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Revista Matronas

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SEPTIEMBRE 2020 N° 2 Volumen 8

Las matronas, pioneras en la universidad desde 1845

Sección: Originales

Cómo citar este artículo

Ruiz-Berdún D. Las matronas, pioneras en la universidad desde 1845. Matronas Hoy 2020; 8(2):7-19.

Autores

Dolores Ruiz-Berdún

Matrona. Profesora titular interina de Historia de la Ciencia en la Universidad de Alcalá. Departamento de Cirugía, Ciencias Médicas y Sociales. Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. Campus
Científico-Tecnológico de la Universidad de Alcalá (Madrid).

Contacto:

Email: lola.ruizberdun@uah.es

Resumen

En la presente investigación se aborda uno de los aspectos tal vez menos conocidos sobre la historia de las matronas en España y que sitúa a estas profesionales como pioneras a la hora de recibir un título universitario en España. Sin embargo, no se trató de un camino exento de dificultades, e incluso la profesión estuvo a punto de desaparecer en el siglo XIX debido a conflictos competenciales con otras profesiones sanitarias.
Se presentan los resultados de la investigación histórica que demuestran cuáles fueron las circunstancias que propiciaron que las matronas comenzaran a matricularse y a recibir títulos universitarios desde 1845. A partir de 1861, empezaron a recibir docencia teórica y práctica en algunas universidades españolas y de esta forma obtuvieron su correspondiente título universitario. También se discuten los resultados con otros estudios que afirman que las primeras universitarias fueron algunas alumnas de la carrera de Medicina que se incorporaron a la universidad desde 1872.

Palabras clave:

matronas ; pioneras formación ; universidad titulación ; genero

Title:

Midwives, university pioneers since 1845

Abstract:

The present research addresses one of the aspects that might be less known about the history of midwives in Spain, which places these professionals as pioneers at the time of receiving a University Degree in Spain. However, the road was not free from difficulties; and the profession was even about to disappear in the 19th century due to conflicts of competence with other healthcare professions.
We present here the result of the historical research, demonstrating the circumstances that led to midwives entering university and receiving university degrees since 1845. They started receiving theoretical and practical education since 1861 in some Spanish universities, and in this way they obtained their corresponding university degree. There is also a discussion about the results of other studies, which claim that the first university students were some students from the Medicine degree who entered university since 1872.

Keywords:

Midwives; pioneering training; university degree; Gender

Introducción

Las primeras universidades españolas surgieron en el siglo XIII como resultado de los intereses combinados entre la Iglesia y la Corona. En estas primeras universidades únicamente podían cursarse las carreras de medicina, teología y jurisprudencia. Mientras la formación de médicos interesaba a ambas instituciones, la Iglesia necesitaba teólogos y los monarcas precisaban juristas que contribuyesen a la organización y administración del reino. A las mujeres les estaba vedado el acceso a los estudios universitarios y esta situación se iba a mantener hasta el siglo XIX con algunas raras excepciones1.

La enseñanza de la medicina estuvo por completo separada de la enseñanza de la cirugía también hasta el siglo XIX. Ser cirujano era una ocupación poco apreciada porque pertenecía a los “oficios manuales”, es decir, los que se ejercían con las manos y todos ellos se consideraban indignos. La cirugía era muchas veces ejercida por charlatanes cuyas mayores habilidades consistían en la extracción de piezas dentales y que ponían en franco peligro la vida de sus pacientes en el caso de operaciones más complejas. La inauguración de los Reales Colegios de Cirugía, en el siglo XVIII, fue una iniciativa que intentaba paliar la devaluación en la que había caído esta rama de las “ciencias de curar” a la que pertenecía el “arte de partear”2. El Real Colegio de Cirugía de Madrid fue el primero en incorporar como estudiantes a las mujeres diseñando una formación especial para aquellas que quisieran dedicarse a atender partos. Tras acabar sus estudios debían ser examinadas por el Protomedicato Castellano, tal y como se había establecido. Surgió así la primera formación reglada de las matronas en España, que posteriormente se extendió al resto de colegios de cirugía3. Desgraciadamente a la vez que la incorporación de las matronas a los colegios de cirugía suponía un hito histórico en cuanto a la formación de las mujeres en España, la enseñanza caía en manos de los cirujanos que, a partir de ese momento, restringieron los conocimientos y por tanto las competencias que históricamente habían desarrollado las matronas4.

El 10 de octubre de 1843 se publicó el Plan de Estudios Médicos que reorganizó los estudios superiores de las ciencias sanitarias. En el artículo 1º del plan se señalaba la supresión de los Colegios de Medicina y Cirugía de Madrid, Barcelona y Cádiz y la enseñanza en las Universidades Literarias. Se creaban las Facultades de Medicina de Madrid y Barcelona y el artículo 3º contemplaba, para la enseñanza de la Medicina, Cirugía y Farmacia, cinco colegios que se establecerían en Sevilla, Valencia, Zaragoza, Valladolid y Santiago5. El “Plan Mata”, como se conoce vulgarmente al Plan de Estudios Médicos, por haber sido elaborado por el médico Pedro Mata y Fontanet, estaba inspirado en un modelo francés de 1795, y concedía prioridad al aprendizaje experimental y, sobre todo, clínico6.

De esta manera, la enseñanza puramente teórica, característica de las universidades en sus inicios, empezó a compartir peso en el currículum universitario con la enseñanza práctica, sobre todo en las carreras científicas, especialmente la de Medicina. Fue con esta enseñanza práctica que empezaron a establecerse convenios y acuerdos con los hospitales, fuente inapreciable de docentes, recursos científico-técnicos, y fundamentalmente de pacientes con los que poder realizar dichas prácticas1.
La incorporación de los estudios que se impartían en los colegios de medicina y cirugía a la universidad supuso que la formación de las matronas siguiese el mismo camino. En el artículo 52 del Plan de Estudios Médicos se especificaba: “Se conserva la institución de las parteras, y se perfeccionará su enseñanza”5. De esta manera, un tanto accidental, las matronas se convirtieron en las primeras mujeres españolas que pudieron acceder legítimamente a los estudios universitarios en España, hecho que ha sido ignorado incluso por investigadoras de la historia de las mujeres7. Esta investigación se centra en analizar cuál fue la evolución de los primeros años de la formación de las matronas en la universidad y cuáles fueron esas primeras matronas con título universitario en España.

Material y métodos

La metodología utilizada ha sido la propia de las investigaciones historiográficas: con su fase heurística de recogida de información y su fase de análisis e interpretación de las fuentes. Para la localización de fuentes primarias manuscritas se ha recurrido a la consulta en diversos archivos como son: el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid (AGUCM), el Archivo Histórico Nacional (AHN) y el Archivo General de la Administración (AGA). En el AGUCM se han revisado todas las cajas recuperadas de la OPAC que contuviesen la palabra “matrona”, “comadrona”, “partera”, “comadre” o “profesora en partos”. En el AGA se han revisado los libros de registro de títulos de matrona de toda España. Desgraciadamente el primer libro de esta serie, el correspondiente a los años de 1845 a 1853, no se ha conservado o está desaparecido, por lo que para estudiar cuáles fueron las primeras matronas que se matricularon en la universidad se han consultado, en el AHN, los expedientes de las primeras alumnas de la Universidad Central. Para la consulta de fuentes primarias normativas se ha revisado la colección histórica de la Gaceta, para las fuentes primarias hemerográficas se ha recurrido a las hemerotecas digitales de la Biblioteca Nacional de España y del Ministerio de Cultura y Deporte. La búsqueda de fuentes primarias bibliográficas se ha realizado en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español y en el Catálogo de la Biblioteca Nacional de España. También se ha consultado bibliografía secundaria general sobre la historia de la educación, la historia de las mujeres e historia de las matronas en España en diversas bases de datos como CUIDEN y las bases de datos del CSIC.
En las citas literales de fuentes primarias manuscritas o impresas se ha conservado la ortografía y puntación original, siguiendo las Normas de transcripción paleográfica del Grupo de Trabajo de Catalogación de Manuscritos, perteneciente al Ministerio de Cultura y Deporte disponibles en la siguiente dirección web: http://www.culturaydeporte.gob.es/cultura-mecd/dms/mecd/cultura-mecd/areas-cultura/bibliotecas/cooperacion/congresos-y-jornadas/jornadas-de-cooperacion-bibliotecaria/ja2003/Informe_Catalogacion_de_manuscritos2003.pdf. Las citas literales de menos de tres líneas de texto se incorporan en el párrafo correspondiente encerradas en comillas bajas. Las citas literales de más de tres líneas se incorporan en párrafo aparte, sangradas y también encerradas en comillas bajas.
Para el manejo de la bibliografía con estilo Vancouver, tal y como se pide en las normas, se ha utilizado el gestor bibliográfico RefWorks.

Resultados

El “Plan Mata” tuvo sus días contados casi desde que fue aprobado. Baldomero Espartero, regente del reino durante la minoría de edad de la futura reina Isabel II, había encargado el proyecto de reforma de los estudios médicos a Pedro Mata, discípulo de Mateo Orfila y defensor del mecanicismo positivista y experimentalista. Sin embargo, el acceso al poder de los moderados hizo fracasar su proyecto8. El plan fue derogado, al aprobarse el plan general de estudios, conocido en este caso como “Plan Pidal”. En el texto de la publicación se explicaban los motivos de este nuevo cambio9:
También las ciencias médicas fueron objeto hace dos años de una reforma notable, que ha dado margen a la vez a grandes elogios y a reclamaciones dignas de tenerse en cuenta. Ha sido necesario meditar muy detenidamente sobre las ventajas y los defectos del último arreglo para conservar las primeras y enmendar los segundos. La supresión de la medicina pura en las universidades; la unión definitiva de la interna con la externa, unión reclamada a tiempo por los más sabios profesores, y uno de los cánones que predomina hoy en tan importante facultad; la aplicación de las ciencias físicas y naturales, no menos útil a estas que a la medicina misma; la mayor extensión dada a los estudios, su más acertada combinación, y el empleo de todos los medios materiales que exige tan complicada enseñanza, tales son las ventajas que proporcionó el plan de 10 de octubre de 1843 y han procurado conservarse.
Sin embargo, el nuevo plan disminuía el número de profesores asignados a las facultades médicas, por considerarlo excesivo, y suprimía los colegios de medicina, sobre los que se objetaba eran una fuente importante de gastos sin que hubiese beneficios. El objetivo era reorganizar y disminuir las múltiples categorías que existían de “profesores del arte de curar”.
Fue en esta transición entre diferentes planes de estudios cuando se encuentran a las primeras matronas tituladas por la universidad. Aquellas que se habían formado por el sistema anterior obtuvieron su título tras aprobar su correspondiente examen de reválida. A continuación se nombran a algunas de ellas localizadas en el curso de esta investigación:

Josefa Golfin Beltri

Era natural de París y vecina de la malagueña ciudad de Antequera. Como en esa época aún faltaba mucho para la generalización del uso de la fotografía, en su expediente aparece su descripción física10: era de estatura mediana, color regular, ojos pardos, nariz regular y cabello negro. Por Real Orden de 7 de febrero de 1845 se dispuso que fuese admitida en la Facultad a examen de matrona.
Sección de Instrucción Pública negociado nº 1 15ª fol 17. Junta el 21 de febrero de 1845.
Accediendo S. M. á la instancia que ha elevado Dª Josefa Golfin Beltri y teniendo presente lo informado por V. M. se ha dignado resolver que se le admita en esa escuela á los exámenes que señala el reglamento para obtener el Título de Matrona á que aspira, debiendo advertir que esta interesada ha satisfecho en la junta de centralización ochocientos cincuenta y seis reales de vellón y dos maravedís por razón de depósito. De Real órden lo comunico a V.I. para su inteligencia y efectos correspondientes Dios guarde a usted muchos años.
Madrid 7 de febrero de 1845.
Pidal.
Director de la Facultad de Ciencias de esta Corte
El 18 de febrero de 1845, con 32 años, fue examinada de matrona y aprobada por todos los votos. Posiblemente, después de María Isidra de Guzmán y de la Cerda, Josefa Golfin Beltri fue la segunda mujer española en obtener un título universitario en España. Se han localizado más datos sobre esta matrona, pero la extensión del trabajo no permite ampliar la información.

Mª Antonia Iribarren Arce

Nació en Usurbil, en la provincia de Guipúzcoa, el 10 de mayo de 1810. La descripción física contenida en su expediente señala que era una mujer de estatura cumplida, color de piel moreno, ojos negros, nariz regular y cabello negro. Su marido, el cirujano José Antonio Goñi, había fallecido el 4 de marzo de 1838. Mª Antonia Iribarren tuvo que realizar la parte práctica de su formación con un cirujano llamado Juan Maguivar, quien le firmó el correspondiente certificado. Fue examinada en la Facultad de Ciencias Médicas de Madrid el 3 de julio de 1845, siendo aprobada por todos los votos11. Sin embargo, en el “Índice de Licenciados, doctores y demás graduados en la Universidad Central” correspondiente a los años 1845 y 1851, en el apartado de matronas, no aparecen ni Josefa Golfin Beltri ni Mª Antonia Iribarren Arce. Según dicho índice, tan solo se examinaron en ese periodo un total de diez mujeres (Imagen 1)12.

Martina Olaechea Aldumenin

La que sí aparece en la lista de la Imagen 1 es Martina Olaechea Aldumenin, una matrona que tras haber obtenido su aprobación por el Protomedicato de Navarra tuvo que volver a examinarse en la Universidad Literaria de Madrid13. Martina Olaechea se había formado de manera teórica durante dieciocho meses con Miguel Mónaco y de manera práctica durante seis años con su madre, que también era matrona y se llamaba Catalina Aldumenin. Fue examinada en la villa de Peralta por Santiago Ruiz en virtud de la autorización firmada por José Mª de Vallearena para que la examinase en “comisión”. Según aparece en el expediente, José Mª de Vallearena era “protomédico y alcalde examinador mayor de todos los médicos, cirujanos, apotecarios, sangradores, flebotomianos y amas de parir, perteneciente a la Real Sociedad de Medicina y Ciencias Médicas de Sevilla, vocal de la Junta Provincial de Sanidad”. José Mª de Vallearena fue el último de los protomédicos navarros14. Tras ser examinada nuevamente el 6 de abril de 1846 por Bonifacio Giménez, Dionisio Villanueva Solís y Vicente Asuero, Martina fue aprobada por todos los votos13.
A pesar de que en el plan Mata se señalaba que se conservaría la formación de las parteras y que incluso se mejoraría, la realidad es que no se tomó ninguna medida para cambiar la organización de dichos estudios. El Real Decreto de 16 de junio de 1827, el último que modificó los estudios en los Colegios de Cirugía, seguía estando vigente y, de hecho, continuó estándolo bastantes años3. Por lo tanto, las que quisieran formarse como matronas debían prepararse tanto teórica como prácticamente de manera particular y acudir a las universidades para solicitar el examen de reválida. Tras depositar el dinero correspondiente y los papeles que demostraban los requisitos solicitados, sufrían un examen por parte de tres profesores de la universidad y eran reprobadas o aprobadas. En el caso de no aprobar el examen se devolvían a la interesada los documentos que había presentado, así como el dinero depositado para la expedición de su título. Este fue el caso de Lorenza Aranza, que en 1848 no superó las pruebas por lo que le fue denegado el título y se le devolvieron 100 reales de vellón que tenía depositados15.

La Ley de Instrucción Pública de 1857

En la Ley de Instrucción Pública, de 9 de septiembre de 1857, los estudios de matrona estaban incluidos dentro de título III, capítulo I, denominado “De las Universidades”, ya que estos estudios, junto con los de practicantes, se obtendrían en las Facultades de Medicina16. El artículo 41 establecía que el Reglamento correspondiente determinaría las condiciones que serían necesarias para obtener el título de matrona o partera. De esta manera, la carrera de matrona pasaba a consolidarse como una enseñanza universitaria, siendo las matronas las primeras mujeres que accedieron a matricularse de manera oficial y obtener un título en la universidad.
El artículo 79 establecía las normas para la obtención del correspondiente título académico, que consistían en someterse a los exámenes y ejercicios generales sobre las materias requeridas en cada titulación y satisfacer los derechos del título. La ley tenía un carácter claramente centralizador, otorgando una mayor relevancia a la Universidad Central, establecida en Madrid, que a las nueve Universidades de Distrito, localizadas en Barcelona, Granada, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. El artículo 129 disponía que en la Universidad Central se enseñasen las materias correspondientes a todas las facultades «en su mayor extensión hasta el grado de Doctor», mientras que restringía las posibilidades de formación en las Universidades de Distrito. Ni la Universidad de Oviedo ni la de Zaragoza, contarían inicialmente con una facultad de Medicina, así que la enseñanza de las carreras de matronas y practicantes no podría tener lugar en ellas. El resto de las Universidades de Distrito solo podrían dar enseñanza en la facultad de Medicina hasta el grado de licenciatura. En ningún momento la ley prohibía explícitamente el acceso de la mujer a una formación distinta de las de matrona o maestra de primera enseñanza, considerada esta última una formación de tipo profesional junto a la de veterinaria, profesores mercantiles, náutica, maestros de obras, aparejadores y agrimensores. Tanto las matronas como los practicantes debían de pagar ochocientos reales de vellón para la obtención de su título16.

El Reglamento para la enseñanza de Practicantes y Matronas de 1861

Según estaba planificado en los artículos 40 y 41 de la Ley de 9 de septiembre de 1857, la Dirección General de Instrucción Pública, dependiente del Ministerio de Fomento aprobó el 21 de noviembre de 1861 el “reglamento para la enseñanza de Practicantes y Matronas” (Imagen 2)17.


La enseñanza de ambas carreras, según se recogía en el artículo primero, se autorizaba únicamente en Madrid, Barcelona, Granada, Santiago, Sevilla, Valencia y Valladolid, que eran precisamente las ciudades donde existían facultades de Medicina, según había dispuesto la Ley de Instrucción Pública de 1857. Los practicantes podían realizar prácticas en todos los hospitales públicos, ya fuesen provinciales, municipales o de otra clase, siempre que estos contasen con un mínimo de sesenta camas y que tuviesen un número habitual mínimo de cuarenta enfermos. Las matronas recibirían su enseñanza en las Casas de Maternidad o en los hospitales donde hubiese sala de partos.
Los establecimientos para la enseñanza de ambas carreras debían ser necesariamente designados por los rectores de las universidades correspondientes, publicándose el resultado en el Boletín Oficial de la Provincia que se tratase. De esta forma, los rectores de las universidades literarias se convertían en jefes de los hospitales y casas de maternidad, aunque únicamente en lo relativo a la docencia. Entre sus atribuciones estaba, además de otras como cumplir y hacer que se cumpliesen las leyes, decretos y demás órdenes, designar a los profesores que debían dar estas enseñanzas. Dada la necesidad de asociar la docencia a un tipo de establecimiento determinado, el profesor o maestro asignado a las matronas debía ser un facultativo titular de una casa de maternidad o de un hospital donde hubiese sala de partos. En el caso de Madrid, Tomás Corral y Oña, que en esos momentos era rector de la Universidad Central, nombró primer profesor para la enseñanza de “Matronas o parteras” a Gerónimo Blasco y Romanillos, facultativo de la Casa de Maternidad, Inclusa y Colegio de la Paz, situada en la calle Mesón de Paredes número 62 y que contaba con 42 camas. En el Cuadro 1 aparecen los establecimientos del resto de España donde se impartían las enseñanzas prácticas en 1863.


El número de alumnas matriculadas los primeros años fue muy escaso. No hay que olvidar que en España en esos momentos, y hasta mucho tiempo después, el nivel de analfabetismo era muy elevado, especialmente entre las mujeres. Alrededor de 1850 un 75% de la población no sabía leer ni escribir, porcentaje que disminuyó al 50% en 190018.
El requisito de saber leer y escribir debió de dejar fuera de la formación de matrona a un buen número de mujeres. Sin embargo, el plan de estudios de la carrera de matrona era muy simple. Era evidente que los que lo habían planificado no deseaban que las matronas tuviesen demasiadas competencias. Comprendía las siguientes materias17:
1. Nociones de obstetricia, especialmente de su parte anatómica y fisiológica.
2. Fenómenos del parto y sobreparto naturales, y señales que los distinguen de los preternaturales y laboriosos.
3. Preceptos y reglas para asistir a las parturientes y paridas, y a los niños recién nacidos, en todos los casos que no salgan del estado normal o fisiológico.
4. Primeros y urgentes auxilios del arte a las criaturas cuando nacen asfíticas o apopléticas.
5. Manera de administrar el agua de socorro a los párvulos cuando peligra su vida.
Si se comparan las “cualidades necesarias para ser admitidos a matrícula”, en ambas carreras de matrona y practicante, se observa una clara discriminación hacia las primeras. La única coincidencia de los requisitos exigidos a unas y a otros era que todos ellos debían haber aprobado un examen de las materias comprendidas en la primera enseñanza elemental completa. La cláusula de edad se establecía en 16 años para los practicantes y 20 años para las matronas. Nada más se exigía a los practicantes, sin embargo, las matronas, al igual que sus antecesoras, las alumnas del Colegio de Cirugía de San Carlos, debían ser casadas o viudas. Las casadas necesitaban una autorización de sus maridos e, independientemente del estado civil, todas debían presentar un certificado de su párroco donde constase su “buena vida y costumbres”.
Otras diferencias por razón de género que existían en el citado reglamento eran las relativas a las clases y a los exámenes: al igual que sucedía con las matronas del Real Colegio de Cirugía San Carlos3, las clases de las futuras matronas debían darse a puertas cerradas y a horas distintas de las del resto de alumnos varones, como por ejemplo los practicantes. Con respecto a los exámenes, mientras que los de los practicantes eran públicos, los de las matronas debían ser “reservados”. Todos estos representan perfectamente la vida de las mujeres en la España del siglo XIX: la reclusión, la invisibilidad… Todos estos detalles recuerdan a la situación actual de las mujeres en los países islámicos, que tanto escandaliza, y que sin embargo ha existido hasta no hace tanto en España.
Los exámenes debían verificarse en la universidad donde se hubiera efectuado la matrícula al terminar el cuarto y último semestre. La duración del ejercicio era de una hora, con contenidos teórico-prácticos y versaba sobre todas las materias contempladas en el plan de estudios. El capítulo II del título tercero del reglamento establecía las condiciones existentes para la realización de la matrícula, que sería semestral y se cumplimentaría en la secretaría de la universidad respectiva. La apertura del periodo de matriculación debería anunciarse en los boletines oficiales de las provincias correspondientes a cada distrito universitario, y los periodos oficiales serían dos: del 15 al 30 de septiembre y del 16 al 31 de marzo de cada año.
Las clases serían diarias, y las alumnas deberían satisfacer la cantidad 20 reales en concepto de matrícula y otros 20 reales mensuales al profesor encargado de su enseñanza19. Volviendo al ejemplo de la Universidad Central, en ese primer plazo se matricularon 105 hombres en la carrera de practicantes, frente tan solo a una mujer para la carrera de matrona. Su nombre era Eulalia Pardo Barón, natural de Angües, provincia de Huesca, de 28 años20. Solo se puede especular sobre los motivos para tan escaso interés por parte de las mujeres hacia los estudios de matrona. Además del requisito de saber leer y escribir, entre el resto de los motivos muy bien podrían encontrarse los económicos. En el Reglamento para las enseñanzas de practicantes y matronas de 1861 se establecía el precio por los distintos conceptos que debían pagar las interesadas, a los que se tenía que añadir los derechos de examen en la Escuela de Maestras correspondiente. En el Cuadro 2 se recoge el total del coste de los estudios, que eran bastante elevados para la época. Teniendo en cuenta que la formación de las mujeres en aquella época no interesaba demasiado, es fácil comprender que solo unas pocas pudieran asumir los costes de los estudios.

Para poder pasar semestre era indispensable haber aprobado el semestre previo. Los profesores encargados de la enseñanza de las matronas, a principio de los meses de septiembre y marzo, realizarían pruebas de aptitud a sus discípulas, las que ellos considerasen adecuadas, con el fin de confeccionar una lista que incluiría tanto a las alumnas que podían ser admitidas al semestre siguiente, como aquellas que necesitaran repetirlo. Dicha lista sería remitida al rector de la universidad en los días 12 de septiembre y 13 de marzo de cada año.
La redacción del reglamento finalizaba con dos artículos en los que se recordaba a lo que autorizaba cada una de las carreras. En el caso de las matronas, el artículo 50 especificaba que solo estaban autorizadas a atender los partos y “sobrepartos” naturales. En el caso de que se presentase un parto “preternatural o laborioso”, la matrona debía llamar sin pérdida de tiempo a un “profesor autorizado en este ramo de la ciencia”, aunque podrían seguir asistiendo a la mujer embarazada, parturienta o parida como auxiliar del facultativo. Se habían perdido, por tanto, el resto de las competencias, como las relacionadas con los cuidados ginecológicos y pediátricos.
Francisca Alsina, vecina de Sabadell, presentó en 1863 un recurso pidiendo que ya que a la publicación del reglamento de 1861 se encontraba con los requisitos necesarios exigidos por el Real Decreto de 30 de junio de 1827, pudiera ser admitida a reválida21. El dictamen del Real Consejo de Instrucción Pública fue positivo, otorgándose un plazo improrrogable de seis meses para que ella, y todas las que estuviesen en su situación, pudiesen acudir a los rectores de las universidades donde hubiera Facultad de Medicina, justificando los méritos alegados y poder así ser sometidas a examen de reválida. Aprovechando esta resolución, matronas como Valentina Abellán de Quirós presentaron su solicitud para revalidarse en la Universidad Central. Era natural de Santander, estaba casada con Tomás Cantera y tenía 28 años. Había acudido a formarse teóricamente a la casa-estudio de un cirujano desde primeros de 1852 a mediados de 1857, acudiendo también con él a atender partos. Fue examinada y aprobada de matrona el 11 de junio de 186322.

Los exámenes en la Escuela Normal Central de Maestras

Uno de los requisitos para poder acceder a los estudios de matrona, recogido en artículo número 20 del reglamento de 21 de noviembre de 1861, era haber recibido con aprovechamiento la primera enseñanza elemental. Para poder demostrar este punto, las candidatas debían someterse a un examen en una Escuela Normal de Maestras, ante un tribunal compuesto por la directora, la regente y uno de los profesores auxiliares de dicha escuela. El mismo requisito se exigía para los practicantes, que debían examinarse en la Escuela Normal de Maestros, siguiendo las pautas de la época de una escrupulosa segregación por cuestiones de género.
La realización de estos exámenes suponía un aumento considerable en las cargas de trabajo del profesorado de dichas escuelas; sin embargo, en el citado reglamento no se contemplaba ningún tipo de retribución compensatoria para las personas que componían el tribunal. Por este motivo, el director de la Escuela Normal Central de Primera Enseñanza de Madrid, Basilio Sebastián Castellanos, escribió una carta al rector de la Universidad Central solicitando que se estableciese la cantidad que los aspirantes deberían satisfacer como derechos de examen y certificación19. La contestación del rector fue positiva, autorizando a cobrar a cada alumno/a veinte reales por los derechos de examen, cantidad que se repartiría entre los miembros del tribunal y seis reales por la certificación correspondiente, cantidad esta que incluiría el importe del sello. Fue de aplicación inmediata, pues, como se puede ver en la Imagen 3, Eulalia Pardo Barón, que fue la primera alumna matriculada bajo el nuevo reglamento, resultó admisible a examen en la Escuela Normal de Maestras de Madrid ese mismo año de 1861.

Uno de estos centros fue la Escuela Normal Central de Maestras, que se había fundado en Madrid tan solo unos años antes, en 1858. Posteriormente se crearon escuelas normales en las distintas capitales de provincia23,24. La primera examinada en la Escuela Normal Central de Maestras fue Eulalia Pardo Barón que, como se ha visto, también fue la primera matriculada en la carrera de matrona en la Universidad Central, después de haberse aprobado el Reglamento de 1861. Entre 1861 y 1879, que son los años recogidos en el listado, se realizaron en dicha escuela un total de 107 exámenes de ingreso, de los cuales resultaron 21 suspensos y el resto aprobados25. Algunas de las reprobadas volvían a intentar un nuevo examen, acumulando en algunos casos dos reprobaciones, lo cual demuestra que las candidatas debían poseer cierta cultura y no todas eran admitidas a estudiar la carrera a pesar de saber leer y escribir medianamente. Los exámenes fueron al inicio muy sencillos, consistían en un dictado y una operación matemática.
Conforme pasaron los años, los exámenes si hicieron más complejos, en 1871 además de tener conocimientos de lectura y escritura se las examinaba de los principios de gramática castellana con ejercicios de ortografía, doctrina cristiana y nociones de historia sagrada acomodada a los niños, principios de aritmética con el sistema legal de medidas, pesas y monedas y unas ligeras nociones de higiene doméstica26.

Cuando la profesión de matrona estuvo a punto de desaparecer en España

Los cirujanos, que no veían con buenos ojos que se siguieran formando matronas y practicantes, aprovechaban cualquier oportunidad para arremeter contra la continuidad de la enseñanza de estas carreras. Mª Carmen Álvarez Ricart recopiló algunos de estos textos publicados en la prensa de la época27:
¿A qué crearlas? Decimos esto por las matronas, pues como son tan pocas, sin duda no tienen ni profesor ni establecimiento donde hacer su estudio. Esto sucede con las cosas que son innecesarias y no se premeditan bien; suprímanse de una vez, como también los practicantes; terminen ya los y las que han comenzado, y premedítese mejor en adelante lo que conviene hacer respecto a la creación de las clases y carreras.
El autor del artículo no iba desencaminado en cuanto al número de alumnas y a las dificultades que se encontraban para lograr docentes que impartiesen sus enseñanzas. En las primeras convocatorias de la Universidad de Sevilla, en 1962, no se matriculó ninguna alumna28. En la Universidad Central, el número de candidatas también era muy escaso, aun siendo la universidad que en esos momentos tenía un mayor número de matriculadas27:
En cuanto a las matronas no decimos nada, porque aún en Madrid que es donde creemos se hayan matriculado más, ningún año pasan de seis: no son nuestras mujeres españolas como las inglesas o alemanas, y por consiguiente no hay que temer que nos hagan daño en nuestras carreras y destinos profesionales.
Efectivamente, el número de matriculadas era tan escaso que en la Universidad Central ningún profesor duraba demasiado tiempo en su puesto. Renunciaban a su cargo aduciendo que no les compensaba económicamente. Las rotaciones de estos profesores pueden verse en el Cuadro 3.

Un problema añadido era la formación práctica, que teóricamente debía llevarse a cabo en las casas de maternidad. Las Casas de Maternidad acogían a aquellas mujeres embarazadas muy pobres o que no tenían pareja, como era el caso de las madres solteras. Los miembros de las Juntas de Beneficencia, pertenecientes a capas elevadas de la sociedad, se autoerigían en garantes de la confidencialidad de estas mujeres, que tenían a sus bebés fuera de los cánones del “legítimo matrimonio”, con el objetivo expreso de evitar, por un lado, la deshonra de la mujer, y por otro un posible infanticidio. Esta situación fue clave para el desarrollo posterior de la profesión, ya que dificultó enormemente la enseñanza práctica. Sin embargo, en otros países como Francia la situación era completamente diferente29:
Desde luego debo fijarme la atención en la casa central de Maternidad de París, fundación favorita de Napoleón, y a cuya organización concurrieron con sus luces y sus consejos los administradores más distinguidos y los médicos más sabios de Francia. Esta institución comprende una cátedra de partos para mujeres, de la que han salido profesoras sobresalientes que han merecido figurar con distinción en el mundo científico.
Por Real Orden de 12 de agosto de 1864 se prohibió que la enseñanza de las matronas se verificase en la Casa de Maternidad de Madrid, y por extensión, a voluntad de la reina Isabel II, se aplicó esta norma al resto de Casas de Maternidad del reino30. El expediente, promovido por la Junta provincial de Beneficencia, aducía que la enseñanza de las matronas en estos centros quebrantaba la norma de secreto y reserva que se tenía de las acogidas. Esto propició que tanto la enseñanza teórica como la práctica de las futuras matronas se realizasen en las respectivas universidades.
El 23 de abril de 1866, en el Congreso se procedió a la lectura de un proyecto de ley presentado por los diputados Cristóbal Martín Herrera y Ramón Ortiz de Zárate. Dicho proyecto de ley contemplaba la reforma de la organización de las clases médicas, intentando una convalidación del título de Cirujano por el de Médico. Aprovechando la oportunidad, incluían en el punto once del texto preliminar del proyecto de ley la supresión de la carrera de practicantes y matronas31:
Otra medida de grande urgencia es la supresión de la carrera de practicantes y matronas: dos años de experiencia han bastado á demostrar que, limitados los primeros á la órbita de sus títulos, es imposible una subsistencia que los indemnice del tiempo de estudios que se les exigen, al paso que la extralimitación de aquellos es tan de temer, como funesta en los resultados, pues que sus insignificantes estudios en cirugía menor están muy lejos de abonar el acierto en el ejercicio de una profesión tan grave y delicada como la medicina y aun la cirugía mayor; siendo por otra parte lo cierto que los auxilios que la ley ha buscado en los practicantes y matronas son de un carácter tal, que más que estudios académicos requieren la práctica y la buena disposición que las personas que tienen necesidad de ellos y los facultativos que les recomiendan ponen buen cuidado en reconocer previamente.
Así que de repente, con evidente ignorancia de la memoria histórica, según dicho proyecto de ley, las matronas eran una invención del Estado español con tan solo dos años de antigüedad. Francisco Méndez Álvaro en su famosa Defensa de la clase médica contra las pretensiones de cirujanos y practicantes, en lugar de hacer un repaso de la ancestral historia de las matronas, al igual que hizo en el mismo texto con la división histórica entre los médicos y cirujanos, respondió lo siguiente31:
¡También las matronas! ¡Hasta el pudor de las mujeres se quiere sacrificar, afectando una severidad catoniana, en aras de los intereses de los cirujanos!
¡Cubrámonos el rostro para ocultar el rubor! ¿Qué diría la culta Europa, si la culta Europa se ocupara de nuestra desvencijada administración, al advertir que mientras fomentan los gobiernos con grandísimo esmero, en todos los países del mundo, la creación de las matronas, se pretende aquí hacer pasar al bello sexo por la vergüenza y la humillación de entregarse en manos de hombres, no siempre bastante delicados y cultos, aun en los partos que para nada reclaman la intervención del arte? Cuando empiezan algunas naciones á dar enseñanza médica, más o menos completa, á las mujeres, para que asistan á las personas de su sexo (cosa que estoy muy apartado de alabar), ¿hemos de dar aquí en el extremo contrario, extinguiendo la enseñanza de las matronas, que debiera al revés fomentarse y perfeccionarse muchísimo?
Puede deducirse de este texto que los motivos de continuar con la enseñanza de la carrera de matronas en España estaban basados más en la conveniencia de conservar el pudor de las mujeres que daban a luz que en otros aspectos. Aspectos tales como la incorporación de las mujeres al mundo laboral en general, y al de las profesiones sanitarias en particular. Tampoco deja indiferente su opinión de estar “muy apartado de alabar” el ejemplo de otras naciones, que habían iniciado la enseñanza médica a las mujeres. No es más que una nueva muestra de la poca valoración de las mujeres en la androcéntrica sociedad española del siglo XIX.
El proyecto de ley, en su artículo cuarto, recogía que quedaban suprimidas las enseñanzas de practicantes y matronas. Sin embargo, en septiembre de ese mismo año, de acuerdo al artículo 125 del reglamento de las universidades del reino, volvió a abrirse el plazo de matrícula para la carrera de matronas y practicantes, para que quienes hubiesen iniciado sus estudios los pudiesen concluir32.
Dos meses más tarde se aprobó por Real Decreto la reforma de los estudios de las Facultades de Medicina y Farmacia. En su artículo 11 se suprimía la matrícula para el primer semestre de la carrera de practicantes, pero permitiendo continuar a los que ya hubiesen iniciado los estudios. Sin embargo, no se hacía mención a los estudios de la carrera de matrona33.
Según Teresa Ortiz, la aplicación del reglamento para la enseñanza de practicantes y matronas tuvo un efecto negativo sobre el número de titulaciones de estas últimas34. Efectivamente, si se observa el Gráfico 1 en la que aparecen reflejadas las titulaciones desde 1853 y 1868 se puede apreciar una caída brusca después de 1864, tras las matriculaciones de los exámenes de reválida de las que habían estudiado por el sistema anterior. También es muy significativa la diferencia numérica entre las tituladas en Barcelona y Madrid.
La entrada en vigor del Decreto de Libertad de Enseñanza35 durante el llamado “Sexenio revolucionario” impidió que desapareciesen las carreras de matrona y practicante. Las matronas siguieron formándose en la universidad hasta que un Decreto en 1940 indicó que los estudios de la carrera oficial de matrona se desarrollasen en la Casa de Salud de Santa Cristina36. En 1957 la de matrona dejó de ser una carrera autónoma, convirtiéndose en una especialidad de los estudios de Ayudante Técnico Sanitario (ATS), y perdiendo así también su histórico carácter universitario37,38.

Discusión

La mayoría de las investigaciones que abordan la incorporación de la mujer en la universidad señalan a Mª Elena Maseras Ribera como la primera universitaria española7. Sin embargo, como se ha podido comprobar, matronas como Josefa Golfin Beltri, en 1845, estuvieron matriculadas en la universidad, aunque solo fuera para pasar la reválida y obtener un título universitario. Si esto no vale y se añade el requisito de que, además de la matrícula, se cursasen las materias teóricas y prácticas en la universidad, se puede considerar a la matrona Eulalia Pardo Varón como una de las primeras universitarias españolas. Por el contrario, si se cae en la trampa intelectual de la que habla Adrienne Rich sobre considerar que la única cultura imaginable es la patriarcal39, es decir, suponer que las primeras universitarias fueron aquellas que pudieron acceder a los estudios que antes únicamente estaban destinados a los hombres, entonces las matronas no podrían considerarse las primeras universitarias.
Por otro lado, otras investigaciones como las de la historiadora Carmen González Canalejo40, han considerado la Ley de Instrucción Pública de 1857 como el punto de inicio para la integración de las matronas en la universidad, pero, como se ha demostrado, hubo matronas tituladas en la universidad con anterioridad siguiendo los planes de estudios previos (Gráfico 1).

Conclusiones

Las matronas fueron las primeras mujeres que pudieron acceder a una formación oficial y a un título universitario en España, aunque su supervivencia en una institución eminentemente patriarcal, incluso en la actualidad, no estuvo exenta de dificultades.
Mª Elena Maseras Ribera fue la primera mujer en matricularse en 1872 en una carrera hasta entonces exclusivamente masculina, y una de las primeras licenciadas por una universidad española. Con anterioridad otras muchas mujeres habían recibido enseñanzas y títulos universitarios y estaban incluidas en los mismos libros de registro que el resto de las carreras que se impartían en la universidad desde 1845 y esas eran aquellas que se habían formado para ser matronas.
El hecho de que dentro de las investigaciones históricas sobre la mujer se haya dado mayor importancia a las mujeres “transgresoras”, puede haber restado valor historiográfico a aquellas que, como las matronas y las maestras, tenían profesiones consideradas por la sociedad patriarcal como ”apropiadas para la mujer”. Aunque cada vez existe un mayor interés por estudiar los antecedentes históricos de la profesión de matrona, aún hacen falta muchas investigaciones que contribuyan al conocimiento de su papel en la historia española en general y en la historia de la Medicina en particular. Las profesiones que tienen un mayor respeto por su historia son las que más peso terminan teniendo en la sociedad, y eso es algo que no han de olvidar las matronas, “una profesión ancestral basada en el amor” como decía nuestra compañera Consuelo Ruiz Vélez-Frías.

Agradecimientos

Las investigaciones no se hacen en solitario, aunque únicamente sea una persona la que figure como autora. En mi caso tengo la suerte de contar con mi familia y especialmente con mi marido, Jaime Palomar del Cerro, que siempre me ayuda y me apoya de muy diversas formas. También me siento afortunada por la ayuda que me prestan mis compañeros del área de Historia de la Ciencia en la Universidad de Alcalá, los doctores Alberto Gomis (mi mentor), Raúl Rodríguez Nozal y Fernando Serrano Larráyoz. Y por supuesto no puedo dejar de agradecer al personal que trabaja en los archivos su ayuda durante las largas horas que supone la investigación en esos centros. Quiero destacar especialmente a Isabel Palomera Parra y Susana Donoso Sordo en el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid, y a Elena Jiménez López y Evelia Vega González en el Archivo Histórico Nacional (esta última actualmente destinada en el Archivo General de la Administración). Su ayuda ha sido imprescindible para la realización de este trabajo.
Agradezco también a la Asociación Española de Matronas la concesión de este segundo premio Maribel Bayón en su edición de 2019, ya que tiene un significado muy especial para mí. Maribel Bayón fue una de mis maestras matronas mientras hice mi residencia en el Hospital Universitario de La Paz, entre los años 1994-1996. Fue una gran matrona y mejor persona, con una sonrisa perenne en los labios y un carácter maravilloso. Siempre recordaré el día que, tras acompañar un parto de una mujer que parió un bebé de 4 kilos sin episiotomía y con periné íntegro, me dijo: “ya eres una matrona”, una frase que se me quedó grabada porque aún me quedaban varios meses para terminar la residencia. Por esto y otros muchos detalles siempre la llevaré en el corazón.
Dedico este premio a todas mis compañeras matronas, que me han acompañado durante tantos años, y especialmente a mis queridas Erena Bañuelos Chacón e Isabel Rodríguez Serrano. Y también a mis doctorandas/o matronas Rosario Martín Alcaide, Amparo Lujano Arenas y Antonio Quintero López que espero pronto se incorporen al cada vez más numeroso grupo de matronas doctoras. Por extensión a todas las matronas del mundo en este Año Internacional de la matrona y la enfermera que tan complicado está resultando.

Bibliografía

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  10. Expediente de Josefa Golfin Beltri. Sign.: AHN, UNIVERSIDADES, leg. 1208, exp. 108.
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  19. Documentación de Secretaría de la Universidad Central. Sign.: AGUCM, P-0031.
  20. Asuntos de la Facultad de Medicina. Sign.: AGA, (05) 32/16397.
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  29. Creación de una Casa de Maternidad. La Época. 13 de mayo de 1853; portada:1.
  30. Real orden, de 12 de agosto de 1864, prohibiendo que las Casas de Maternidad del reino sirvan de escuela práctica para la enseñanza de matronas. Gaceta de Madrid, nº 262 (18-09-1864).
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