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JULIO 2016 N° 3 Volumen 6

La ética: enzima de la investigación científica

Sección: Editorial

Autores

Antonio Muñoz Vinuesa

Enfermero y profesor de Ética, Legislación y Deontología en Enfermería, Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de Granada, España y Vicepresidente II para la Región Europea de ALADEFE

Afortunadamente, las ciencias no son cotos cerrados, parcelas inmovilistas, sino que su contenido es esencialmente dinámico y creador. El estudio, la experiencia, la investigación, hacen posible profundizar progresivamente en los conceptos. Como con- secuencia, el ser humano tiene con el paso del tiempo ideas más claras sobre el mundo y su origen, sobre sí mismo y todo lo que le rodea.

Ha pasado mucho tiempo desde que el Homo Sapiens Sapiens pensaba que sus enfermedades y desgracias eran consecuencia de sus tótems cavernarios. Actualmente se conocen perfectamente las causas de muchas enfermedades y no por ello se deja de trabajar e investigar por descubrir las muchas que nos faltan.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, sin descuidar la investigación del origen de las enfermedades, se ha dado un giro copernicano en la forma de entender el binomio salud-enfermedad.

El concepto salud se ha magnificado como un bien preciadísimo para la humanidad. Salud, vivir en salud, implica mucho más que la ausencia de enfermedad. Es un equilibrio dinámico con el medio que nos rodea, como bien dice Bueno (1) en 1833, adelantándose a su tiempo y a la propia definición de la OMS de 1948, cuando escribe: “Salud es aquel estado en el que el hombre ejerce todas sus funciones con placer constancia y recreo, y la cesación de ellas constituye la muerte” (sic).

Las ciencias de la enfermería han vivido también esta evolución. La formación en las diferentes escuelas y facultades ha acom- pañado y ha sido partícipe de manera activa en esta nueva filosofía de entender, valorar y apreciar la salud. Los cuidados en- fermeros se prestan a individuos sanos o enfermos bajo un punto de vista totalizador, en perfecta armonía con su medio y desarrollando todas sus capacidades creativas.

Para ello, los enfermeros hemos tenido que fomentar un estudio continuado y desarrollar una investigación sistemática, y pe- netrar en cualquier terreno de las ciencias cuando nuestra directriz de trabajo lo ha aconsejado estableciendo un diálogo per- manente con otros campos del saber e innovando en el desarrollo de actuaciones preventivas y clínicas en el campo de los cuidados desde una perspectiva científico-técnica basada en la evidencia.

Los avances de la ciencia y de la técnica no han sido ajenos a los convulsos contextos políticos, sociales, religiosos y culturales que históricamente han caracterizado las diferentes etapas en la evolución del pensamiento humano.

También la ética ha estado presente y nos ha acompañado a lo largo de este proceso reflexivo y de evolución del concepto de salud y a medida que asistíamos a los continuos avances de la ciencia y de la técnica. Aunque hemos de reconocer que su consideración (ética), respecto a la ciencia, no fue siempre la misma en los diferentes periodos de la historia.

En este sentido Mitcham (2) describe tres periodos: el primer periodo transcurre desde los clásicos al Renacimiento, en el que las ciencias que no estaban tuteladas por el estado eran consideradas “…como formas deficientes de conocimiento y actividades so- cialmente desestabilizadoras, si no moralmente perniciosas”. Actitud esta que el citado autor denomina de “escepticismo moral”.

Continuando con esta línea argumental Mitcham se refiere a un segundo periodo que incluye desde el renacimiento hasta mediados del siglo XVIII, que en este caso denomina de “promoción moral”. En este periodo desaparece esa tutela a la que hacíamos referencia anteriormente, sustituyéndola por un apoyo explícito y una consideración expresa (de la ciencia) de au- téntico saber y “… fuente ilimitada de beneficios materiales para todos”.

Un tercer y último periodo que abarca desde mediados del siglo XVIII hasta la actualidad, al que denomina de “duda moral”. En este periodo y como consecuencia de determinados descubrimientos, como la energía nuclear, el tema de la contaminación ambiental o las dudas sobre la manipulación genética, etc., nos hacen caer en la cuenta en la ambivalencia de todo avance científico y que aquello que se ha utilizado para la guerra y la destrucción también puede ser utilizado para la paz y la felicidad del hombre. Este repensar de los avances científicos hace que el citado autor se plantee que “La ciencia y la tecnología constituyen formas poderosas de conocimiento y acción que son muy atractivas pero que a veces tienen efectos colaterales no deseados”.

Hoy, examinar y analizar los aspectos históricos, culturales, sociales y políticos de las ciencias se hace imprescindible para cual- quier acercamiento pretendidamente ético del uso y consecuencias de ese saber y conocimiento que el método científico ha puesto en manos de la humanidad.

Resnik (3) lo plantea muy acertadamente cuando escribe: “A partir del momento en que algunos filósofos se interesaron más profundamente por los aspectos sociales del conocimiento, muchas personas dedicadas a ciencias y a distintos campos de in- vestigación en el área de las políticas públicas han empezado a resaltar la relevancia de una ética de la investigación.”.

Pero como dice Adorno (4), hablar de ética es hablar de dignidad humana. O dicho de otra manera “… la idea de cada indi- viduo posee un valor intrínseco e inalienable opera como el necesario telón de fondo…” para cada decisión clínica o aplicación del conocimiento científico al que estamos haciendo referencia. Y como añade de nada servirían esos principios de no malefi- cencia, beneficencia, justicia y autonomía, si cosificamos o convertimos a los sujetos en objetos, “Sin la idea de dignidad, todos esos principios se vuelven ininteligibles”.

Por suerte, cada vez más se piensa y se solicita que una buena puesta en práctica de ese vasto conocimiento científico del que hoy presumimos, exige y precisa mucho más que una acertada y adecuada metodología, y que esta al tiempo vaya acompa- ñada de un riguroso diseño experimental. Pero, además, consideramos imprescindible un inexcusable compromiso con ciertas pautas de comportamiento que no excluyan ese telón de fondo al que hemos hecho referencia en el párrafo anterior, la dig- nidad humana.

Esto lo habremos conseguido cuando en esas pautas de comportamiento, se hayan integrado en su totalidad los valores es- tablecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, creemos que este debe ser el mínimo exigible a un conoci- miento científico y a un proceso investigador acordes con una propuesta ética que salvaguarde la dignidad humana. Aunque esto signifique que hemos de despojar de toda ideología a una investigación y a un conocimiento científico, en el que debe primar el valor de lo común, el valor de lo social y lo cultural, una prevalencia de lo público y no los intereses de unos pocos. Sabemos que la ética ni gestiona, ni es su objetivo gestionar la ciencia, pero la ética sí gestiona valores.

Los avances científicos deben ir acompañados, por tanto, de manera paralela por deliberaciones y reflexiones de la ética. Se deben poner en marcha políticas investigadoras, al tiempo que las acciones oportunas para medir sus consecuencias éticas y sociales. Porque no todo vale, no todo lo científicamente posible es éticamente aceptable.

Bibliografía

  1. Bueno González J. Arte de Enfermería para la asistencia teórico-practica de los pobres enfermos que se acogen a la de los hospitales de la sagrada religion de M.L.S. Juan de Dios (sic). Madrid: Oficina de Juan Nepomuceno Ruiz; 1833. p. 31.
  2. Mitcham C. Cuestiones éticas en ciencia y tecnología: análisis introductorio y bibliografía. Ciencia, tecnología y sociedad. Una introducción al estudio social de la ciencia y la tecnología. [Internet]. 2004 [acceso 15 junio 2016]. Disponible en: www.istas.ccoo.es/descargas/escorial04/material/dc08.pdf
  3. Resnik D. El ethos del científico: epistemología social y ética de la investigación. En: Velayos C (ed.). Ética y Ethos profesionales. Granada: Editorial Universidad de Granada; 2009. 109-47.
  4. Adorno R. Bioética y dignidad de la persona. 2ª ed. Madrid: Tecnos; 2012. p. 36.