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Metas de Enfermería

Metas de Enfermería

SEPTIEMBRE 2011 N° 7 Volumen 14

Construyendo el cuerpo

Sección: Editorial

Cómo citar este artículo

Cabello Tarrés B. Construyendo el cuerpo. Metas de Enferm sep 2011; 14(7): 3

Autores

Belén Cabello Tarrés

Enfermera, matrona, antropóloga. Máster en Estudios Interdisciplinares de Género. Profesora de Enfermería Maternal de la EUE “Puerta de Hierro”, Universidad Autónoma de Madrid.

Casi como una cantinela, las alumnas y alumnos de Enfermería aprenden que el ser humano es un ser bio-psico-social, integrado por componentes orgánicos y espirituales e insertado en un medio ecológico y cultural. Sin embargo, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de cuerpo?
Presente desde Platón, el paradigma cartesiano de la división antagónica cuerpo-espíritu y el cuerpo-maquinaria ha tenido una larga tradición en el pensamiento occidental, que ha determinado la conceptualización del cuerpo como mero soporte carnal, cuando no impedimento, para la verdadera sustancia humana que es el entendimiento, el espíritu o el alma.
En el pensamiento dicotómico habitual se opone lo natural a lo cultural, lo considerado como dado, inmutable e irreversible por genético, a lo cambiante, construido y variable por definición, el asiento animal a la racionalidad distintiva del ser humano. El yo es el yo espiritual susceptible de conocimiento que tiene su asiento material en un conjunto de órganos y sistemas que no aporta ni modifica, porque el ser humano lo es en tanto dispone de un además que le separa de la materialidad.
Sin embargo, diferentes disciplinas, con la influencia fundamental de la Teoría Feminista de Género, están reconceptualizando el cuerpo desde la idea básica de que no existe una materialidad física donde reside la persona, sino de que en la materialidad física reside también la persona. Parece un trabalenguas pero no lo es: el cuerpo es el ser humano, no solo por realidad carnal inevitable sino por dimensión fundamental. Como afirma Rosalyn Diprose, “No se tiene un cuerpo, se es un cuerpo” y del cómo se construya ese cuerpo, desde qué dimensiones se contemple, dependerá, así mismo, la constru­cción variable del ser humano. Preguntémonos, por ejemplo, por la visión diferencial del cuerpo del hombre y la mujer o, en el principio de todo, por la del belicoso, rápido y arrojado espermatozoide frente al pasivo, expectante e inmóvil óvulo.
Adoptando esta visión renovadora aparece un cuerpo construido, modelado y vivido socialmente en sus usos, en sus prácticas, en sus permisos y prohibiciones, en su forma de presentarse, en sus gestos y en su lenguaje y mediante el cual nos relacionamos con el mundo que habitamos y con los que lo habitan a través de sistemas simbólicos compartidos en los que estamos inmersos y que no puede sustraerse a su conformación histórica, en oposición al cuerpo inmutable, por “natural”, del discurso esencialista. Un cuerpo culturalmente variable en el que sus representaciones dan cuenta de valores asociados tanto del cuerpo en sí como, incluso, de los diferentes órganos que lo componen según la simbología dominante: no hay más que recordar la preponderancia del útero en la mujer.
En nuestro medio social son las ciencias biológicas o biomédicas las que están autorizadas para conceptualizar simbólicamente el cuerpo humano y ejercer de árbitro de sus usos, desde la invisibilidad de que ese cuerpo se produce desde una determinada ideología y sus prácticas operantes y, por tanto, desde estructuras de poder, tal y como nos regala Michel Foucault.
El cuerpo aparece aquí como un conjunto de órganos y funciones que mantiene los viejos presupuestos separadores: escindido de la persona se convierte en un objeto en sí mismo, aislado, que puede ser tratado como una realidad independiente de la mente y sometido a manipulaciones de dominio experto: diagnóstico y tratamiento, clonación, prótesis, trasplantes, ingeniería genética, tecnología reproductiva, experimentación farmacéutica, etc., porque no se interpreta que el individuo ceda su persona, es “tan solo” su entidad física la que es cedida a los expertos para su reparación o mejora.
Sin embargo, ¿qué ocurre si nos fijamos críticamente en, por ejemplo, el rechazo psicológico ante el trasplante de un órgano, sobre todo si es visible, como puede suceder en los de miembros completos o de cara?
Adoptar un punto de partida diverso, el del cuerpo que se es y no el del cuerpo que se posee, nos lleva a considerar de forma diferente no solamente la relación de cada persona consigo misma sino la que mantiene con el entorno cultural en su capacidad de autodeterminación y libre elección y en su posibilidad de contestación y resistencia.
Si los profesionales de la salud somos productores y transmisores de una ideología­ sobre el cuerpo que impregna nuestro quehacer diario y la visión social del ser humano y, además, desde la posición de poder que confiere el conocimiento, es posible que necesitemos asumir una perspectiva diferente de la corporalidad humana que renueve no solo la conceptualización de los usuarios/as de nuestros servicios sino la de nosotros mismos y la de las relaciones terapéuticas que podamos establecer con ellos y ellas, desde la imposibilidad de fragmentar al ser humano en sus componentes espirituales y materiales y teniendo en cuenta la variable producción social del cuerpo, de acuerdo a un entorno y a un momento histórico concreto.