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Metas de Enfermería

Metas de Enfermería

JULIO 2016 N° 6 Volumen 19

Caricias

Sección: Relatos

Cómo citar este artículo

Bernal Pérez F. Caricias. Metas Enferm jul/ago 2016; 19(6): 79

Autores

Francisca Bernal Pérez

Enfermera. Hospital Universitari de Bellvitge. Hospitalet de Llobregat (Barcelona).

Cuando empecé a estudiar Enfermería, por vocación personal y porque casi toda la familia se dedicaba a trabajos relacionados con la salud, nunca pensé que sería tan gratificante dedicarme al cuidado de otras personas que nos necesitan.

A lo largo de años de experiencia en el sector hay momentos que sientes el síndrome del cuidador quemado, pero me ocurrió un episodio en el hospital que me hizo recapacitar sobre el porqué elegí esta profesión y no otra.

Corría el año 2005 en Barcelona y hacía frío, mucho frío. Prestaba mis servicios en el área de cirugía digestiva de un gran hospital concertado y tenía mucho trabajo. Los enfermos de cirugía requieren mucha atención, teniendo que estar pendiente en todo momento de sus constantes vitales, drenajes, sueroterapia, etc. Hasta aquí todo normal en un día de trabajo.

Sin embargo, un día ingresó una chica de unos 30 años diagnosticada de cáncer de páncreas, muy avanzado y en estado terminal.

Yo en aquella época estaba embarazada de cinco meses y a la espera de los resultados de una amniocentesis, dado que las analíticas anteriores habían dado elevado el riesgo de síndrome de Down en mi bebé y estaba preocupada.

Al realizar la valoración de Enfermería y leer toda su historia clínica me fijé en un dato que me dejó helada, tenía una hija de cinco meses de edad. Cuando entré en la habitación para hablar con ella la miré con cariño y tuve que contener mis lágrimas, pero salí airosa. En los días posteriores su estado comenzó a empeorar, apenas comía, apenas hablaba. Estaba muy triste y desanimada. Me habían comentado que la paciente no sabía el diagnóstico exacto, pero personalmente creo que sí lo intuía y me lo confirmó el hecho de que cuatro días antes de que ella se fuera para siempre avisó a su marido para que le trajeran a su hija todos los días.

Hablando con ella durante los pequeños ratos de que yo disponía, me di cuenta que era una gran chica, con muchas virtudes, con un gran futuro por delante, pero que un viaje sin retorno la estaba atrapando inexorablemente. Y ella lo sabía. Me presentó a su hija Blanca, era una niña preciosa, llena de vida, cabellos rizados de color negro y con unas manitas regordetas, para comérsela.

Ana, que así se llamaba la paciente, percibió que yo estaba embarazada y me daba ánimos y consejos de madre experta. Nos contamos secretos íntimos y lloramos las dos en solitud muchas veces. Esta situación me hacía daño. Pronto sería madre y Ana lo era y se estaba yendo. Era injusto, injusto e injusto.

Cuando Ana pensó que era su momento me llamó a su habitación y hablamos a solas. Me indicó que les dijera a sus padres y a su marido que ya no trajeran a la niña porque, como estaba muy sedada con morfina, apenas tenía fuerzas para sostenerla y abrazarla como ella quería, con sus largas caricias y sus mimos más tiernos. Era la despedida más dolorosa que tendría que hacer en su vida. Ese día, y aún ahora, cuando escribo estas palabras lloro desconsoladamente al recordarla y musito todavía su nombre.

El último día de Ana fue frío, muy frío. Ella no se daba cuenta de nada a su alrededor. Su familia permanecía a su lado, en silencio, esperando la amarga despedida final y sucedió lo esperado. Ana nos dejaba el día 27 de enero de 2006. Me abracé a la familia y nos consolamos mutuamente.

Al día siguiente otra paciente ocupaba su lugar en la habitación. Todavía olía a rosas, sus flores preferidas, y olía a ella.

En la semana posterior recibí los resultados de mi prueba, habían salido bien y el embarazo iba por buen camino. Al mes cogí la baja por maternidad y tuve a mi hija en el mes de mayo. Decidí ponerle a mi hija de nombre Blanca en memoria de Ana. Y como ella, la prodigué a caricias, esas caricias que tanto echamos de menos y que son tan sanadoras en todas las personas.

Ana me demostró que había elegido una carrera profesional llena de gratificaciones y sentimientos que demostrar y dar, que hoy por hoy si fuera joven no tendría ninguna duda de comenzar otra vez Enfermería, es mi vida, es mi fe.

Por cierto, mi hija Blanca apunta buenas maneras como su madre.