Cogí su mano

Viernes, 17 de septiembre de 2021

Me despierto cada mañana a las 6:45, me preparo y desayuno con música para empezar el día con energía y llegar al hospital bien despierta, dispuesta a prestar el 100% de mi atención a todos y cada uno de mis pacientes, aprender un poquito más cada día y hacer mi trabajo lo mejor que sé. El cambio de estudiante a estudiante en prácticas es brutal. El compañerismo, la responsabilidad, la disciplina, la importancia de todos y cada uno de mis pasos… Al fin y al cabo los pacientes dependen de mí en muchos aspectos, en cosas simples como medirles la tensión o ponerles bien la almohada, y otras más complejas, como conectarles a la máquina de diálisis y realizarles el tratamiento que les quitará esos kilos que sus riñones no pueden eliminar por una insuficiencia renal crónica, lo que les salva la vida. Todo es importante, y es mi responsabilidad.

Todos tenemos nuestra historia. Unos somos estudiantes de Enfermería a punto de graduarnos y lograr nuestro mayor reto hasta el momento. Otros acaban de ser padres y están viviendo el mejor momento de su vida con detalles como mirar su hijo recién nacido mientras duerme. Otros pasan 12 horas semanales en una cama de hospital, conectados a una máquina que hace la función que sus riñones no pueden hacer para mantenerlos con vida. Impacta. Son tantas las reflexiones que he llegado a hacer con muchos de mis pacientes… En mi cabeza solo hay planes de futuro, ilusiones, estudios, amistades; y ellos, sin embargo… Pero aun así vienen cada día con su mejor cara, con sus alegres “¡buenos días!” me saludan y me hablan de su vida y puedo decir que completan una parte de mí. Encontrar un trabajo que provoque una sensación de plenitud es una suerte.

No puedo elegir, no puedo centrarme en una experiencia, en un día en concreto o en una historia, porque si lo hiciera solo hablaría de una pieza del puzle, y mi relato estaría incompleto. Para referirme a ellos respetando su privacidad, usaré emociones, y el género de estas, que despertaron en mí.

Empezaré con mi primera paciente en diálisis, Inspiración. Nada más llegar doy los buenos días, me presento al equipo y a continuación entran los pacientes uno a uno. Inspiración llega en silla de ruedas y me dice “toda la vida madrugando para trabajar y ahora que me jubilo tengo que venir aquí a las 8 de la mañana. Y para sumarle emoción le añadimos el cáncer”. El corazón me dio un vuelco al escucharla y pensé “empezamos fuerte”. Inspiración es bromista, la encanta la cerveza, siempre bromea con que cuando sale del hospital se va a tomar una jarra, ¡o dos! Aunque sé que no lo hace, pues se cuida y vela por su salud, pero la encantaría. En ocasiones me ha contado anécdotas, de joven era socorrista, ha vivido en varios lugares de España y la encantaba salir de fiesta con sus amigos; pero como Inspiración dice siempre, la fiesta sana, “salir con los chavales a las fiestas de los pueblos a tomar una jarra, y dos si son pequeñas”. Un día me contó cómo defendió a una chica en un bar frente a un chico que la estaba acosando. Aún recuerdo mi sonrisa de orgullo tras la mascarilla al relatar la conversación de la que se acordaba como si fuera aquel día. “Chaval, mira a ver dónde pones las manos”, le dijo al chico, quien fanfarroneó, por lo que Inspiración le dijo “pues mira, le vas a tocar el culo a quien yo te diga” y lo tumbó en el suelo de un puñetazo. Después salió “por patas” del bar. No es que apoye la violencia, pero el mundo necesita más personas como Inspiración, y mientras contaba esa historia noté como deseaba volver a esos años, y no vivir los tormentos que son para ella la diálisis y el cáncer. Justo entonces, cogí su mano.

Os hablaré de Frustración. Se queja del personal, de su situación en diálisis, y hasta de haber puesto en la unidad el belén en Navidad, miente, exige y no se cuida. Lo último es lo que más me importa: no vela por su salud. La diálisis salva vidas, pero no hace milagros, por eso son tan importantes la educación para la salud y la voluntad del paciente por cuidarse y querer vivir. Ella siempre nos dice de malas maneras “es que si tú tuvieras los problemas que tengo yo…”. Esta es otra cara de mi profesión, hay pacientes que nunca me harán caso ni atenderán a razones. Son como la resaca del mar cuando intentas salir, por mucho que nades, no puedes llegar a la arena. Me decía que tenía muchos problemas, que yo no vivo lo que ella sufre. Ante su negatividad no había nada que decir en ese momento. La escuché y cogí su mano.

Alegría es maravillosa. Siempre me llama por mi nombre, y me pregunta qué tal estoy, como si fuera una amiga de toda la vida. Su gratitud le hace interesarse por mí y querer hablar un ratito durante su diálisis, a lo que yo respondo encantada. Ella también me cuenta cosas de su vida, pero sobretodo de su matrimonio, tiene a una buena persona a su lado, y eso es algo mucho más importante que el trabajo, el físico o el estatus, pero eso es otro tema. Su corazón está pleno con esta persona, brilla tanto y late tan fuerte que le hace seguir adelante en el duro proceso de su enfermedad. Habla maravillas y la hace tan feliz que es contagioso. Hablamos de las Navidades, de lo difícil que serían este año y ella me dijo “nosotros somos dos y sus hijos, no tengo familia propia pero no la necesito, ellos son como mis hijos”. Sonreí y cogí su mano.

Dolor ha llegado hace poco. Solo lleva tres diálisis, por lo que su fístula aún no está desarrollada y los pinchazos son una tortura para él. Al principio parecía introvertido, reservado o apenado. Está pasando por la aceptación de un cambio muy significativo en su vida y por ello no se siente a gusto, dentro de lo que cabe, como los demás pacientes. En su tercer día puedo decir que me rompió el corazón. La enfermera atravesó su delicada piel con la aguja, yo estaba a su lado observando cómo lo hacía, pero por primera vez me fue imposible prestar atención a la técnica. Sentí cómo Dolor temblaba, sus piernas, sus manos, su cabeza, todo en él vibraba como si lo estuvieran electrocutando. Sus sollozos llegaban a mis oídos, como si de un niño pequeño se tratara; no eran palabras, eran llantos de sufrimiento. Y por último vi cómo las lágrimas le caían por el lateral de la mejilla. Sentí su tortura mientras apretaba mi mano con tanta fuerza que cortó mi circulación. Una vez soltó mi mano, quedó relajado, hasta una hora después. Dolor me pide una manta, no tiene frío pero vuelve a temblar, esta vez no era de sufrimiento, sino de nervios. Dolor está angustiado, necesita sentirse a salvo, necesita estar sano, algo que yo no puedo darle debido a su enfermedad crónica, pero sí puedo ayudarlo. Junto con una compañera le cogemos de la mano y pasamos un largo tiempo respirando hondo con él. Al cabo de media hora se calma y empieza a hablar, nos cuenta cosas de su familia, de su trabajo, de su casa… Y lo que más me gustó, bromeó en varias ocasiones. Dolor ha roto esa barrera con nosotras, en ese momento se sentía a salvo, estaba bien, y ahí comienza el camino hacia la confianza enfermera-paciente, fundamental en la que, me atrevo a decir, es la profesión más bonita del mundo: la enfermería. Esta experiencia tuvo lugar el día de mi 21 cumpleaños, y sin duda no pude tener un regalo más bonito, gratificante y único, que recordaré toda la vida. Y, por supuesto, durante la desconexión de Dolor, cogí su mano.

Coger la mano a un paciente significa confianza, ayuda, empatía, dar paz, escucha, compañía en el camino de su problema, sin importar el que sea, y cuidado. Estas son algunas historias de tantas otras que he vivido en mis prácticas. Las enfermeras y TCAE me están preparando para ser una buena profesional el día de mañana, pero los pacientes, sin darse cuenta, son los que me están enseñando a ser enfermera.

Autora: Lidia González Franco

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