La vulnerabilidad, antesala de las desigualdades en salud

Sección: Editorial

Autores

Pilar Serrano Gallardo

Profesora Sección Departamental de Enfermería. Facultad de Medicina. UAM. Subdirectora de Metas de Enfermería

Vulnerabilidad, término complejo que la Real Academia Española define como cualidad de vulnerable y que alude a que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente. Pero esta definición es a todas luces insuficiente para comprender todo lo que encierra este concepto que migra del campo de la abogacía al de la salud en la década de los 80 cuando aparece la epidemia del VIH/SIDA, ante la necesidad de contemplar este problema de salud desde una perspectiva mucho más amplia e integradora que tuviera en cuenta sus múltiples desencadenantes en un marco de Derechos Humanos.

Un enfoque de vulnerabilidad exige que vayamos más allá de los abordajes convencionales dirigidos a la enfermedad, individuales y uniprofesionales, y nos coloca en un escenario de complejidad que, sin restricciones y abriendo la mirada, nos permita atender con rigor y excelencia la salud de la comunidad.

En los análisis de vulnerabilidad hay, por lo tanto, que tener en cuenta factores individuales de la persona (conductuales y biológicos), pero fundamentalmente sus condiciones de vida, la posibilidad de tener atención sanitaria, la ubicación en ejes de desigualdad como la clase social, la etnia, la edad, el género o el territorio y, sin duda alguna, factores estructurales de índole socioeconómica y política.

Todos estos factores no son otros que los señalados en 2008 por la Comisión sobre los Determinantes Sociales de la Salud de la OMS en su informe final “Subsanar las desigualdades en una generación”, con el fin de ayudar a afrontar las causas sociales de la falta de salud y de las desigualdades sanitarias evitables. Pero para ello es necesario trabajar desde un enfoque que posibilite identificar a los colectivos en situación de vulnerabilidad, que no deje fuera del análisis aquello que no se acomode al concepto clásico de “factor de riesgo”, y que facilite emprender estrategias abarcadoras, participativas y emancipatorias.

Y en este punto, quiero señalar la genuina contribución de la Enfermería Emancipatoria que, si bien es un concepto que aparece en la década de los 90 del pasado siglo (Kendall J, 1992), no es hasta la presente década cuando se retoma con fuerza, posiblemente en estrecha conexión con la mayor conciencia de las desigualdades en salud. Los elementos que definen según Kagan et al. (2014) una práctica enfermera emancipatoria son: desafío a lo establecido como verdad; pensar y trabajar contracorriente para poner de manifiesto la raíz de las desigualdades sociales en salud; examinar y cambiar aquellos sistemas que dan ventajas a unas personas y desventajas a otras; visualizar acciones transformadoras que faciliten la humanización y ponerlas en marcha; tomar conciencia tanto en lo personal como en lo profesional, sobre la habilidad para involucrarse en iniciativas orientadas al cambio social; y comprometer a la comunidad para generar conocimiento y desarrollar acciones que estén basadas en las experiencias y en la perspectiva de quienes sufren injusticias.

Hace pocos días, en el contexto de una clase de máster, tuve el privilegio de descubrir la esencia de esta práctica emancipatoria de la mano de un grupo de mujeres bolivianas residentes en España y afectadas por la enfermedad de Chagas, las cuales, con el acompañamiento de un equipo de salud multidisciplinar, habían tomado las riendas ante su situación de vulnerabilidad, convirtiéndose en agentes de salud, y dando una magnífica lección de empoderamiento.

Como señala Ayres, un principio básico para la intervención en un marco de vulnerabilidad es la democratización, haciendo partícipes a todos los sujetos sociales, “… paso a paso, pero siempre caminando, siempre buscando el horizonte y siempre acompañados”.