¡Maldito machismo! Sección: Editorial Autores Rosa Mª Plata Quintanilla Directora Matronas Hoy Titulo: ¡Maldito machismo! Paseando un día por el barrio de Malasaña (Madrid), me encontré con la escultura urbana que ilustra nuestra portada. La inscripción que la presenta aclara el sentido de la obra: “Homenaje a la Antigua Universidad de Madrid”, y la sorpresa para mí fue mayúscula, ya que paradójicamente, conociendo el veto impuesto a las mujeres para el acceso a la universidad, fuera precisamente una mujer la musa de la obra.La Dirección General de Intervención en el Paisaje Urbano y el Patrimonio Cultural de Madrid, en cuyas páginas está catalogada esta obra denominada Tras Julia del escultor Antonio Santín, expresamente explica que se trata de una “representación de una joven llamada Julia, que en el siglo XIX asistió a la primitiva Universidad Central de la calle San Bernardo disfrazada de chico, ya que solo se permitía el acceso a los hombres”. Cierto es que también he leído otras versiones sobre el origen de la obra, aunque más o menos todas confluyen en que se trata de un homenaje a las mujeres que queriendo estudiar, el veto machista se lo impidió; y también dedicado a las primeras afortunadas que, a pesar de los prejuicios sociales, cuyas reminiscencias aún perduran en el siglo XXI, su determinación las llevó a matricularse en la universidad conscientes de la consideración de" bichos raros" que les otorgaba no solo sus compañeros, sino la mayoría social.En ese momento, empecé a trazar líneas mentales: calle del Pez, Universidad Central, mujeres… y ¡sorpresa! Se produjo un haz de líneas convergentes: en la Calle del Pez vivió una matrona pionera, Pilar Jáuregui, sobre cuya vida y aportaciones se incluye un extenso artículo en este número; el actual Palacio de Bauer, junto a cuya fachada se ha instalado la escultura de Julia, fue edificio aledaño a la antigua Universidad Central de Madrid y, finalmente, era una mujer la que luchaba por su derecho a la formación. Incidentalmente, me pareció una conjunción perfecta la de esta imagen, y las circunstancias que la rodeaban, para incidir en la historia de la lucha de las mujeres, y muy especialmente de las matronas, por la igualdad de derechos, que incluía de forma prioritaria el derecho a la educación, formación y cultura, junto con el resto de derechos civiles en igualdad con los hombres.Desde tiempos antiguos las mujeres llevaron sobre sus hombros el estigma de la visión aristotélica que si bien no inició el machismo en términos absolutos, lo sistematizó, lo justificó filosóficamente y lo integró en el pensamiento occidental durante siglos, proporcionando una base que han venido en denominar científica y racional, pero ninguna de estas características posee, como se ha demostrado, para la imputación de la inferioridad femenina que, aun en el siglo XXI, no se ha erradicado y menos sus consecuencias.Sin lugar a duda la negación al acceso a la enseñanza formal fue probablemente la herramienta más efectiva y poderosa para limitar la autonomía, el pensamiento crítico y el desarrollo de las mujeres, manteniéndolas en una posición de subordinación.Esa es la historia propia y real de las matronas, la primera ocupación (profesión sanitaria) a la que los hombres no les dejaron desarrollarse como de forma natural hubiera sido, por su descrédito hacia la mujer profesional y la infravaloración de las mujeres en general. Esto determinó el camino que llevamos recorrido, camino que, de no ser por prejuicios infundados e intereses machistas, hubiera sido otro bien distinto: formación reglada más temprana y ejercicio autónomo, sin supeditación a la instancia médica que, en el área de la atención a la salud sexual y reproductiva de las mujeres, estaría desempeñada por las matronas sin necesidad de la existencia de ginecólogos-obstetras.La lucha de las mujeres, y de las matronas en concreto, ha sido (y todavía es) una carrera de obstáculos y dificultades, una lucha desigual donde el valor y el coraje, incluso mayor ante la injusticia a la que se sintieron sujetas aquellas primeras mujeres que lograron quebrar parte del techo de cristal que topa a las mujeres, les hizo combatir los prejuicios sociales, los poderes preestablecidos y el errado, pero conveniente, convencimiento de su desigualdad frente a los hombres.La brecha de género sigue existiendo, y perdóneme, Sr. Aristóteles, cuando le digo que sus razonamientos nunca cuadraron con la verdad: mujeres y hombres somos diferentes por razones biológicas, pero eso no nos ha incapacitado al sexo femenino intelectualmente; solo el poder de los hombres creando estereotipos, negándolas la instrucción, impidieron su desarrollo en igualdad, y en el siglo XXI seguimos pagando las consecuencias de esa barbarie.Hoy nadie puede negar esta evidencia porque tenemos mujeres profesionales ganadoras de premios Nobel, algunas hasta con dos como la insigne Marie Curie, aunque las féminas que han obtenido esta distinción solo representen el 7% del total de premiados en la historia. Ya son más mujeres universitarias que varones, representando cerca del 56%-57% del alumnado total y superando el 60% en tasas de graduación, aunque las mujeres se decantan más por las ciencias de la salud, artes y humanidades, con baja representación en carreras técnicas y esas profesiones feminizadas e imprescindibles, como en el caso de las matronas, siguen estando lastradas por la condición de género. Desde 2015, el número de mujeres doctoradas iguala al de los varones; sin embargo, la cifra de más de la mitad de mujeres que acceden a los primeros escalones de la carrera universitaria está en proporción inversa a la de las mujeres que consiguen los puestos de mayor responsabilidad académica: el 25% de las cátedras y solo 23 rectoras frente a 68 rectores.Hoy Julia, y todas las mujeres a las que representa esta magnífica escultura, estaría contenta, pero no satisfecha, tampoco las mujeres y las matronas del siglo XXI lo estamos porque no queremos concesiones de migajas, cupos de igualdad, cuotas de género, representación paritaria, etc. Queremos nuestros derechos en igualdad y que se nos valore porque lo que valemos, por lo que aportamos a la sociedad.