Pequeñas cosas de la vida

Viernes, 18 de junio de 2021

Eran las 7 de la mañana de un lunes de noviembre, mi despertador acababa de sonar, y las pocas ganas que tenía de levantarme de la cama eran más que evidentes. Con mucho esfuerzo, salí de la cama y me dispuse a ir hacía la cocina, donde una taza de café bien cargado me esperaba. Tras terminar de desayunar, me dirigí hacía el baño; como cada día, decidí mojarme la cara con un poco de agua, algo que, a pesar de ser bastante desagradable, necesito para despertar y empezar a ser persona. Una vez pasado este evento tan traumático a la par que efectivo, lo único que me faltaba era arreglarme.

© iStock

Mi reloj marcaba las 7:30 y de la mañana. Deseé a mis padres que pasaran una buena mañana y salí de casa con dirección al hospital. Bueno, no me he presentado, me llamo Nuria y soy estudiante de Enfermería. La formación que recibimos los alumnos de 4º curso es meramente práctica, y qué mejor sitio que el hospital para aprender esta maravillosa profesión.

Como iba diciendo, llegué al hospital y en el vestuario me encontré con mis compañeras, nos pusimos al día contándonos lo fantásticos que habían sido nuestros fines de semana mientras nos vestíamos con ese uniforme morado y blanco que tanta alegría nos genera. Una vez ya preparadas, nos despedimos y cada una se dirigió hacia la planta en la que está ubicada. Yo estoy en la cuarta, que es a la que van los pacientes que se someten a cirugías poco complejas, como una hernia o apendicitis. Lo primero que hago nada más llegar consiste en pasar por las habitaciones de los pacientes y tomarles la tensión, junto con la frecuencia cardiaca y la saturación de oxígeno. A pesar de que parezca algo muy repetitivo y rutinario, es un momento que a mí me genera mucha satisfacción como persona, porque es un rato que tengo para hablar con ellos y para que me cuenten qué tal se encuentran, o cómo han pasado la noche. Una vez hecho esto, voy con el enfermero que está a mi cargo a repartir la medicación por cada una de las habitaciones. Al terminar, miramos la hoja de las tareas y vamos habitación por habitación realizando cuidados que requieren algo más de tiempo. Este es el momento más fructífero para mí de toda la mañana, porque puedo practicar las técnicas de enfermería que he aprendido años anteriores. Sé que estas técnicas no son lo más importante de la profesión, y es cierto que solo son una pequeña parte de la gran cantidad de cosas que hacen los enfermeros, pero también sé que es lo que más se ve, y es algo que todos los estudiantes estamos deseando hacer, ya que no es lo mismo practicar en un muñeco que en una persona de carne y hueso.

La mañana estaba yendo bastante bien, habíamos conseguido terminar todo lo que teníamos que hacer a tiempo, y teníamos un rato para descansar, comer algo y coger energía para seguir con nuestras tareas. Después, fuimos al control de enfermería para ver si estaba alguno de los médicos que llevan a nuestros pacientes. Efectivamente, así era, estaba la doctora Santiago, que, al vernos, nos informó de que acababa de ver a uno de nuestros pacientes, nos pidió que revisáramos los tratamientos, ya que había cambiado parte de los fármacos que tenía pautados el paciente, y por último que le retirásemos el drenaje que llevaba.

Con toda esta información fuimos hacía la habitación del paciente, le explicamos que le íbamos a quitar el drenaje, preparamos todo el material necesario para llevarlo a cabo y la enfermera me dejo que lo hiciese yo. Le quité el drenaje y a continuación le curé la incisión donde estaba localizado este. Mientras estaba curando al paciente noté un bulto duro bajo la piel. Esto, junto con que cuando saqué el drenaje me pareció que estaba muy superficial, me hizo sospechar que quizás aún quedaba parte del drenaje dentro. Se lo dije a la enfermera que estaba conmigo, palpó y llegamos a la conclusión de que lo mejor era decírselo a la médica que llevaba el paciente. Fuimos a buscar a la doctora Santiago, le informamos de lo que había pasado y fuimos junto con ella a intentar resolver este pequeño incidente.

La médica, al llegar a la habitación, explicó al paciente lo que había pasado y lo que íbamos a hacer. Entre la enfermera y yo instrumentamos a la médica, la cual decidió abrir un poco más la incisión que había dejado el drenaje, para así intentar localizar donde estaba el bulto y ver si había algo dentro. Tras desgarrar parte del tejido, la médica sacó las pinzas y seguidamente apareció parte del drenaje, que se había partido y quedado dentro. Los sentimientos que experimenté en ese momento eran una mezcla de alivio, porque habíamos encontrado lo que le ocurría, y de euforia, al ver que había acertado con lo que sucedía. Una vez que pasó todo el susto y salimos de la habitación, la enfermera me dio la enhorabuena por haberme dado cuenta de que había algo ahí que no debía estar en condiciones normales. Sin duda alguna, algo que me marcó esa mañana fue que, al rato de que pasará todo esto, volví a la habitación del paciente y me dio las gracias. Si ya estaba alegre de por sí, esto fue la gota que colmó el vaso. En ese mismo instante no existía persona en el mundo que derrochara más felicidad que yo.

La última parte de la mañana fue mucho más tranquila. La enfermera y yo llevamos la medicación de la una a cada uno de los pacientes, fuimos haciendo glucemias, poniendo insulinas… lo de todos los días. Una vez acabamos, solo nos quedaba escribir el evolutivo, nos íbamos a poner a ello, cuando de repente sonó el timbre de la habitación 406, en esa habitación duerme una paciente a la que tengo especial cariño, ya que me recuerda a mi abuela. Fui a ver qué necesitaba y cuando llegué me encontré con que la paciente estaba llorando a mares, estaba muy angustiada porque el médico le había dicho que de ayer a hoy no había mejorado nada. Al verla así, se me rompió el alma, decidí quedarme con ella para que me contara que la pasaba y así se desahogara. La paciente me estuvo diciendo que echaba de menos a sus hijos y a sus nietos, ya que no los veía desde que había ingresado. Al verla así, se me ocurrió darle una sorpresa. Uno de sus nietos es amigo mío, así que fui a por mí móvil, le llamé y se le pasé a la paciente. En cuanto oyó la voz de su nieto, se le cambió la cara radicalmente. Es una señora mayor y no tiene teléfono, y si con un gesto tan simple como dejarle el mío podía hacer que su estado de ánimo cambiase, lo iba a hacer.

Si ya de normal el ir a prácticas hace que me sienta genial, pequeñas cosas como estas son las que hacen que el levantarme por la mañana y tener que ir al hospital pasen de ser una obligación a una afición. Es cierto que es importante que elijas unos estudios que en un futuro puedan asegurarte que vas a encontrar trabajo, pero yo pienso que aún más importante es elegir algo que te agrade, y la enfermería es una profesión que te tiene que gustar y para la que no todo el mundo vale.

Autora: Nuria Molleda Aguayo

Noticias relacionadas

enfermera, Relato enfermero

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*