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Metas de Enfermería

Metas de Enfermería

MAYO 2016 N° 4 Volumen 19

Enganchados a nuestra profesión

Sección: Relatos

Cómo citar este artículo

Labella García L, Pozo Reina E. Enganchados a nuestra profesión. Metas Enferm may 2016; 19(4): 77-78

Autores

Lorena Labella García, Elena Pozo Reina

Enfermera. Hospital Universitario Virgen de la Victoria. Málaga.

Contacto:

Lorena Labella García C/ Luis de Narváez, 40. 29140 Málaga.

Popularmente ha existido la creencia de que las enfermeras somos ajenas al dolor de los pacientes. Sé que hay sentimientos o actitudes que en la universidad no se aprenden. Te enseñan la teoría, como la definición de empatía o humanización en los cuidados, pero es en la práctica de la profesión, en el día a día, donde se aprende el verdadero significado de estas dos palabras. Por ello, no es de extrañar que en algunos momentos de nuestra práctica profesional nos “enganchemos” a alguna historia, a algún paciente e incluso a algún familiar, porque somos personas que sentimos el dolor ajeno, que nos emocionamos, preocupamos e, incluso, nos alegramos con y por ellos.

Como enfermera que ha pasado la mayor parte de su tiempo trabajando en una Unidad de Cuidados Intensivos, he vivido situaciones delicadas y tristes, pero también situaciones y momentos alegres, de satisfacción personal. Somos muchos los compañeros que nos hemos quedado “enganchamos” a algún paciente, a alguna historia que en mayor o menor medida nos ha calado, nos ha impactado, y que tardaremos en olvidar. Afortunadamente, tras abandonar el paciente nuestra unidad de intensivos, subimos a planta para ver cómo evoluciona, cómo se adapta a su nueva vida, charlamos con sus familiares y les damos nuestro apoyo como si fueran “algo nuestro”. A eso se le llama empatía, la cual es muy necesaria en nuestra profesión. Ellos necesitan de ti, pero tú también necesitas de ellos para escribir tu propio libro de experiencias personales, porque la humanización es un proceso de comunicación y apoyo mutuo entre las personas.

Recientemente tuvimos ingresada en nuestra unidad una chica de 27 años que padece el síndrome de Lennox-Gastaut, un tipo de epilepsia grave asociada casi siempre a un déficit intelectual y a problemas conductuales.

Por esta razón, Bea (la llamaremos así para respetar su privacidad) es totalmente dependiente, pero con la gran fortuna de tener a sus padres dedicados en cuerpo y alma a ella, habiendo dejando, incluso, de lado sus carreras profesionales, y siendo muy conscientes de la patología de su hija desde el nacimiento, con un perfecto manejo de su movilidad, de su higiene, de su alimentación, etc.

Sin embargo, surgió un contratiempo: dejó de alimentarse bien por la boca y desarrolló una disfagia inesperada, inoportuna, que la llevó al hospital, a ser intervenida para practicarle una gastrectomía.

Allí comenzó el calvario de esta familia que se prolongó por dos meses, tiempo que estuvo en nuestra Unidad de Cuidados Intensivos, con informaciones contradictorias porque unos días estaba estable y otros muy grave, presenciando crisis convulsivas que ellos en su casa manejaban con naturalidad, apareciendo las inoportunas infecciones nosocomiales propias de una UCI que requirieron llevarla a un módulo de aislamiento, presentándose la necesidad de dializarla, de extraerle cultivos biológicos de todo tipo día sí y día no, de conectarla a un respirador sin posibilidad alguna de destetarla de él. En definitiva, una cadena de contratiempos causados por la necesidad de entrar en quirófano y algunas complicaciones que surgieron allí.

Todo ello vivido por sus padres con la angustia de no saber si su hija saldría adelante, ni con qué secuelas, solo pudiendo entrar a verla y mantener contacto con ella en los horarios de visita establecidos (tres veces al día durante 30 minutos) y la inseguridad y angustia que les provocaba dejar a su “pequeña” en manos de unos desconocidos, al cuidado de otros, cuando ellos habían sido los únicos que la habían cuidado durante años.

Es cierto que Bea llevaba desde pequeña visitando hospitales, consultas de especialistas, etc., pero aquello era diferente de otras veces.

Veíamos cómo los padres acudían al hospital siempre mucho antes que comenzaran los horarios de visita e incluso se quedaban fuera de nuestra unidad al finalizar la misma, con el anhelo de “según qué enfermera estuviera, les dejara pasar un ratito más” y poder tener unos minutos extra para estar con ella. Me preguntaba de qué vivían, a qué se dedicaban, porque los dos progenitores estaban allí todos los días, en todas las franjas horarias de visita.

Poco faltaba para los dos meses cuando ya Bea se empezó a estabilizar y, por lo tanto, sus padres se empezaron a relajar, a creer que su pequeña saldría adelante. Se le retiró la ventilación asistida y comenzó a respirar por sí sola, las infecciones nosocomiales se redujeron a cero prácticamente, la diálisis se retiró y comenzó a funcionar su gastrectomía con éxito. Parece que todas las complicaciones que habían acontecido en el proceso se fueron disipando poco a poco. Comenzamos a instruir a los padres para que se adaptaran a la nueva forma de alimentación de Bea ya que ellos en casa tendrían que manejar solos.

A pocos días de marcharse de alta, la familia (sobre todo la madre) me comentaba que le costaba mucho ver cómo eran otras las personas que nos encargábamos de asear o cambiar los pañales de su pequeña; ahora que ya había pasado la gravedad, querían ser ellos los que retomaran las atenciones de Bea, se sentían mejor, útiles, porque es lo que llevaban haciendo 27 años.

A pesar de que en el momento del ingreso todo eran inseguridades y desconfianzas respecto al personal de Enfermería que nos ocupábamos de ella, al final todo el cariño que le habíamos brindado los enfermeros, auxiliares, médicos, celadores, etc., había dado su frutos, haciéndola un poco nuestra, la adoptamos, y más aún las que, como yo, somos madres. No solo conseguimos que Bea se fuera a casa, sino también ganarnos la confianza y el eterno agradecimiento de sus padres.

Por descontado, luego llegaron nuestras visitas a su habitación en la planta donde fue ingresada tras el paso por la UCI. Vimos su evolución, su recuperación, la adaptación de sus padres a su nueva forma de alimentarse, satisfechos de que esta era otra historia con final feliz.

A Bea y a sus padres les queda mucho que luchar, pero tras haber compartido dos meses de nuestras vidas, siempre nos acordaremos de ella, de sus padres y espero de corazón que ellos de nosotros.

Mi propia moraleja de todas las historias que vivimos es que técnicamente puedes ser una excelente enfermera, tener una gran preparación práctica y/o teórica, llevar muchos años en esta profesión, pero sin una dosis de humanidad no podremos nunca alcanzar la excelencia en nuestros cuidados.