El impacto psicológico de la COVID-19 de las enfermeras: cuando la urgencia se alarga

Martes, 29 de junio de 2021

“En esta situación, el estrés, el exceso laboral y la confrontación con el sufrimiento y la desgracia están haciendo mella en las capacidades de afrontamiento de las enfermeras”, explica Samuel López, neuropsicólogo del Hospital San Rafael, perteneciente a la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. “El sentir que se les pide un esfuerzo superior pero sin apoyos suficientes en el ámbito de los recursos humanos y materiales, y que parte de la sociedad y los dirigentes no entienden lo que supone la sobrecarga del sistema genera sensación de indefensión y frustración”.

© Comunicación San Juan de Dios Granada

La crisis surgida por la COVID-19 se extiende desde el mes de marzo de 2020 hasta la actualidad. Desde la irrupción del virus en el sistema sanitario español hasta la fecha, en plena campaña de vacunación, el coronavirus ha impregnado prácticamente todos los aspectos de la vida. Han sido los profesionales sanitarios, especialmente las enfermeras, quienes han hecho frente a estas circunstancias, quienes han soportado la carga principal de la pandemia. “Este contexto altamente estresante lo podemos ver como una experiencia traumática sostenida en el tiempo. Estos procesos y coyunturas estresantes tienen consecuencias tanto a escala mental como física”, completa.

El desgaste profesional: consecuencias a corto y largo plazo

López señala que es posible hallar consecuencias, principalmente, en tres áreas. La primera es la esfera cognitiva-emocional, “lo que pensamos y lo que sentimos: anticipaciones, preocupaciones, temores, inseguridades, sentimientos negativos sobre nosotros mismos…”; por otra parte, en la fisiológica, es decir, lo que percibimos en nuestro cuerpo, las manifestaciones corporales, se pueden encontrar “sudoración, temblores, molestias estomacales, opresión en el pecho o, entre otros elementos, mareos”; y, por último, en el plano conductual, aquello que hacemos y nuestras reacciones: “mordernos las uñas, comer en exceso, fumar, evitar situaciones, etc.”. A corto plazo, destaca, se ven afectadas las emociones, las motivaciones y las capacidades físicas y cognitivas. Se pueden ver perturbados, asimismo, los ciclos circadianos. “Nuestro cerebro cuenta con mecanismos de compensación del estrés, pero se ven desbordados por el mantenimiento de la situación de emergencia”.

Sin embargo, como afirma el neuropsicólogo, las secuelas de este proceso traumático no solo se ven a corto plazo. “Este tipo de situaciones prolongadas puede generar alteraciones del estado de ánimo y ansiedad, y se pueden desarrollar también otras alteraciones psicopatológicas, como los trastornos adaptativos”. Desde la perspectiva cognitiva procesos básicos como la atención o la memoria “se ven perturbados en su funcionamiento y rendimiento, además de transformarse otros procesos superiores, como las funciones ejecutivas y la toma de decisiones”. Además de estos trastornos mentales, procesos estresantes, como la actual pandemia, pueden asimismo desencadenar dolencias físicas, como enfermedades cardiovasculares, afectaciones digestivas, respiratorias o de la piel, “e incluso se han relacionado con algunas enfermedades relativas al sistema inmune”, apunta.

Al ser preguntado, de forma general, por el impacto que la COVID-19 está teniendo en las enfermeras, López incide en que es “difícil generalizar ante un colectivo tan amplio y con tantas funciones y niveles de exposición en esta crisis sanitaria”. Desde su punto de vista, los profesionales enfermeros están siendo el soporte del sistema, “la cara y el corazón de los sanitarios ante los pacientes, las familias y la sociedad en general”. Y subraya que se les ha pedido que respondan con “profesionalidad ante un problema que nos ha desbordado como sociedad, pero sin apoyos suficientes. La sensación de desbordamiento e impotencia son los estados más frecuentes, además de la fatiga y el desgaste de tanto tiempo haciendo frente a esta pandemia”.

Los efectos de esta situación estresante de emergencia, continúa, no se limitan al ambiente laboral. Por un lado, que el origen del estrés se encuentre en el trabajo no implica que el malestar concluya cuando acaba la jornada laboral, “de hecho, suele acentuarse cuando bajamos la guardia y nos relajamos fuera del ambiente estresante”. Por otro, no “debemos olvidar que las enfermeras son personas que forman parte de la sociedad y están sufriendo también los efectos de la pandemia, como el resto. Sufren las pérdidas de seres queridos, los efectos económicos en sus familias y las limitaciones sociales y la angustia que estas generan en todos nosotros”.

La importancia de identificar signos de alerta

“Tenemos el hecho de pedir ayuda como un síntoma de debilidad, cuando en realidad es un acto de conciencia y de autoconocimiento que implica la capacidad de reconocer que no podemos resolver alguna situación nosotros solos”, afirma el neuropsicólogo, destacando la importancia de este aspecto, y calificando de “fundamental” la detección a tiempo de los posibles problemas para resolverlos antes de que se compliquen. Es necesario “observarnos y ser conscientes de cuándo hay alguna situación que nos está produciendo malestar intenso, que no se pasa con el tiempo ni con el cambio de actividad o contexto, y que interfiere en nuestro desempeño en nuestra vida. Ser conscientes de nuestro malestar debe hacernos buscar ayuda y no resignarnos ni hacernos sentir culpables por esta problemática”.

Cuando este malestar es constante la mayor parte del tiempo, cuando la mayoría de los pensamientos son negativos e implica, sobre todo, a las perspectivas de futuro, “podemos pensar en buscar ayuda profesional. Cuando nuestro estado de ánimo es irritable e irascible, cuando sentimos ira y agresividad hacia el entorno y esto afecta negativamente a nuestras relaciones personales”. En este sentido, López afirma que también los cambios físicos y molestias psicosomáticas, e incluso la alteración del sueño, son señales de la necesidad de búsqueda de ayuda. “Ser capaces de identificar alteraciones psicológicas nos permitirá resolver con menor coste estos problemas y limitará el impacto que estos tienen sobre las diferentes esferas de nuestra vida”.

El detonante, o detonantes, de una crisis puede ser múltiple, asevera. En una situación de estrés sostenida en el tiempo puede darse un aumento de la vigilancia y la alerta emocional, y que “nuestras respuestas sean más impulsivas, por lo que cualquier situación o fenómeno que ocurra puede provocar una respuesta emocional descontrolada”. En este sentido, para la población, esta situación esta siendo “un reto muy importante”. La pandemia está teniendo “efectos devastadores tanto en la percepción de seguridad como en las perspectivas de futuro”. La coyuntura de estrés se está produciendo, afirma, en todos los sectores de la sociedad, con un impacto directo e indirecto difícilmente calculable. “Estamos encontrándonos con contextos de miedo y aislamiento, con duelos de seres queridos que no se están pudiendo realizar de la forma que quisiéramos, se está sufriendo una crisis económica y laboral que está generando situaciones muy complicadas”.

Las circunstancias actuales, continúa, están generando una sensación de “indefensión e incertidumbre sobre nuestro presente y nuestro futuro, además de fatiga y hartazgo”. Los efectos de la pandemia, los cambios sociales derivados y el panorama social, laboral y sanitario “son todavía difíciles de valorar. Nos vamos a encontrar con generaciones que van a tener que reconstruir el mundo y que desarrollarse en una nueva sociedad, con cambios hasta en la forma de relacionarnos. Estamos modificando la forma de trabajar, de interactuar, de divertirnos, de aprender y estudiar… Y esto genera miedo e incertidumbre, en muchos casos”.

Los autocuidados

Emplear técnicas de control del estrés, como ejercicios de relajación, la meditación y el mindfulness y el entrenamiento en la identificación de pensamientos negativos “pueden ayudarnos a sortear con éxito situaciones estresantes. Este tipo de herramientas requieren formación y lo recomendable es que un profesional nos entrene para que realmente sean eficaces”, señala López, que además considera que “debemos tener en cuenta que las técnicas de control de estrés han de aplicarse consistentemente mientras estemos en este tipo de situación”. Además, el neuropsicólogo señala el ejercicio físico, una buena alimentación y un correcto descanso como “pilares fundamentales para empezar a cuidarnos”.

En este sentido expone que contar con una red de apoyo social es igualmente esencial; “apoyos personales y sociales en estas situaciones que nos permitan desahogarnos y valorar la situación desde otro punto de vista son muy importantes para sobrellevar el estrés”. Es primordial, por tanto, crear “espacios de desahogo” que permitan desconectar “y recuperar fuerzas, además de darle otra perspectiva a la situación estresante. También es conveniente la generación de espacios de desconexión que nos ayuden a poner distancia con la fuente de estrés, lo que nos facilitará relativizarla”.

Enfatiza que la comunicación es muy importante para las relaciones interpersonales, y abordarla desde la empatía permitirá un acercamiento a la persona que se encuentra en un estado de alteración emocional o de ánimo de forma adecuada. “Ofrecer ayuda sin juzgar ni culpabilizar a la persona por su estado, escucharla y tratar de atender su situación y de descargar de culpa nos permitirá ofrecer ayuda o dirigirla hacia la ayuda”, explica. Es fundamental, además, no juzgar ni infravalorar el estado emocional y tratar de comprender las respuestas emocionales explosivas dentro de dicho estado, lo que “nos permitirá ayudar evitando nuevos conflictos para reducir, así, su carga de estrés”.

“Aguantar el malestar no nos hace más fuertes”, concluye López. De hecho, soportarlo puede provocar una cronificación de los problemas y que perduren en el tiempo, más allá del fin de la situación estresante, completa. “Esto afecta a nuestra calidad de vida y debilita nuestra percepción de control, y nuestra afectividad se ve alterada por el juicio de valor que nos aplicamos por ‘no ser capaces’ de aguantarlo”.

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