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Metas de Enfermería

Metas de Enfermería

MARZO 2005 N° 2 Volumen 8

11M: el día que nunca debió ser

Sección: Relatos

Cómo citar este artículo

Ortega Ceballón IM. 11M: el día que nunca debió ser. Metas de Enferm mar 2005; 8(2): 73-75

Autores

Iván Mª Ortega Ceballón

Diplomado en Enfermería. Enfermero SAMUR de Madrid. Profesor colaborador de la EUE "Puerta de Hierro".

Contacto:

C/ Pedro Salinas, 7. 28043 Madrid

Email: ivort@wanadoo.es

Resumen

11 M, con "M" de maldito, de masacre, de miedo, de muerte. Todo ocurrió muy rápido, en unos pocos minutos, pero para mí fue el día más largo de mi vida. Mi reloj también sufrió un síncope y los minutos se me antojaron horas.
Ya ha pasado un año, pero sin embargo sigue estando presente en mi mente como aquel día. Por eso, te escribo a ti, que fuiste el primero a quien atendí, a ti en representación de todos los demás.

Cuando llegué a la calle Téllez no eran mucho más de las ocho de la mañana. Aquel trajín desesperado de ambulancias y fuerzas de seguridad me hicieron comprender rápidamente que no me encontraba ante un suceso más de los que suelo atender con mi equipo del SAMUR en cada guardia.

Pero mi capacidad de asombro estaba todavía en fase de inicio en esos momentos. Tan sólo después de atravesar el dintel acristalado del ahora polideportivo municipal, otrora cuarteles de Daoíz y Velarde, comencé a asimilar la verdadera magnitud de la tragedia. Una tragedia, era evidente, provocada. No un accidente sin más.

Tuve entonces, por primera vez en mi vida profesional, la sensación de desbordamiento, de no saber por dónde comenzar. Necesité de unos buenos segundos para hacerme una composición de lugar. Y después de esta primera sensación, todavía hoy no sé por qué comencé a atenderte a ti primero. ¿Lo sabes tú? Desde luego, había que ponerse manos a la obra. Es cierto que me diste una primera impresión de mayor gravedad. Entre otras cosas, porque no te movías y porque quienes atenazaban tu mano mientras miraban despavoridos a su alrededor, ciudadanos legos en estas lides, quizás sin quererlo me interpelaban con su presencia y solicitaban mi apoyo. Estos uniformes que llevamos, y es lógico que así sea, no podían hacernos pasar desapercibidos.

Quise saber tu nombre, oír tus palabras. Pero tú no oías las mías. Tus tímpanos estaban traumáticamente destrozados como consecuencia de la onda expansiva. Tampoco podías mirarme. Ambos ojos, quemados por la deflagración, no podías ni siquiera entreabrirlos debido al edema. Aunque, créeme que no te miento, no te hubiese gustado nada lo que te rodeaba. Tampoco descubrí tu aspecto en ese instante.

Sí recuerdo tus breves palabras: "¿Quién eres? ¿Quién me está tocando? ¿Qué me estáis haciendo?" Después de eso, tus comentarios eran inconexos. Estabas claramente desorientado en espacio, tiempo y lugar. Es la situación en la que suelen hallarse los que sufren lesiones a consecuencia de un atentado. Lo sabía y también sabía la ansiedad que ello genera. Por eso, enseguida te sedamos y segundos después viajaba por tus venas un potente analgésico. La sangre no cesaba de manar por tus oídos. Tuvimos que reponer con varios sueros las carencias que presentaba tu organismo. En unos minutos estabas profundamente dormido y no respirabas por ti mismo. Estabas conectado por un tubo alojado en tu tráquea a un balón autoinflable por el que asistíamos artificialmente tu respiración.

Quedaban muchas cosas por hacer. Inmovilizarte de forma concienzuda, manipulando tus lesiones con sumo cuidado pero sin perder tiempo. ¡Maldito sea el tiempo! Y después de todo ello, te pasamos a una camilla. Aquellos agentes de Policía Municipal que colaboraron conmigo tenían escrita la angustia en sus rostros. No cesaban de repetir mi apellido que leían en el lateral de mi casco: "Ortega, díganos qué hacemos, lo que usted nos diga, lo que haga falta, pida lo que sea". Creo que les di las gracias decenas de veces. No se separaron de allí ni un instante. Se las daba también de tu parte. Ya lo creo.

Ellos fueron quienes gestionaron la ambulancia en la que después te evacuamos. Se aseguraron que estuviese esperándonos en la puerta del polideportivo. En ella recorrimos durante unos minutos los pocos kilómetros que nos separaban del Hospital Gregorio Marañón. Aún así, el trayecto se me antojó largo. Mientras oprimía cadencialmente el balón por el que ventilaba tus pulmones y clavaba la mirada en el monitor que mostraba el trazado de tu actividad cardíaca, recé en voz alta. No me preguntes por qué ni por quién lo hacía; no sé si por ti, por mí o por todos en general. Pero sí te puedo decir que fue algo que me tranquilizó mucho. Pocas veces había rezado poniendo más atención a cada una de las palabras que decía. El conductor nos trasladó cuidadosamente, para no desestabilizarte con los vaivenes. No hubo aceleraciones ni frenazos bruscos. Sin duda otro magnífico profesional; era un voluntario de Protección Civil, como tantos que lo demostraron aquella mañana.

A nuestra llegada al servicio de urgencias nos esperaba un equipo formidable de sanitarios de todas las categorías. Mejor dicho, todos eran de primera categoría. Y todos colaboraron en tu bajada de la ambulancia. A ninguno se le cayó, por ello, el fonendoscopio ni los anillos. En pocos segundos entrábamos en el box de pacientes críticos. Después de informarles de tu estado y de las lesiones que presentabas, te trasladaron sin demora al quirófano de urgencias. Allí te dejé en buenas manos. Tanto es así que he podido saber que tres semanas después estabas en casa.

Ya no oyes lo que a tu alrededor sucede. Y sólo lo ves parcialmente. Pero estoy seguro de que las sensaciones que han quedado grabadas en tu mente están indelebles y así quedarán de por vida. Incluso con mayor fuerza con la que lo hicieron las quemaduras de tu piel y las cicatrices de tus vísceras internas afectadas por la explosión.

No he querido investigar más sobre ti. Me vas a perdonar. Pero es una forma de autoprotegerme. Así, además, nos lo recomiendan en nuestro trabajo los que entienden de estas cuestiones. Por otro lado, no creo que resultase agradable para ninguno de los dos recordar aquellos momentos. No sé si me pedirías detalles de lo que ocurrió después de que indujéramos con fármacos tu inconsciencia. Y tampoco quisiera caer en la tentación de preguntarte cómo viviste aquellos interminables minutos. Quizás no estoy preparado para escucharlo. ¿Lo está alguien que haya pisado aquel escenario en esa mañana? Pero no te confundas. No te he olvidado. No lo haré nunca. Ni a ti ni a los demás. Ni a los 191 ¡Dios mío! que no pudimos salvar.

Después de volver en la ambulancia hasta Téllez estuve con más heridos. Pero de algún modo tú fuiste mi paciente. Espero que permitas el paternalismo con que lo expreso.

Ahora quería decirte, como quiera que te llames, que aquel día volví a descubrir que es este trabajo que hago, y no otro, el que mayor pasión me despierta. Y tú eres, en parte, culpable de ello. ¿Qué te parece esto que te digo? He vuelto a descubrir lo que es realmente importante en esta vida. Me lo has enseñado tú. Me lo enseñaron quienes estaban junto a ti cuando yo llegué. Me lo enseñaron mis compañeros de faenas, quienes desde el 11 de marzo son mucho más que eso. La adversidad vivida juntos, la lucha codo con codo, nos ha unido de forma sorprendente. Quizás sin que lo sepamos. Pero te aseguro que la gente de mi turno, la que vivió conmigo aquello, hoy forma parte de mi vida de un modo especial.

He descubierto que el ser humano es bueno por naturaleza. Aunque siete u ocho fanáticos, hijos de la sinrazón y padres del odio, quisieran aquella jornada demostrar lo contrario. ¿Sabes por qué? porque eran muchos más los que a la mañana siguiente rodeaban nuestra UVI móvil en la manifestación masiva que recorrió el corazón, más vivo que nunca, de esta inigualable ciudad que es Madrid. Ellos sí me hicieron llorar, antes no lo había hecho, de alegría, de orgullo. En la Plaza de Cibeles nos abrían paso al vernos atender a pequeños síncopes, crisis de ansiedad y otras urgencias menores a unos pocos metros de donde estábamos apostados para resolver esas contingencias que surgieran. Recuerdo a aquellos ciudadanos que nos aplaudían y jaleaban, coreaban nuestro nombre. Gritaban vivas por el SAMUR. Todavía hoy tiemblo al recordarlo. Esa fue, sin duda, la mejor terapia, al menos la más positiva, para poder dar sentido al sinsentido vivido el día anterior a unos pocos cientos de metros de allí.

Te recuerdo y os recuerdo. Y esto es un homenaje a todos vosotros. Los que llegasteis a buen puerto y hoy podéis contarlo y los que quedásteis allí para siempre, en aquellos trenes de la muerte que unos malnacidos cargaron de odio.

El 30 de mayo, como me había prometido, llegué en primera fila a la meta de la Glorieta de Atocha, después de correr 12 kilómetros en vuestro recuerdo. Fue el homenaje que quisimos rendir los Servicios de Emergencia de Madrid a todas las víctimas y quienes más os quieren. Pasamos por los cuatro escenarios de dolor donde ocurrieron los hechos y juntos, de la mano, todos nosotros, policías, bomberos y sanitarios, atravesamos la línea de llegada bajo el precioso marco de una pancarta que rezaba: "11-M: con la ayuda de todos", porque así fue.

En mi último esfuerzo, en mi último metro del recorrido, miré al cielo y di las gracias a Dios por estar vivo, por tener al lado a mi familia y el que se me antoja el más maravilloso trabajo del mundo. Os recordé a vosotros, los que sufristeis y aún seguís haciéndolo de uno u otro modo. Pero me sentí feliz de llegar, dos meses y medio después de aquel fatídico día, nuevamente el primero a las inmediaciones de Atocha.