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N° 2 Volumen 13

Qué podemos ¡y debemos! estar aprendiendo de la COVID-19

Sección: Editorial

Autores

Dr. Enrique Oltra Rodríguez

Especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria.
Vicepresidente de AEC.

Hace ya unos meses, que parecen una eternidad, el coronavirus probablemente por una falta de armonía y respeto del ser humano hacia el ecosistema, ha venido a instalarse entre nosotros, y la pandemia de COVID-19 ha sembrado de sufrimiento e incertidumbre cada rincón del planeta.
Se podría decir que es un virus democrático porque no distingue entre sus víctimas, nos hace sentir vulnerables y mortales a todos, al menos a todos los que muestren una inteligencia y un raciocinio mínimos. Pero la enfermedad, la COVID-19, no se puede decir que sea equitativa, pues el dolor que produce, los recursos que exige su abordaje y el sufrimiento que provocan las necesarias medidas de contención no afectan a todos por igual, siendo los condicionantes sociales los que marcan la injusta desigualdad.

De toda situación de crisis se puede salir debilitado o reforzado, y para esto último es necesario que seamos capaces de ver y aceptar las enseñanzas que la propia crisis, en este caso la pandemia, nos aporta. Es necesario hacerse preguntas, reflexionar, incluso, o sobre todo, en tiempo de penurias.

No es fácil reflexionar sobre algo en lo que aún se está inmerso, pero al menos se tiene la experiencia de la primera ola de la pandemia. No entraremos en cuestionamientos de macrogestión o de decisiones políticas, excede la intencionalidad de este editorial. Tampoco abordaremos aquí el insustituible y durísimo papel desarrollado por las enfermeras hospitalarias, hagámonos algunas preguntas sobre el rol de las enfermeras comunitarias (EC).

Uno de los principios de la Enfermería Comunitaria es cuidar la salud de los sanos para que sigan siéndolo. Ha habido un confinamiento en el que toda la población, incluidos enfermos crónicos, se ha visto obligada a modificar sus estilos de vida (ejercicio, dieta, relaciones…) ¿Las EC hemos acompañado en la adaptación a los cambios necesarios para seguir manteniendo estilos de vida saludables?

Ateniéndonos al principio ético de justicia se debe facilitar a cada uno lo que precise. Habitualmente se cuida a toda la población y especialmente a las personas que sufren, que se encuentran inmovilizadas en sus domicilios o en el final de su vida… ¿Las EC hemos seguido cuidando a estos colectivos con los que siempre nos hemos comprometido?

Ha sido necesario hacer cumplir normas, hacer controles poblacionales, intervenir residencias geriátricas, orientar la seguridad de los centros educativos… ¿Las EC somos y se nos reconoce como agentes de salud con autoridad, al menos, científica y moral, si no legal? ¿Estamos ahí?

Los ciudadanos han tenido que aprender muchas cosas en poco tiempo, entender las duras y complejas medidas indicadas por los expertos, comprender su sentido, interpretar confusas y a veces malintencionadas estadísticas, adquirir habilidad en las medidas de protección anti-contagio, cambiar costumbres, organizar sus vidas y sus espacios para confinarse o aislarse, distinguir síntomas, gestionar miedo y ansiedad… ¿No es esto a lo que se refiere el concepto de Educación para la Salud? Lo hemos visto en los medios de comunicación, lo hemos escuchado de boca de políticos y hasta de las fuerzas de seguridad. ¿Las EC participamos y nos hacemos referentes en esta Educación para la Salud?

En nuestros entornos existen colectivos frágiles, vulnerables, en riesgo de exclusión o de hecho excluidos, personas que han visto incrementadas sus dificultades habituales de vida con las que supone la pandemia y sus consecuencias, ¿tenemos localizados estos colectivos? ¿Estamos interviniendo con ellos?

Y no podemos olvidarnos de la comunidad, esa estructura que teje o no teje redes de autoayuda, que dispone o no dispone de activos de salud, que se responsabiliza o no del comportamiento de sus vecinos, que debe ser partícipe de todo aquello que afecte a la salud de sus miembros e involucrarse activamente en su defensa y no ser solamente un objeto pasivo receptor de órdenes.

¿Las EC participamos en estas redes?, ¿se nos reconoce en ellas?, ¿aprovechamos los recursos comunitarios para ponerlos al servicio de la lucha contra la pandemia?, ¿contamos con la comunidad como aliada?

Muchas de estas preguntas aún no tienen respuesta, el sistema sanitario en general y las enfermeras comunitarias en particular, aún estamos en medio del torbellino tratando de mantenernos a flote, pero pasará el epicentro de la crisis y tocará hacer revisión, y responder a estas preguntas y a otras muchas. No será tanto buscar culpables o hacer que alguien se sienta mal, como detectar causas que orienten los cambios imprescindibles para superar el actual modelo sanitario decimonónico, caduco e ineficiente, y entre otras medidas, sin duda, habrá que dotar a las EC de la formación, de los recursos y del espacio competencial necesario.

Todo lo que se ha planteado es sin duda la quintaesencia de la Enfermería Comunitaria, ya se sabía, consta en cualquier bibliografía básica que se consulte, en el programa de la especialidad viene explícitamente recogido y la pandemia ha venido a ponerlo aún más en valor.

Se puede temer que uno de los efectos secundarios de la vacuna anti-COVID, cuando esta esté disponible, podría ser la amnesia selectiva sobre lo que esta pandemia nos ha mostrado, demostrado y enseñado, de ser así lo que es seguro es que nos tocará repetir la historia, aunque no se sepa cuándo, caer en los mismos errores y padecer los mismos sufrimientos. Las enfermeras comunitarias, que tanto estamos dando en esta crisis y la AEC en el espacio científico que le es propio, estaremos ahí para recordar a quien corresponda la sabiduría que hemos extraído de esta pandemia.