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Metas de Enfermería

Metas de Enfermería

FEBRERO 2015 N° 1 Volumen 18

Cronicidad: sinfonía de estrategias y liderazgos

Sección: Editorial

Autores

Dr. José Miguel Morales Asencio

Director del departamento de Enfermería y Podología. Facultad de Ciencias de la Salud. Universidad de Málaga.

Las enfermedades crónicas constituyen para nuestra sociedad un reto que me gusta resumir en 4 “C”: crecientes, conocidas, complejas, en un sistema en crisis.

Son un problema creciente porque sus factores de riesgo no paran de instaurarse cada vez en más población y porque la esperanza de vida de quienes las padecen se alarga paulatinamente. Inexorablemente, estamos condenados a su progresiva presencia, siendo esta una situación no elegible, aunque sí es modificable con adecuadas políticas de salud pública y de promoción de salud.

El que las enfermedades crónicas sean conocidas constituye un lastre, ya que forman parte del paisaje habitual y, por tanto, la sensibilidad hacia las mismas resulta más difícil de activar en decisores, profesionales y la sociedad en general, frente a otros problemas sanitarios más “mediáticos” o con mayor rédito electoral (por ejemplo, las listas de espera).

Son un reto complejo porque su aparición y evolución trasciende la concepción de nuestro sistema “biologicista”, diseñado por “especialidades y órganos”. Si en una persona concurren varios procesos crónicos, con múltiples proveedores y entornos, existen desigualdades sociales que generan diferencias en su cuidado y evolución y, además, en la toma de decisiones cobran más relevancia factores más importantes que los niveles de presión arterial o los resultados de la espirometría (por ejemplo, la calidad de vida), la complejidad está servida.

Frente a esta complejidad, tenemos un sistema en crisis porque no estaba pensado para esto. Nuestro sistema es excelente para los procesos agudos, pero se vuelve torpe, disperso, discontinuo y variable en cuanto se requiere coordinación, intervienen múltiples proveedores o entornos y las necesidades abarcan todas las dimensiones de la persona. Si ya estaba en crisis desde un punto de vista “conceptual”, no olvidemos su financiación. El gasto público per cápita en salud de países que nos han acusado de “despilfarradores”, como Alemania, era en 2012 de 3.995 $ cuando en España era de 2.507 $. Habrá que ver, tras el tsunami de recortes lineales en salud, cómo quedan estas cifras, aunque es fácil intuir su evolución. Además del poco dinero que invertimos, lo repartimos muy mal con arreglo a un eje central en la cronicidad: la potenciación de la Atención Primaria. Seguimos teniendo un sistema “hospitalocéntrico” en muchos sentidos, con una infrafinanciación escandalosa de la Atención Primaria.

Todas las estrategias están llenas de recomendaciones razonables, se han diseminado muchas ideas clave del Chronic Care Model y proliferan las pirámides de estratificación de la cronicidad. Sin embargo, el problema estriba en la convergencia de muchas de estas acciones, en si verdaderamente se harán las transformaciones que conlleva y si decisores y profesionales están dispuestos a asumir plenamente sus implicaciones. Los riesgos de que las estrategias queden en discursos son elevados porque encuentran resistencias en muchos sectores. No se trata tanto de crear cosas nuevas, sino de hacer converger muchas de las que hay.

Con una simple mirada a la naturaleza del problema y los requisitos para el éxito, la posición de la enfermera es clave y muchos documentos así lo reconocen de forma explícita. La enfermera parte de un enfoque conceptual orientado hacia la atención integral de la persona. Su juicio clínico y planificación están encaminados hacia el autocuidado mediante la promoción y la educación, además de ejercer como agente determinante en los procesos de continuidad asistencial y su intervención mediante prácticas avanzadas ha demostrado reducciones de mortalidad en algunos procesos crónicos.

Lo que a priori parece natural, esperable y está en boca de muchos políticos, no se traduce en acciones que se deberían estar tomando e, incluso, algunas decisiones políticas recientes van en contra de fortalecer la presencia de las enfermeras en la profunda y tortuosa senda de la cronicidad. La cuestión es si, en el fondo, nuestros decisores realmente confían en las enfermeras. La historia reciente nos dice que, ocasionalmente, cuando los políticos depositan su confianza en las enfermeras, las cosas no han ido mal. Basta echar un vistazo a las coberturas vacunales a principios de la década de los ochenta y cómo cuando la reforma de la Atención Primaria puso en manos de las enfermeras la captación, provisión, seguimiento y mantenimiento del programa de vacunaciones, nos trajo las coberturas que disfrutamos hoy en día.