La DANA de Valencia. Desastre y recuperación, con la mirada puesta en la infancia Sección: Carta a la dirección Autores Celestino Suárez Burguet UNICEF Comunidad Valenciana Titulo: La DANA de Valencia. Desastre y recuperación, con la mirada puesta en la infancia La inundación que afectó el pasado 29 de octubre a una amplia zona de la provincia de Valencia ha sido, con diferencia, la de mayor impacto sobre este territorio desde la histórica riada que se produjo hace casi setenta años, en octubre de 1957. Ambos episodios meteorológicos tienen similitudes evidentes en su origen, la formación de una perturbación conocida como gota fría o, como actualmente se le denomina, DANA (depresión aislada en niveles altos) y que provoca precipitaciones muy intensas en un corto periodo de tiempo, concentradas en un área geográfica relativamente reducida y afectando en gran medida al tramo final de las cuencas hidrográficas que en su llegada al mar rodean a la ciudad de Valencia. Estos fenómenos no son nuevos, pues ya se tienen referencias históricas documentadas desde la época romana.Comparada con la destructiva inundación que sufrió Valencia a finales de los años cincuenta del pasado siglo, hay diferencias significativas que permiten comprender mejor la magnitud del desastre físico y humano que se ha producido en esta ocasión. El cambio fundamental viene determinado por un proceso de urbanización y concentración demográfica exacerbado en el último tercio del siglo pasado, con una inmigración muy intensa procedente de otras provincias, consolidada a lo largo de las décadas más recientes, y que ha configurado unos núcleos de población especialmente vulnerables frente a este tipo de tragedias.Casi la totalidad de los municipios más directamente afectados se caracterizan por esa alta densidad de población, común a las grandes urbes, y por esa razón el impacto sobre las personas ha sido especialmente grave, no solo en cuanto al número, en torno a 800.000, sino también por la particular estructura demográfica y económica, en términos de población infantil y adolescente y por el nivel medio-bajo de las economías familiares.Sin duda, la infancia es el grupo social más vulnerable ante cualquier circunstancia catastrófica, y el que sufre con mayor intensidad la emergencia humanitaria asociada a todo tipo de desastres. La razón es más que evidente: el hecho de estar en pleno desarrollo fisiológico, cognitivo y emocional hace que los niños, niñas y adolescentes experimenten impactos mucho más severos ante disrupciones de una normalidad vital todavía en fase de definición. Desde la interrupción de las actividades educativas y lúdicas, hasta los potenciales efectos sobre su salud mental, derivados de las situaciones traumáticas vividas, se enfrentan a una quiebra de ese “espacio de seguridad”, personal y colectivo, indispensable para su estabilidad emocional.Más de 40.000 escolares han visto afectada su educación, y el cierre de escuelas y centros de formación en las zonas más dañadas se ha prolongado por semanas, y cuando se han reanudado las clases, estas se han tenido que desarrollar en instalaciones alejadas de su domicilio habitual, con los efectos negativos que ello conlleva en términos de traslados y una percepción de sentirse desubicados y lejos del entorno que los ha acogido desde siempre.Sin embargo, el impacto emocional negativo que experimenta la población infantil y adolescente va mucho más allá de la alteración de sus rutinas diarias. En ocasiones, en los casos más dramáticos sufren la pérdida de familiares directos o seres queridos de su entorno, y de forma generalizada asisten a la destrucción total o parcial de viviendas, vehículos y otras posesiones individuales. Este sentimiento de desamparo se agrava con la privación de servicios básicos como la electricidad, el agua corriente o el acceso a sus vías habituales de comunicación, entre otros. Todo esto altera profundamente lo que constituye su vida cotidiana y la seguridad que garantiza la previsibilidad del día a día. Esta necesaria estabilidad, tan importante en la infancia, es la que desaparece de repente, instalándolos en una incertidumbre muy difícil de manejar a edades tan tempranas.A medio y largo plazo, y aun contando con una cierta vuelta a la normalidad en lo referido al acceso a las condiciones físicas y de infraestructuras previas al desastre, es previsible que, con diverso grado de incidencia, aparezcan entre la población más joven efectos particulares derivados de múltiples factores: discontinuidad del aprendizaje, impactos emocionales (en ocasiones, traumáticos), colapso de su entorno ambiental más cercano, pérdida de un hogar en condiciones y, por supuesto, el drástico deterioro de su marco de relaciones sociales y colectivas.Especial atención requiere el soporte sanitario que, ya desde el primer momento, se ha desarrollado por parte de los profesionales de la sanidad pública y ha tenido que hacer frente a situaciones particularmente complejas, pues también las infraestructuras básicas de atención se han visto dañadas y, en muchos casos, simplemente han desaparecido. La respuesta de dichos profesionales ha ido mucho más allá de la responsabilidad que tenían como servidores públicos y su actividad voluntaria ha sido más norma que excepción. Este ejercicio de solidaridad ha estado presente, de forma generalizada, entre otros muchos profesionales que se han volcado en la ayuda urgente en momentos de inevitable desconcierto.A partir de la respuesta inmediata que se está dando por el conjunto de la sociedad y que tiene que articularse de forma ordenada y eficiente a través de la coordinación y ejecución de los planes de recuperación en marcha, los diferentes estamentos gubernamentales responsables de estas acciones tienen que trabajar coordinadamente para lograr con prontitud una vuelta a lo que tendría que ser una normalidad mejorada. Desde UNICEF, y su compromiso permanente con el bienestar de la infancia y la adolescencia, se propugna el establecimiento de protocolos y medidas contundentes (y urgentes) que den respuesta a esta emergencia humanitaria y permitan la recuperación de la población afectada y en especial de los niños, niñas y adolescentes, que son los que la sufren con particular intensidad.Sin entrar en demasiado detalle, pueden apuntarse algunas de las líneas estratégicas de actuación más urgente que inciden de forma particular en el bienestar infantil y adolescente. Se requiere una normalización de la actividad escolar con garantías de seguridad y salubridad que permita retomar la docencia y el aprendizaje, no solo como vía de formación académica, sino también como el instrumento imprescindible para recomponer la interacción social y el ámbito de relaciones personales y de grupo por parte de todos los niños, niñas y adolescentes afectados. En esta tarea es importante poner especial atención en los colectivos en situación de riesgo y con problemas de inclusión que, con seguridad, se habrán visto agravados por los efectos del desastre.Hay que asegurar el bienestar emocional de los afectados y, cuando sea necesario, proveer una atención psicosocial que ayude a detectar y tratar potenciales problemas futuros de salud mental. Evidentemente, las múltiples acciones a realizar requieren una financiación y apoyo económico que las hagan no solo eficaces para lograr sus objetivos, sino también eficientes en la utilización de recursos y en el cumplimiento de unos plazos temporales que, dada la magnitud de la empresa, previsiblemente se alargarán más de lo deseable. El proceso de recuperación al que se enfrenta un área relativamente extensa de la provincia de Valencia va a requerir esfuerzos importantes y sostenidos por parte no solo de la propia Comunidad Valenciana, sino del conjunto de España y también de los mecanismos de ayuda y apoyo comunitarios que lleguen desde Europa.Es responsabilidad de todos, ciudadanía e instituciones públicas y privadas, que este ejercicio de solidaridad colectiva se desarrolle siguiendo elevados criterios de eficiencia técnica y corresponsabilidad de acción. Pero también, y no menos importante, que se lleve a cabo desde la honestidad, la justicia y promoviendo la participación social de los afectados. Tras la dura experiencia sufrida, nuestra generación más joven merece disfrutar del necesario cuidado material y afectivo, y contar con el mejor ejemplo que los adultos seamos capaces de transmitirles con nuestro esfuerzo para superar la tragedia. Será, sin duda, la mejor lección de vida que puedan recibir.