Al otro lado de la enfermedad

Lunes, 20 de junio de 2016

Tengo una sensación extraña, dualidad de roles, soy un enfermero enfermo. En Navidades estuve en urgencias, lugar donde trabajo, una dolencia a nivel epigástrico no me dejaba dormir. Retorciéndome de dolor acudí a mis compañeros, a mis amigos sanitarios, en busca de ayuda. Ellos calmarían mi malestar. A pesar del intenso dolor no podía contener la risa, pero mi cara no engañaba a nadie. Antes de llegar al centro había probado con los analgésicos que tenía en casa y el dolor no había remitido. Ya era la segunda vez que acudía por la misma causa. Supongo que tomo demasiado café y que fumo en exceso, sé que no tengo remedio. Esta segunda vez no bastó con pantoprazol, perfalgan o Nolotil® fueron necesarias dos medias ampollas de dolantina (yo, que había jurado no probar nunca los opiáceos), para que el dolor desapareciera y se quedara reducido a una pequeña molestia y pudiera conciliar el sueño.

No sé cómo agradecer a mis compañeros la excelente asistencia recibida. Tras descansar dos o tres horas, no puedo especificarlas ya que perdí la noción del tiempo, me desperté. El médico ya había preparado el informe de alta, la analítica de sangre era normal y había decidido remitirme a consulta de digestivo ante la magnitud del dolor.

Pasaron varias semanas, pero por fin acudí a la consulta citada. A la doctora que me atendería en esa ocasión ya la conocía, pues con ella había realizado varias gastroscopias de urgencias en el antiguo hospital donde trabajaba hace algunos meses. Tras la anamnesis y la exploración, solicito una analítica de sangre y cita para una gastroscopia y una ecografía.

Y por fin llegó el día de la gastroscopia. Decidí que no me sedaran, soy de la antigua hornada, aunque era tentador probar los efectos placenteros del propofol, pero como sabía que no estaba del todo exento de riesgos y creía que no merecía la pena para el tiempo que dura la prueba no lo pedí.

¡Cómo describir lo experimentado durante la prueba! Un tubo que va desde la boca hasta el estómago, la sensación nauseosa, el movimiento de algo semilíquido en tu estómago, el lagrimeo de tus ojos al sentir el roce del tubo en tu faringe sintiendo cómo se desliza de arriba abajo irritándola por el roce. Solo pensaba: “eres un hombre, compórtate como tal, no te muevas, esto es solo pasajero, son diez minutos de un mal trago y nunca mejor dicho”. ¡Valiente tontería!, ahora pienso. Pero el eructo era mi voz en aquel momento, ¡cómo salía el aire! Las náuseas, al tener el gastroscopio dentro, no las podía evitar y ¡cómo lagrimeaban mis ojos por el sufrimiento!

Pero, a decir verdad, en la vida hay cosas mucho peores que todo ello. El doctor recogió muestras de la zona antral del estómago para ser biopsiadas y, tras ello, procedió a sacar el tubo. Lo cierto es que después de la prueba te dices que no ha sido para tanto, yo creo que buscando autoaliviarte. Es por tu salud te repites.

En una semana recibí el resultado de la biopsia: células inflamadas de la zona antral y presencia de Helicobacter pilorii, la bacteria de las úlceras.

Volví a la consulta de digestivo y accedí a tomar el tratamiento erradicador de ese pequeño ser que anidaba en mi estómago, consistente en amoxicilina, claritomicina y omeprazol durante 10 días.

En estos momentos estoy con el tratamiento, pero con diarreas por efecto secundario de la medicación, pendiente de la ecografía ya que la doctora de digestivo no ve hallazgos suficientes para el dolor tan intenso que tenía en las pasadas Navidades. La verdad, yo también estoy intrigado. En fin, ya veremos qué pasa, pero eso de ser enfermero-enfermo es toda una experiencia.

González Cordeu A. Al otro lado de la enfermedad. Metas Enferm feb 2016; 19(1): 78.

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