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Revista Matronas

Revista Matronas

SEPTIEMBRE 2015 N° 2 Volumen 3

Editorial

Sección: Editorial

Autores

Rosa Mª Plata Quintanilla

Directora de Matronas Hoy

Han pasado más de seis meses desde que España fue declarada oficialmente libre de ébola y la sensación que tengo, salvando las distancias que ¡vaya que las hay!, es como si se hubiera tratado del lanzamiento de un libro de terror, escalofriante, en el que llegado a la página del epílogo quedara durmiendo en la estantería de la biblioteca y de él permaneciera solamente algún recuerdo, cada vez más lejano y vago, en la cabeza de los lectores subyugados y seducidos por una campaña de marketing extraordinaria.
Sin embargo, el ébola no es un libro ni un sueño, es una rea­lidad que sigue existiendo aunque no nos toque de cerca en el momento presente, porque lo cierto es que nadie sabe si nos puede volver a tocar.
España entera estuvo conmocionada con la noticia de la llegada del virus del Ébola que vino a romper nuestra pacífica existencia, nuestra tranquilidad vital. África estaba hasta ese momento muy lejos y parecía que nunca nos tocaría sufrir por lo que muchos llevaban años muriendo. Pudimos observar, algunos incluso sorprende decir que con incredulidad, que en un mundo globalizado era muy fácil que el letal virus traspasara las fronteras del continente africano y llegara a Europa y a América y entonces… ¡el mundo tembló! Y los sanitarios de los respectivos países, más si cabe.
Aunque lo mencione no es precisamente objetivo principal de este editorial la crítica por la falta de un dispositivo permanente de alerta sanitaria, aunque si no es el ébola cualquier otro virus puede llegar y volver a enfrentarnos a una situación similar de ineficacia y riesgo por falta de previsión, y estamos como antes de este gran aviso. Tampoco el objetivo es cuestionar lo que se investiga o no sobre el virus, porque la realidad es que se investiga lo que se puede con los medios que quien investiga tiene en la mano, y de todos es conocido que si no hay interés de por medio por parte de la industria farmacéutica, el asunto incluso podría ir peor…
Lo que quisiera destacar en este editorial es la figura de los sanitarios, entre los que me cuento. España, en ese momento fatídico del primer traslado de un enfermo contagiado por ébola, necesitaba sanitarios de una forma especial porque éramos, aun a riesgo de nuestras vidas por esta causa, de una forma más inminente que la velada amenaza de cada día que nos enfrenta a innumerables enfermedades graves, NECESARIOS. Las autoridades sanitarias y la sociedad necesitaban que estuviéramos en la primera línea de batalla para ayudar a controlar y erradicar ese virus que podía convertirse en una catástrofe nacional y ejecutar lo inherente a nuestra profesión enfermera, que es cuidar a esos enfermos que se debatían ante un futuro, en el peor de los casos, letal.
En nuestro caso como matronas expuestas a un riesgo máximo en el caso de ser requerida nuestra asistencia, poco hubiéramos podido hacer por esa madre y ese hijo seguramente infectado también, que hipotéticamente hubiéramos de asistir en una gestación o inminente parto; probablemente por el feto nada y por la madre casi nada. Sin embargo, en ese supuesto no debiera haberle faltado nuestra asistencia tan humana y tan cercana, nuestra comprensión como la que ofrecemos a cualquier otra persona, incluso en este caso sería justo ofrecerle nuestra compasión, sentimiento que no se debe tener con ninguna mujer embarazada-parturienta, ya que su incomodidad, molestias, incluso dolor de parto no es una desgracia, sino una circunstancia normal y necesaria. En el caso del virus del Ébola sí ha lugar a la compasión, esta sí es una pobre mujer, porque quizá solo la ayuda compasiva de una matrona en los últimos momentos fuera el consuelo que se llevara al otro mundo, su final más probable.
Inmediatamente, y por comparación, me vino a la mente otra de las grandes epidemias del siglo XX, que aun siendo muy joven pude vivir en sus inicios: la del sida. Además de revivir una sensación parecida de angustia mundial ante un enemigo desconocido, poderoso y letal, recuerdo algo que me quedó grabado para siempre en un momento en que yo empezaba mi formación como enfermera y, por tanto, poco concienciada de la trascendencia de lo que la profesión podía significar. Me refiero a las manifestaciones que se multiplicaron por todo EE.UU. en apoyo y reconocimiento de la labor de los sanitarios, al fin y al cabo, los enfermos se dieron cuenta de quienes, seguro que con un miedo atroz pero sin juzgarles, estaban a su lado intentando que vivieran, o al menos que murieran mejor, mientras otros sectores y estamentos de la población desde la ignorancia, el miedo y una talla moral incalificable, pretendían aislarlos y vejarlos, separarlos de la sociedad en una versión moderna de los apestados de Jericó.
De entre tantas cosas que me ha aportado la profesión en estos 30 años de ejercicio, fuera de los propios conocimientos científicos, es que al margen y al hilo de tratamientos y técnicas, la nuestra es una auténtica vocación de servicio y aquí no vale el miedo, la desidia o el interés crematístico, lo único que vale es la entrega sin prejuicios, esa calidez y sin duda “amor” por lo que haces y que la profesión se defiende con hechos, aunque el reconocimiento general no llegue más que in extremis, en muchas ocasiones. Así nos ha pasado a los sanitarios españoles a quienes el gobierno de forma directa, e indirectamente parte de la sociedad con miradas hacia otro lado, otros apoyando abiertamente las medidas de recorte contra los empleados públicos y funcionarios para verse libres así de sufrir en sus carnes más recortes, no dudaron en convertirnos en chivos expiatorios de esta crisis económica que nos asola. Unos, los que tienen el poder nos han privado de derechos laborales conseguidos y han reducido nuestros emolumentos; lo peor, es que los que tienen el poder y los que no han puesto en tela de juicio nuestra honorabilidad también, extendiendo el rumor de que todo lo conseguido por el colectivo sanitario eran prebendas y no derechos ganados con nuestro esfuerzo en el desempeño de nuestro trabajo, en la generalidad de los casos, digno y responsable.
No espero que a los sanitarios se nos haga un reconocimiento social público como en EE.UU. en la batalla contra el sida, ni tampoco lo espero del gobierno de la nación por estar ahí en esa crisis del ébola, por estar cada día atendiendo a los enfermos y moribundos en los hospitales, a las mujeres que traen al mundo una nueva vida, al fin y al cabo es nuestro trabajo. Pero sí deseo profundamente que algún día quienes de palabra, obra u omisión nos menospreciaron a los funcionarios y empleados públicos entre los cuales estamos los sanitarios, se sonrojen, en nuestro caso cuando necesiten a una matrona y encuentren una profesional de talla solucionando su problema o proceso, independientemente del día, la hora y las circunstancias. Y entonces, aunque sea entre dientes entonen el mea culpa y se avergüencen de habernos medido a todos con el rasero de la mezquindad, de habernos calificado como vagos y rémoras de la sociedad, sobrepagados en derechos laborales y sueldos, cuando bien al contrario podemos hacer bandera con legítimo orgullo no de ser un colectivo bien pagado, sino de ser mayoritariamente profesionales eficaces y comprometidos, incluso a riesgo de nuestras vidas. ¡Y eso no hay vil metal que pueda pagarlo!