“Creo que todos, como sociedad, debemos más de lo que damos a quienes nos cuidan”

Miércoles, 1 de mayo de 2019

Yolanda Guerrero, periodista y escritora, será la encargada de presentar el próximo 22 de mayo la primera edición de los “Premios Dama de la Lámpara. Florence Nightingale”, unos premios creados por la Fundación Sandra Ibarra en los que son los propios pacientes los que reconocen la labor de sus enfermeras/os. Guerrero nos habla de esta iniciativa, de la necesidad de reconocimiento de estos profesionales y del lanzamiento de su última novela, Mariela, cuya protagonista es una enfermera de poco después de la Primera Guerra Mundial.

Pregunta.- El próximo 22 de mayo presentará la primera edición de los “Premios Dama de la Lámpara. Florence Nightingale”, unos premios creados por la Fundación Sandra Ibarra en los que son los pacientes los que reconocen la labor de sus enfermeras/os. ¿Qué nos puede adelantar sobre ellos?

Respuesta.- Los premios Dama de la Lámpara suponen una maravillosa iniciativa por dos razones: galardonan la labor de las enfermeras que trabajan en las unidades de oncología de la Comunidad de Madrid, posiblemente unas de las más duras pero también de las más gratificantes en el trato personal y emocional, y son otorgados por los propios pacientes, que reconocen así la labor de las personas que les han cuidado. Y aún hay un tercer motivo: están convocados por una fundación que lleva el nombre de su creadora, Sandra Ibarra, una mujer muy especial. Su lucha personal contra el cáncer, su deseo de ayudar a quienes sufren lo mismo por lo que ella ya ha pasado y su afán incansable de agradecer la labor de los demás se unen a su inquietud por desarrollar proyectos nuevos. Me identifico con ella porque las dos creemos en el poder de la comunicación, porque ninguna de las dos somos enfermeras profesionales y porque las dos sentimos una admiración sincera por todos los que ejercen este trabajo.

P.- ¿Cómo le comunicaron que sería la encargada de conducirlos? ¿Qué le parecen?

R.- Me siento extraordinariamente honrada por poder participar en el acto de entrega de estos premios. No solo es un honor, sino un privilegio. Lo ha sido participar en varios eventos relacionados con la profesión desde hace algunos años, gracias a las relaciones que por amistad y por trabajo mantengo con el Departamento de Enfermería de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Su directora, Eva García Perea, suele invitarme a la apertura de la asignatura que ella coordina, Cuidados a las Mujeres, dentro del máster en Investigación y Cuidados en Poblaciones Vulnerables. También colaboro en algunas de las sesiones de la asignatura optativa de grado que versa sobre Drama, Narrativa y Subjetividad, dirigida por las profesoras Azucena Pedraz y Ana Palmar. Todas ellas son extraordinarias profesionales, además de grandes amigas.

La invitación a la entrega de premios de la Fundación Sandra Ibarra coincide este año con la publicación de Mariela, mi segunda novela, protagonizada por una enfermera de comienzos del siglo XX. Acudo con mucho gusto y emoción a cada una de las convocatorias en las que el sector cuenta conmigo. Y me conmueve especialmente hacerlo en la entrega de estos premios, porque en ellos se resume mi sentimiento hacia este trabajo: una profunda gratitud expresada de la única manera en que puedo hacerlo, hablando de lo que escribo.

P.- ¿Cuál es su visión de la profesión enfermera? ¿Qué experiencias tiene al respecto?

R.- Mi vinculación con el mundo de los cuidados y de la medicina en general no es profesional, sino, como le digo, la de una ciudadana que desea agradecer el trabajo de quienes sí lo son. Mi oficio, que es el de escribir, aunque no es tan encomiable, sí cuenta con una ventaja: si se ejerce con rigor, investigación y seriedad, puede tratar sobre cualquier tema. He intentado que el escogido para mi segunda novela, la vida de una enfermera en los tiempos en los que todo estaba empezando, sea un homenaje, un canto de agradecimiento. De alguien lego, lo admito, e incluso puede que algo intrusista en una profesión que yo desconocía en profundidad y siempre admiré, pero solo movida por el deseo de que esta novela, Mariela, termine inspirando una sola palabra en los lectores que alguna vez hayan debido recibir cuidados (es decir, todos): gracias. Gracias a todas las enfermeras.

P.- Yolanda, además de ser periodista, usted escribe habitualmente; quedó finalista en 1997 en el IX Premio Ana María Matute, con el cuento El color del humo, pero fue en 2017 cuando publicó su primera novela, El huracán y la mariposa. El 25 de abril ha publicado Mariela, su segundo libro, con un claro vínculo con la enfermería…

R.- Como digo, aunque siempre he reconocido y admirado el trabajo de las enfermeras, en realidad cuando me propuse escribir esta novela mi primera intención fue hacerlo sobre un asunto poco tratado en la literatura: la gripe española (llamada así a pesar de que su origen no fue español), una enfermedad devastadora que aniquiló entre el 2,5% y el 5% de la población mundial y que se convirtió en la pandemia más letal de la historia, si se tiene en cuenta el corto espacio de tiempo, entre 1918 y 1920, en que asoló el planeta. Su peor oleada coincidió, además, con el final de la Primera Guerra Mundial… aunque lo más seguro es que la una fuera la causa de la extensión de la otra. En cualquier caso, cuando comencé a investigar ese momento histórico, descubrí inmediatamente el papel fundamental de las enfermeras.

En España ya trabajaban las primeras promociones de profesionales laicas, tituladas en escuelas pioneras como la Santa Isabel de Hungría. En Europa, ellas, prácticamente solas, fueron las verdaderas heroínas de la guerra. Las llamaban “ángeles blancos”. Con mucha razón, porque su sola presencia en un campo de batalla significaba la diferencia entre la vida y la muerte… o entre una muerte desgarradora y una muerte digna. Y me enamoré de las enfermeras. ¡Aún más! Entonces supe, antes de escribir la primera línea, que mi personaje protagonista tenía que ser una de ellas. Sin la más mínima duda.

P.- Imagino que para la creación de una obra con ese calado histórico se ha tenido que documentar sobre la figura de la enfermera en aquella época. ¿Qué podría destacar sobre ello?

R.- Sin duda ha sido una novela que ha requerido de una investigación profundísima y, curiosamente, hecha de forma casi involuntaria. A medida que iba poniéndome en la piel de su personaje central, la enfermera Mariela Bona, iba descubriendo episodios históricos que me ayudaban a comprenderla mejor. No quiero parecer esotérica, pero era como si Mariela me guiara en mi recorrido por el pasado. Las dos comenzamos estudiando junto a las primeras promociones de enfermeras laicas de España, como he explicado; juntas seguimos recorriendo las trincheras y los frentes de batalla de Francia y Bélgica; juntas llegamos a la Alemania derrotada, y juntas terminamos en el Moscú bolchevique. Mariela me llevaba de la mano. Y yo, para agradecérselo, le he regalado muchos meses sin sueño y sin más lecturas que las relacionadas con su momento concreto de la historia. Ha merecido la pena porque he terminado comprendiéndola a ella y, sobre todo, entendiendo los orígenes de una profesión tan fascinante como imprescindible.

Lo más importante que he aprendido no ha sido la práctica enfermera, una sabiduría a la que ni siquiera me atrevo a acercarme, sino su esencia: la generosidad. Frente a la sinrazón de aquellos años, cuando el mundo se suicidaba en una guerra absurda y sin propósito, carcomido por una epidemia misteriosa y de la que nadie se atrevía a hablar, Mariela y sus compañeras antepusieron sus propias vidas. Frente a las muchas sinrazones actuales, las del siglo XXI, ellas siguen siendo quienes nos tienden una mano cuando no podemos valernos por nosotros mismos. Hoy y siempre serán una roca sólida a la que todos, más tarde o más temprano, en algún momento de nuestras vidas nos agarramos.

P.- ¿Qué valores y evolución ha tenido la profesión a lo largo de la historia?

R.- Entre las muchas sorpresas que me ha deparado la investigación para esta novela se encuentra el descubrimiento de los orígenes de la enfermería moderna y, con ellos, cómo no, el importantísimo papel de la Real Escuela de Enfermeras Santa Isabel de Hungría, creada por el doctor Federico Rubio y Galí, de la que ya he hablado antes. Fue la primera escuela dedicada a formar enfermeras laicas en España. Una de esas sorpresas con las que me topé mientras me adentraba en una época que desconocía fue el hecho de que, a comienzos del siglo XX, casi sin haber salido aún de las brumas del XIX, ya había en España dos profesiones casi exclusivamente femeninas que eran precursoras de la modernidad: la enseñanza y la enfermería. Hasta entonces, ambas habían estado ejercidas por religiosas y sin apenas preparación reglamentada, pero, en aquel momento, tanto las maestras como las enfermeras comienzan a recibir lo que la periodista y diplomática Isabel de Oyarzábal, que firmaba con el seudónimo de Beatriz Galindo, calificaba como los tres pilares de la emancipación profesional de la mujer: formación, titulación y remuneración. O, lo que es lo mismo, comienzan a ejercer con conocimientos y autoridad dos trabajos dignos y respetados por la sociedad con los que podían mantenerse. Y, aún más importante, dos trabajos sin los cuales no hay sociedad que pueda sobrevivir.

P.- Por último, ¿cree usted que los profesionales enfermeros cuentan con el reconocimiento de la sociedad a su labor? ¿Por qué?

R.- Si me lo permite, voy a contestarle con un ejemplo que suelo repetir cuando me preguntan por el título, escueto y con nombre propio, de mi novela. Está simbolizado en una acuarela de colores suaves, obra de Raquel de Prada de 2010, que se exhibe en el fantástico Museo de la Enfermería de la Fundación María Teresa Miralles Sangro, en Madrid. Representa en tonos ocres a un grupo de 20 enfermeras vestidas con sus uniformes blancos. Todas posan ante la artista con una característica común: ninguna de ellas tiene rostro. En su lugar, apenas un espacio liso, sin nariz, ni boca, ni ojos…

La propia María Teresa Miralles lo explica muy bien: mientras que todos los médicos tienen apellidos que sus pacientes conocen, las enfermeras no. Quien nos saca sangre o nos toma la tensión es, simplemente, “la enfermera”. Sin nombre propio. Por eso decidí titular la novela con uno de mujer, Mariela. Porque, y con eso contesto a su pregunta, creo que todos, como sociedad, debemos más de lo que damos a quienes nos cuidan. Les debemos, ante todo, gratitud. Pero no hay gratitud sin reconocimiento. Y este comienza por ponerles rostro… No solo nariz, boca y ojos, sino también pronunciando el nombre de la persona que nos sostiene en la enfermedad. Eso es lo que he querido decir: que todas las enfermeras son Mariela, porque todas tienen una identidad que debemos reconocer para que así, después, seamos capaces de agradecerla.

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