcance y número de víctimas, pero recuerdo que a las 8 y media comenzaron a llegar las primeras víctimas”.

Protocolo de actuación ante un atentado

Ante la magnitud del atentado, los servicios de emergencias se iban organizando como podían. Todo el mundo se preguntaba cómo podía ayudar y fue en esos momentos tan duros donde comenzó a salir lo mejor del ser humano: la solidaridad. Los autobuses y taxis se ofrecieron para llevar a los heridos al hospital, había gente en pijama que tras el estruendo bajaron rápidamente a la calle a socorrer, profesionales sanitarios que a pesar de no estar de guardia, no dudaron ni un momento en ponerse manos a la obra para intentar salvar el número máximo de víctimas. “Nos organizamos improvisando o improvisamos una organización. No sabría definirlo porque, ¿cómo haces un triaje con 40 críticos, 70 graves y 150 leves? Sabíamos que la agrupación de víctimas era un paso importante, y a eso nos dedicamos. Estábamos cuatro enfermeros y un médico. Recorrí un par de veces los trenes de atrás hacia adelante junto con bomberos para decidir el orden de traslado. Si un paciente estaba grave, le indicabas a los bomberos que le trasladaran. El siguiente estaba peor, por lo que se hizo una pasada solo valorativa, sin indicar ninguna evacuación prioritaria hasta no tener un poco de información global.  Con toda la buena voluntad, tanto bomberos como ciudadanos e incluso heridos leves comenzaron a ayudar a mover a los más graves”, relata Emilio Benito.

En aquel momento había un caos difícil de controlar y era necesario que hubiera unas normas o medidas que seguir. Hasta aquel 11 de marzo no había ocurrido un ataque de tal dimensión y se necesitaba un plan de actuación. Sí que existían protocolos en la mayoría de hospitales, se contaba con un plan de actuación ante catástrofes pero quizá se necesitó un poco más de refuerzo para poder organizarse mejor. En los hospitales se montó un gabinete de crisis manteniendo informadas a las autoridades. Se habilitó una sala para familiares y allegados, se evacuaron plantas para recepcionar heridos y, por suerte, postponer la actividad quirúrgica programada para ese día.

El enfermero de la Cruz Roja, Raimundo de Dompablo

Desde Cruz Roja no dudaron un momento en ayudar también. Raimundo de Dompablo era enfermero en el Hospital Puerta de Hierro en aquel momento y, además, voluntario de esta organización. Aquel día estaba de guardia en el puesto de Majadahonda y, tras recoger sus cosas, llegó el aviso. Respondieron con todo lo que tenía, se pusieron operativas todas las bases. Prácticamente todas acudieron al foco, a la zona caliente de los atentados, e incluso de las zonas limítrofes como Segovia, Guadalajara o Ávila. “Hubo una gran ola de solidaridad, en España somos muy solidarios y la gente ayudó en todo lo que pudo en todos los niveles. Nuestra ambulancia fue directa a Atocha y recuerdo que agoté por primera vez todos mis equipos de canalización de vías venosas y hubo un momento que me quedé sin batería”, explica.

La organización

Las primeras horas fueron confusas por el gran número de víctimas, era una sensación de desbordamiento. El personal tuvo que parar, coger aire y organizar cómo se iría trabajando. En el foco de los atentados, los servicios de emergencia tan solo pensaban en sacar a todo el mundo de allí por temor a otra posible bomba pero quizá lo peor era asumir la realidad y ver la cantidad de personas fallecidas a las que ya no se les podía ayudar. “Es una situación dramática para un enfermero estar con pacientes críticos, muriéndose y no tener nada más que tus manos. Normalmente estás rodeado de material y es cuestión de priorizar y ejecutar pero, ¿qué pasa cuando no tienes nada? Vi a varias enfermeras voluntarias que lo único que podían hacer era sujetar la mano temblorosa de un crítico al que en su servicio, seguro, ya le habrían realizado innumerables técnicas resolutivas. Me acordé cuando me contaron en primero de Enfermería que una de las misiones más importantes de un enfermero era ayudar a bien-morir. Siempre me pareció especial esta profesión por eso. Aquel día lo vi de otra manera todo”, relata Emilio Benito.

La enfermera del Hospital Gregorio Marañón, Guiomar Sánchez.

En los hospitales la organización también fue complicada pero la capacidad de respuesta fue inmejorable. Rápidamente se evacuaron plantas enteras con una magnífica respuesta de los pacientes ingresados. Se habilitó una sala para pacientes y comenzó la actividad quirúrgica. La coordinación con los servicios de apoyo fue excepcional, laboratorios, radiodiagnóstico, recursos materiales y, por supuesto, la gran cantidad de recursos humanos que acudieron ese día al hospital a pesar de tener su día libre. “La labor de enfermería fue fundamental. Los profesionales enfermeros estamos preparados para el cuidado integral del paciente, atendiendo sus necesidades de una manera holística, implicándose no solo en la curación de su cuerpo, sino atendiendo también sus emociones, preocupaciones y su entorno allegado”, explica Guiomar Sánchez mientras recuerda aquella mañana. “Lo que más recuerdo de ese día es el silencio, el llanto, el trabajar sin descanso, creo que no éramos muy conscientes de lo que realmente estaba pasando. Nadie quería abandonar su puesto, teníamos la sensación de que allí era donde teníamos que estar, donde nos necesitaban. Las víctimas llegaban con la mirada perdida, sordos como consecuencia de la onda expansiva, bloqueados, con olor a quemado y pidiendo una explicación para la que nosotros no teníamos respuesta. Recuerdo en especial en especial a dos pacientes, uno que llegó procedente de quirófano en muy mal estado que falleció y comenzó a sonar su teléfono móvil entre sus pertenencias. A partir de ese momento es cuando me derrumbé, no podía hacer nada por él y entonces fui más consciente de aquella barbaridad que nunca tenía que haber ocurrido. Por otro lado, un joven universitario que no había sufrido grandes daños y me pidió que contactara con su familia, y así lo hice, recuerdo su mirada y su sonrisa. Fue un día de sentimientos y emociones encontradas”, cuenta.

La gran labor de los profesionales sanitarios

Atender a pacientes críticos ya es bastante difícil pero aquel día la partemás dura comenzó con la llegada de los familiares que iban con la esperanza de encontrar a su ser querido. Un día que les marcó a todos y de lo que se aprendió al vivirlo en primera persona. A pesar de contar con una gran organización se analizó qué es lo que no había funcionado, revisar protocolos y aprender de los errores. “A ello nos pusimos desde el día siguiente. No queda otra. ¿Estamos más preparados ahora que entonces? Sin duda. ¿Nos asustaríamos de igual manera? También. ¿Cometeremos errores? Igual otros. Solo entonces sabremos si aprendimos algo o no. Espero que sí”, confiesa Emilio Benito.

Los atentados del 11 M afectaron a toda una sociedad y puede decirse que para muchos profesionales sanitarios fue uno de los momentos más duros y dramáticos que han vivido a lo largo de su carrera, pero como profesionales de la salud aprendieron que a pesar del horror y del caos, existe una gran ola de solidaridad y calidad humana que se volcó en aquellos lugares de Madrid donde los verdaderos héroes, sin saberlo, eran ellos.

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