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MAYO 2013 N° 2 Volumen 3

Innovar en educación en salud, un gran reto para la educación en enfermería

Sección: Editorial

Autores

Laura Morán Peña

Presidenta de ALADEFE

En los tiempos actuales, a la vez que es común y frecuente escuchar el término innovación, no suele serlo en el campo de la formación de recursos humanos en salud, como tampoco sucede en el ámbito relacionado con las ciencias sociales y las humanidades. Asimismo, hay que recordar que, si bien la formación contemporánea de los enfermeros tiene que ver también con el campo de las ciencias llamadas duras, su conceptualización actual la remite de manera más directa, aunque no única, al campo de las ciencias sociales y humanísticas.
La innovación ha sido entendida de muchas maneras por diversos autores, y significa literalmente “novedad” o “renovación”. La palabra proviene del latín innovare. Según el Diccionario de la Real Academia Española es la “creación o modificación de un producto y su introducción en un mercado” (1).
Es decir, no se trata solamente de crear un nuevo producto o modificar uno anterior, sino de su aplicación y la consecuente aceptación por parte de los usuarios. No obstante, las diversas perspectivas que existen respecto a lo que es la innovación, todos los autores convergen en que si las nuevas aportaciones, procesos o servicios no son aceptados por el mercado, no existe tal renovación.
En el sentido estricto, se dice que las ideas solamente pueden resultar innovaciones cuando se implementan como nuevos productos, servicios o procedimientos y que realmente encuentran una aplicación exitosa imponiéndose en el mercado, a través de la difusión (2).
También, para que exista innovación, las ideas que se estén implementando necesitan generar forzosamente un valor para el consumidor y un crecimiento económico para las empresas o instituciones. En este sentido, innovar es crear valor y debe resultar en algún cambio o reto en el status quo, es decir, cambiar los paradigmas establecidos, tanto sociales como del mercado. El solo acto de creación o de variación no representa novedad alguna si no comporta consecuencias significativas (3).
Uno de los efectos de la innovación puede ser el logro de la competitividad, entendida como la capacidad que tengan las personas, empresas, instituciones o países para competir por tener las propiedades necesarias.
En el caso de la economía, el economista austriaco Joseph Schumpeter fue quien introdujo el concepto de innovación en su “teoría de las innovaciones” (4), en la que la define como el establecimiento de una nueva función respecto a la productividad, pues asegura que la economía y la sociedad cambian cuando los factores de producción se combinan de una manera novedosa. Sugiere que las invenciones e innovaciones son la clave del crecimiento económico y que son los emprendedores quienes implementan ese cambio de manera práctica.
Dicho autor señaló que la innovación implica que se introduzca en el mercado un bien y un servicio con los cuales los consumidores no están aún familiarizados y un método de producción o metodología organizativa, de la misma manera que fomenta la creación de una fuente de suministro de materia prima o productos semielaborados, la apertura de mercados y la implantación de una estructura en un mercado, todo ello de nueva concepción.
Pero, dejando un poco de lado el enfoque economicista, también en las ciencias sociales y humanas, como es el caso de la salud y de la educación, el concepto de innovación adquiere especial relevancia, ya que la búsqueda a través de la investigación de nuevos conocimientos, así como la propuesta de soluciones implican curiosidad y creatividad que lleven a las personas o a los profesionales a generar innovaciones, a la vez que a sentir placer por la renovación.
En este sentido, y acorde con el campo de la salud y la educación, puede entenderse la innovación como la secuencia de actividades por las cuales un nuevo elemento es introducido en una unidad social con la intención de beneficiarla, ya sea en parte o a la sociedad en conjunto. No hace falta que este sea enteramente nuevo o desconocido para los miembros de dicho sector, pero debe comportar algún cambio discernible o reto en el status quo (5).
Existen diversos tipos de innovación: la técnica, de los servicios, de los modelos de negocio, del diseño y la social.
Para el tema que aquí se trata, que es el de la innovación en la salud y en la educación, es muy importante destacar la que se produce en el ámbito social, por tratarse de un proceso de creación y difusión de nuevas prácticas en áreas muy diferentes de la sociedad. Esta rebasa la innovación tecnológica por su relación directa con la búsqueda de soluciones para problemas y desafíos de la sociedad, que a menudo tienen que ver con nuevas formas de comunicación y cooperación.
Actualmente, las innovaciones sociales están adquiriendo una creciente importancia como un concepto central para las teorías de la sociedad y para la política que tiene que mostrar una relación con lo nuevo, entendiendo que no se refiere en este contexto solamente al horizonte temporal, sino que remite también a una dimensión objetiva y social (6).
La siguiente clasificación ofrece un panorama de los distintos tipos de innovación así como de sus implicaciones:
  • Innovación como novedad: en la dimensión objetiva de la innovación se pueden observar la singularidad de artefactos, productos, métodos o servicios hasta ahora desconocidos y sin precedentes.
  • Innovación como cambio: en la dimensión temporal, las innovaciones se presentan como nuevos procesos (los que por su parte conducen, en todo caso, a artefactos novedosos) en el sentido de transformaciones, de difusiones o simplemente de cambios.
  • Innovación como ventaja: en la dimensión social, se refiere a las ventajas derivadas de nuevas formas de administrar la interpelación del público al que se orientan (por ejemplo, la selección de nuevos y atractivos productos y su utilización como símbolos de estatus) y que pueden verse como progreso o adelanto.

En el caso de la innovación en la salud y la educación, es importante considerar, como puede observarse en la antedicha clasificación, que no solo se habla de artefactos o productos novedosos, sino también de métodos o servicios. Por ello, se tendría que pensar en algo más que en el diseño de prototipos de artilugios para la atención de la salud-enfermedad, y enfocar el interés hacia modelos educativos innovadores que transformen la prestación de los servicios de salud o bien hacia la formación de los recursos humanos en enfermería.

De acuerdo con lo anterior, sería indispensable analizar si la innovación es impulsada por los proveedores (basada en nuevas posibilidades tecnológicas) o por la demanda (basada en necesidades sociales y del mercado). Esto, en el caso de las ciencias de la salud y de la educación, resulta trascendente si se considera el papel protagonista que estas juegan para el desarrollo social de los países, ya que lo deseable sería que el reconocimiento de la demanda fuera un factor más frecuente en innovación que el del potencial técnico.
La innovación se puede lograr de diferentes maneras, dado que pueden llevarse a cabo por modificaciones realizadas en la práctica del trabajo, por intercambios y combinaciones de experiencia profesional, entre otras. Finalmente, toda nueva aportación suele documentarse y protegerse mediante patentes u otro esquema de propiedad intelectual y no es necesario que esta sea una novedad tecnológica.
De hecho, Michael Porter (7), una autoridad global reconocida en temas de estrategia de empresa, desarrollo económico de naciones y regiones, y aplicación de la competitividad empresarial a la solución de problemas sociales, de medio ambiente y de salud, opina que el nivel de innovación de una región puede estimarse con la cantidad de patentes generadas. En este sentido, ha señalado que “la competitividad de una nación depende de la capacidad de su industria para innovar y mejorar. Las empresas consiguen ventajas competitivas si consiguen innovar”.
Sería interesante revisar el ranking de competitividad existente entre países y entre regiones, para poder reflexionar sobre la importancia de formar a profesionales desde las universidades que posean una actitud indagadora, creativa y de resolución de problemas.
Los conceptos señalados con anterioridad, aunque en su justa dimensión, aplican también para el caso de la innovación en la educación, en tanto que la complejidad e incertidumbre de la práctica profesional en los diferentes escenarios de toma de decisiones, así como el advenimiento de una educación en proceso de cambio en una sociedad como la contemporánea, pueden llevar a pensar en la necesidad imperiosa de introducir una manera diferente de llevar a cabo las prácticas educativas.
Como ha señalado Tejedor (8), la innovación es un cambio educativo, esto es, un cambio orientado hacia una mejora. Se trata de un proceso polietápico cuya primera fase es la del proceso, en la que los gestores deberían hacer lo posible para fomentar la cultura, con su consiguiente aportación de un conocimiento global que despierte en las personas la necesidad de reflexionar para que después se generen iniciativas de las cuales nacerán los procesos, embriones de futuras innovaciones en el ámbito educativo.
El cambio en educación requiere una referencia a concepciones normativas derivadas de los valores y de los sistemas filosóficos, así como una constatación quasi-experimental y empírica de los conceptos y valores implicados. La idea de cambio conlleva la necesidad sentida de transformar una realidad, al tiempo que se perciben las dificultades (técnicas, sociales, económicas, culturales e ideológicas) que rodean cualquier proceso de innovación.
No obstante, también es necesario recalcar que no basta con tener o formar estudiantes con características de emprendedores; la innovación requiere procesos de gestión y administración que la acompañen en sus tres fases: la fase de impulso, en la que se observan tendencias o tecnologías con visión prospectiva; la fase de evaluación, en la que se analiza la idoneidad para el área específica; y la de transferencia, en la que el proyecto puede ser trasladado a través de su aplicación en otros contextos.
Es decir, la infraestructura organizacional debe generar ambientes que orienten a las personas hacia la creatividad y hacia la actividad innovadora, para generar espacios y contextos que la propicien.
A modo de conclusión se expone lo siguiente:
  • Experiencias recientes han demostrado que el esfuerzo de mejora educacional requiere un enfoque específico para poder insertarse en la economía del conocimiento. Sin embargo, también es necesaria una educación orientada a la competitividad cuyo fin último, como ha sido señalado por Porter (7), es elevar el nivel de vida de la población.
  • El único camino para que los países y las regiones avancen es mejorar radicalmente el sistema educativo, sin distinciones entre público y privado.
  • Los esfuerzos de los países y regiones deben orientarse a preparar a sus jóvenes para ser competitivos en la nueva economía y sociedad del conocimiento.
  • En la formación de recursos humanos de enfermería, sería relevante la identificación de innovaciones producidas por los llamados usuarios pioneros que son considerados una fuente destacada de innovación, debido a que se anticipan a las tendencias del mercado y a que disponen de los conocimientos e incentivos para desarrollar sus propias soluciones (9).
  • No es suficiente con tener o formar estudiantes con características de emprendedores. La innovación requiere procesos de gestión y administración que generen ambientes en los que los emprendedores puedan desarrollar innovaciones y acompañarlos y apoyarlos tanto en la fase de impulso, como de evaluación y de transferencia.
  • Lograr lo anterior implica que en la formación de los estudiantes de enfermería se implementen estrategias permanentes y deliberadas para el desarrollo de habilidades tales como la capacidad de analizar y resolver problemas y una excelente comunicación interpersonal; es decir, habilidades académicas, competencias laborales y estilos cognoscitivos que permitan a los profesionales enfrentarse al cambio acelerado de la sociedad del conocimiento.
  • Es necesario dar impulso a la educación en su más amplio sentido, la enseñanza de otros idiomas (con énfasis en el inglés) y la habilidad para el trabajo colaborativo y la incorporación de las TIC.
  • Para que todo lo que acaba de exponerse sea posible, hace falta que los propios gestores educativos y profesores tiendan a ser innovadores, pues será solo a través del modelaje que se podrá inspirar y motivar a otros a serlo.

Con plena convicción de todo lo anterior, la Asociación Latinoamericana de Escuelas y Facultades de Enfermería, como organismo de cooperación y estudio de la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL), apoya la organización de la II Feria Latinoamericana de Invención e Innovación en Salud 2013 (II FLAIISA 2013) que organiza la UDUAL, la Red de Programas Universitarios de Investigación en Salud (Red PUISAL), la Universidad de Panamá y la Academia de Ciencias de América Latina.

No cabe duda de que es grande el reto que existe para innovar primero en la educación en enfermería y, en consecuencia, generar un cambio en el ámbito de la salud. El desafío reside más que en la producción de artefactos, en llegar a ser capaces de desarrollar modelos innovadores de atención a la salud y que a la vez los gestores y los docentes asuman la responsabilidad para lograrlo a través de la generación de cultura y ambientes propicios para la innovación.
Asimismo, es obvio que hay diversos caminos que pueden transitarse, como bien señala el Dr. Pablo Latapí, gran educador, investigador y humanista mexicano, asegurando que: “El tiempo de México [y de nuestras regiones], y también el de cada uno de nosotros, se agotan. Vivamos intensamente: que nuestra esperanza, reconstruida en este presente azaroso, crezca (a partir de esta empresa) y se desborde hasta alcanzar el fin de los tiempos”

Bibliografía

  1. Diccionario de la Real Academia Española. 22ª ed. Madrid: Espasa Libros; 2001.
  2. Müller-Prothmann T, Dörr N. Innovations management. Strategien, Methoden und Werkzeuge für systematische Innovations prozesse. München: Hanser; 2009. p. 7.
  3. Enrique L. Innovación: ¿Qué es? Y ¿qué no es? Ciberópolis. Consejos, ideas, modelos de negocio e innovación en PYMES y emprendedores. 2006. [En línea]  [fecha de acceso: 24 de marzo de 2013]. URL disponible en: http://ciberopolis.com/2012/12/17/innovacion-que-es/
  4. Schumpeter JA. Business Cycles. A Theoretical, Historical, and Statistical Analysis of the Capitalist Process. New York: Göttingen; 1939.
  5. Porter ME, Kramer MR. Strategy and Society: The Link Between Competitive Advantage and Corporate Social Responsibility. Harv Bus Rev. 2006; 84(12):78-92.
  6. Roth S. New for whom? Initial images from the social dimension of innovation. International Journal of Innovation and Sustainable Developmen. International Journal of Innovation and Sustainable Development 2010; 4(4):231-252.
  7. Porter M. La ventaja competitiva de las naciones. Harv Bus Rev. 2007; 85(11):69-95.
  8. Tejedor FJ. La innovación educativa basada en la evidencia (IEBE). En el I Congreso Internacional de intercambio de experiencias de innovación docente universitaria. [En línea] [fecha de acceso: 24 de marzo de 2013]. URL disponible en: http://pprd07ws.ruv. itesm.mx/iebe/templates/iebe/archivos/ Act03_Metodologia_IEBE_(Tejedor).pdf
  9. Von Hippel E. The Sources of Innovation. Oxford: Oxford University Press; 1988.