La Enfermería y sus estudiantes

Jueves, 26 de agosto de 2021

Algunas veces los “errores” te abren nuevas puertas que en ese momento ni siquiera te imaginabas. Es más, para ti es un gran disgusto: todo lo que habías planeado cambia. ¿Cómo no iba a tenerlo claro, si desde pequeña jugaba con mi maletín a curar a mis padres o a mi hermana? El resultado de muchos años de trabajo y estudiando todo lo posible, intentando conseguir una nota, esa que haría que entrases en la carrera que tanto soñabas. Pero algunas veces, esos “errores” inesperados hacen que tu camino tome otra dirección.

Casi cuatro años después si echo la vista atrás y puedo decir muy orgullosa que me alegra que todo fuera tal y cómo es. Quién me iba a decir a mí que la carrera de Enfermería iba a gustarme tanto, cuando yo tenía clarísimo que quería estudiar Medicina. Lo que no tuve en cuenta es esa felicidad que me produce saber que, aunque sea lo mínimo, he podido escuchar, ayudar, cuidar o aliviar a ese paciente. Y yo todo esto lo he encontrado como enfermera.

El miedo y las ganas de realizar una técnica nueva, poner en práctica esa teoría que te sabes a la perfección pero que, llegado el momento, tiene muchas formas de aplicarse y todas ellas válidas. Soy una persona muy observadora y creo que, en mi caso, las primeras veces nunca se olvidan. Quizás por ese miedo y nerviosismo de que algo salga mal o que no sea como esperabas. Estos meses han estado llenos de primeras veces y me las guardaré con mucho cariño. Aunque tengo que decir que prefiero esa seguridad que te da saber qué tienes que hacer en cada momento y que salga bien: esa “miniexperiencia” que te da repetir las cosas.

Las primeras suturas, por ejemplo. Supongo que algunas personas se identificarán con esa sensación de alegría que te produce suturar y que el paciente confíe en ti para que aprendas, e incluso te recalque “no te preocupes, sé que vas a hacerlo genial y si no, no pasa nada porque nadie nace enseñado”. Y que opine que ha quedado bonito. Días después, al realizar la cura de esa herida, ese paciente te reconoce y ves cómo en su cara se dibuja una sonrisa (a pesar de que la mascarilla cubra prácticamente toda la cara). Esa sensación es preciosa y yo creo que al final solo puedes llegar a sentirla si realmente te gusta lo que haces.

Otras veces, no todo es tan bonito y el paciente siente miedo y no quiere que el alumno sea el que lo atienda. A pesar de eso, siempre tratas de explicarle que en apenas unos meses serás como esas compañeras que te están enseñando: una enfermera. Y tendrás toda la responsabilidad de lo que hagas. Y la experiencia es lo que hará que vayas mejorando.
La emoción de los avisos. Vas en ambulancia o en taxi, depende de la situación, con los nervios y la ilusión a flor de piel. A mí lo primero que se me pasó por la cabeza es la gran responsabilidad que tienen los sanitarios y que sus actos pueden significar que alguien continúe su vida o deje de hacerlo en tan solo un instante y con una decisión.

Qué duros esos turnos de prácticas en los que los avisos son de personas, como tú y como yo, que toman la decisión de quitarse la vida. Llegar de uno y encontrarte con otro más. En esos momentos, te gustaría poder saber qué piensan y convencerles de que con ayuda todo irá mejor y que no se cansen de luchar. Ese paciente que llora desconsoladamente y que repite una y otra vez que antes era feliz, que necesita que todo este sufrimiento acabe, pero a la vez no quiere preocupar más a sus familiares. No sabes muy bien qué decir porque todo se queda corto en esos momentos. Los escalofríos que te recorren el cuerpo al poner grapas a un niño que no para de llorar y suplicar que pares. Todas estas cosas te descolocan un poco. Ese paciente que viene porque su escayola está algo rota y lo que tú no sabes es que una persona importante de su familia ha fallecido recientemente y no da abasto con todo. O ese que llega con el dedo colgando y pidiendo disculpas por darnos trabajo en toda esta situación tan complicada. Todavía no me acostumbro a que los pacientes me pregunten dudas sobre sus problemas de salud, confían e incluso te recuerdan que tú sabes más que ellos. Cuando en mi casa lucho con mi familia para que me dejen curarles una herida o sacarles una analítica para practicar.

Otro día más que me voy a casa sintiendo que he ayudado a alguien y además me ha animado. Un simple “¿sois todas enfermeras? Ah, que tú eres alumna de prácticas. Pero ¿a que ya has sondado más veces?”, dándote algo de seguridad frente a lo que acabas de realizar, te saca una gran sonrisa y ameniza el turno.

Esa semana que aprendes que quizá deberías hacer caso a tu madre y dejar de morderte las uñas al ver un panadizo muy inflamado y el dolor que produce drenarlo y coger una vía con doble guante, bata, doble mascarilla y pantalla… y no estar acostumbrada a la perdida de sensibilidad de esa doble capa y te viene a la mente lo mal que han tenido que pasarlo las compañeras con la pantalla empañada, cansadas y con ese miedo a la nueva situación que vivimos y, aun así, sacar adelante tantos meses de trabajo.

También me he sorprendido en algún domicilio al ver que las familias nos tienen pánico y no salen de una habitación para no cruzarse con nosotros. Algún que otro sábado en los que he tenido que improvisar con la enfermera una cura de un paciente edematizado que al drenarle era como “un grifo abierto con piteras por todos los lados”. Ese día yo pensé que no terminábamos nunca y que el paciente no podía descansar.

¿No os ha pasado alguna vez que un paciente te llama por tu nombre y pasas un buen rato pensando “cómo puede saberlo si yo ni siquiera vivo aquí”? Pero resulta que llevas un cartelito enorme en el que pone, en negrita y bien grande, tu nombre y apellidos. Cosas graciosas que nos pasan a los estudiantes.

Hoy sin ir más lejos me han sacado los colores mis compañeras. Desde que comencé este rotatorio no he parado de suturar dedos de la mano y, por casualidad, una barbilla. Justo he salido a un aviso y, por supuesto, ha aparecido un paciente en urgencias para suturarse. Obviamente era en el dedo y mis compañeras han comentado cuando he llegado “vaya, aquí está la experta en coser dedos”. En el fondo, me hizo ilusión el cometario pero lo que ellas no se imaginan, o sí, es el cúmulo de nervios y adrenalina que se me crea cada vez que suturo un dedo. Aunque sea la undécima vez que lo haga y la técnica esté clara y más o menos dominada.

Por último, sí que me gustaría agradecer a todas esas enfermeras que siempre están dispuestas a enseñarte con una sonrisa y te explican las cosas una y mil veces si fuera necesario. Ayudáis a que nos enamoremos de esta profesión y que poco a poco vayamos aprendiendo cosas que nos ayudarán a lo largo de nuestra vida como enfermeras.

Autora: Tamara Pérez Lechuga

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