Yo no sé tú, pero yo no soy una “acción” Sección: Editorial Autores Esperanza Agraz Patiño Matrona Titulo: Yo no sé tú, pero yo no soy una “acción” ¡Todavía me cuesta creerlo! Han pasado más de dos años desde la primera vez que escuché llamar acciones a las nuevas matronas que se incorporaban. Y cada vez que lo oigo, una parte de mí se rebela. La ira se abre paso empujada por el asco y la tristeza. No, yo no soy una acción; no, mis nuevas compañeras matronas no son acciones, son, somos, personas (profesionales sanitarios) que acompañamos a personas. ¿Cómo denominarán, según esta terminología, a las mujeres que atendemos en consultas en los grupos?Movida por la curiosidad, y siendo yo una analfabeta digital, pregunté a la inteligencia artificial (IA) por qué nos denominan así. Me respondió que el término acciones se usa en un sentido técnico, dentro de los planes de recursos humanos, como medida administrativa. Un lenguaje neutral, aséptico, me contestó.Mi estado anímico iba empeorando, así que reformulé la pregunta intencionadamente: ¿No es esta una estrategia para despersonalizar? Y sí, ya su respuesta me iba dando una coherencia que justificaba mi malestar: “El lenguaje no es inocente —me dijo—. Convertir a las personas en acciones o recursos es una forma de cosificarlas. Dejar de ver sujetos permite justificar la precariedad, los recortes y el desgaste como simples medidas organizativas”. En definitiva, que el maltrato institucional se puede llevar a cabo sin ningún cargo de conciencia para esas otras “personas” que gestionan los servicios públicos.Solo despersonalizando se puede obrar sin preocuparse de cuánto siente o padece otro ser humano, hasta ahora también se le llama cosificar. Pero llamarnos acciones va un punto más allá, porque las cosas ocupan un lugar, un espacio, y a lo peor, en algún momento estorban, te tropiezas con ellas. Por lo tanto, si pasamos a hablar de las personas como algo efímero, volátil, como es llamarnos acciones, el maltrato está asegurado, porque las personas “se esfuman”, y con esa falta de conciencia de las consecuencias de mis actos, con toda impunidad, hago y deshago. ¡Jugada maestra!Hannah Arendt nombró la banalidad del mal: cuando los actos más dañinos se envuelven en tecnicismos pierden su rostro humano. En nuestro caso, hablar de acciones en lugar de contrataciones, invisibiliza la dimensión humana del trabajo sanitario. Y esa invisibilización enferma.Del lenguaje al riesgo psicosocialLlamar acciones a las personas no es un error semántico: es un dispositivo de poder. Nos disuelve como sujetos y nos convierte en engranajes intercambiables. Así nacen los riesgos psicosociales: sobrecarga crónica, inseguridad laboral, falta de reconocimiento, pérdida de participación y conflicto de valores. Y cuando estos estresores se cronifican, el cuerpo y la mente responden con enfermedad: estrés, ansiedad, insomnio, problemas cardiovasculares, desgaste moral, etc.El lenguaje técnico también sirve para negar el daño. No se habla de “50 matronas agotadas o con depresión”, sino de “acciones de reorganización”. Así, el sufrimiento se vuelve invisible, y el sistema se retroalimenta: despersonaliza, enferma y, después, justifica más acciones que perpetúan el maltrato estructural.Resistir desde lo humanoEn este momento mis sentimientos estaban muy encontrados, pues si bien me alegraba de haber descubierto “el mecanismo”, la impotencia me desesperaba e interrogué nuevamente a la insensible IA si esto podíamos combatirlo de alguna manera. Su respuesta fue un decálogo, resumiéndolo viene a decir que resistir empieza por recuperar el lenguaje. Nombrar las cosas por su nombre. No aceptar sin crítica términos como recursos humanos u optimización de efectivos. En cada informe, en cada reunión, hablar de personas, profesionales, compañeras. El lenguaje es un acto de resistencia.La segunda defensa es el apoyo colectivo. No aislarse. Compartir lo que duele con quienes viven lo mismo. El malestar expresado deja de ser un fallo individual y se convierte en un síntoma compartido.También está el cuidado propio, entendido como responsabilidad ética. Reconocer que el riesgo psicosocial es tan real como cualquier otro riesgo laboral. Decir hasta aquí sin culpa, porque cuidar exige cuidarse.Y, por último, la acción social y política: denunciar, visibilizar, transformar la indignación en acción. Contar lo que ocurre para que la sociedad entienda que detrás de cada acción hay una vida, una vocación y la salud de una persona que cuida a personas.A veces me pregunto si, con todo esto, lograré proteger mi salud o ya está todo perdido, y andar en retirada es lo más prudente a mi edad. ¿Y tú, compañera, que inicias tu vida laboral, o solo has recorrido una parte de este camino, estás dispuestas a completar tu carrera sufriendo con sumisión el maltrato institucional que nos aliena? Seguro que ni unas ni otras queremos esto, así que tengamos presente y pongamos en uso este decálogo de supervivencia en la vida profesional. Rebelarnos contra la despersonalización, la cosificación institucional no solo es lícito, sino necesario para vivir nuestra condición humana de profesionales de la salud que quieren su trabajo, disfrutan de su trabajo y viven de su trabajo destinado a personas.Decálogo de supervivencia en la vida profesionalNombrar la realidad. Habla de personas y profesionales, no de recursos ni acciones.Reconocer el riesgo psicosocial. Es un riesgo laboral, no un fallo individual.Visibilizar lo invisible. Documenta y comparte sobrecargas y precariedad.Tejer redes de apoyo. Compañeros/as, sindicatos, asociaciones, ciudadanía.Cuidar el cuerpo y la mente. Descanso, desconexión y espacios de expresión.Marcar límites saludables. Decir “no” cuando peligra tu salud o la calidad asistencial.Usar los cauces formales. Evaluaciones de riesgos psicosociales, comités e Inspección.Practicar la reflexión compartida. Grupos Balint y supervisiones clínicas.Defender la vocación sin sacrificar la salud. Cuidar exige cuidarse: ética del límite y dignidad profesional.Transformar la indignación en acción. De la queja a la propuesta: comunicar, organizar, movilizar y exigir políticas dignas.