El inquilino incómodo

Miércoles, 3 de diciembre de 2014

El dolor crónico es un hiriente y pesado compañero de viaje. En pleno siglo XXI parece irreal que pueda existir el dolor mantenido en el tiempo. Llega despacio, sinuosamente, no se presenta ni pide permiso, simplemente se cuela en tu vida, se infiltra, se asienta y toma posesión. Al principio no se muestra siempre, notas algo extraño a ratos y lo dejas pasar o lo acallas fácilmente.

Esta incursión se instala definitivamente en tu existencia, se alimenta de ti, te anula, te transforma y te somete si quiere. No tiene forma, color ni tamaño, así que es difícil mostrar su presencia. Es bastante abstracto y es difícil explicarlo o intentar describirlo. Cuando te das cuenta que no es normal y empiezas a pensar que algo te está pasando, apenas puedes decir “me duele y me duele todo el tiempo”. Cuando descubrí el poder de este inquilino nunca pensé que fuera a dominarme.

Los profesionales te explican la causa fisiológica que lo provoca, si se anula esa causa orgánica se revertirá el proceso y desaparecerá. Puede ocurrir que no sea una solución definitiva o que tan solo se pueda paliar o minimizar sus consecuencias o bien que los daños causados tengan secuelas importantes difíciles de tratar, pero es lo que hay. Crees estar preparado para convivir con el dolor un tiempo indeterminado porque vives la emoción de saber que tu dolor es real, no era un invento, no estás loco, hay un motivo y te invade la certeza de que la ciencia lo expulsará de tu vida. Algo funcionará, seguro. El molesto inquilino del que ya conoces su origen se siente amenazado y al ser atacado por las primeras drogas del tratamiento cede un poco y tú te creces y estás seguro de haberlo pillado desprevenido, y que lo echarás en breve, te sientes algo aliviado y sigues con tu vida.

Pero él vuelve de vez en cuando a llamar a tu puerta, a colarse en tu casa y robarte instantes hermosos de tu vida. Anula alguna reunión con amigos, no puedes oír música porque él grita demasiado, no puedes ir a trabajar, no puedes salir, cosas simples y cotidianas ante las que te rebelas. Y le atacas con más drogas, nuevas drogas, pero él vuelve una y otra y otra vez, faltándote el respeto e imponiendo sus normas.

Esa lucha diaria te va agotando y te transforma: ojos más tristes, más delgado, más pálido, más silencioso, pero aún así piensas que jamás podrá dominarte, y no puede, y no lo consigue porque ha convertido tu vida en una batalla y estás muy ocupado en luchar. Te has acostumbrado a pelear, convertido en un gran guerrero de la resistencia, y mientras te dominan las pastillas y estás completamente inmerso en la tarea de destruirle, no percibes que si bien no puede vencerte ya no podrías hacer nada sin la medicación y te sientes morir.

Pero, aunque hace mucho que no experimentas una vida sin dolor tienes recuerdos y empiezas a creer percibir el aroma de un atardecer en el mar, a oír tu risa de antes, sueñas con imágenes de ti cuando eras bonita, lees notas que escribiste sobre cosas que querías hacer y añoras que hace mucho que no te dejas querer. Entonces, un día después de sentirte morir una vez más gritas: “basta”, y exiges tu derecho a vivir sin dolor. Y al gritar, al no conformarte con palabras estúpidas como “al dolor también se acostumbra uno”, parece que se te escucha de otra manera.

Simplemente ha llegado el momento de echar al inquilino de tu vida cueste lo que cueste, porque perdiste tanto que ya no te queda nada por perder. Y se le destierra. Él de manera agresiva ejercerá dos intentos para no marcharse, utilizará los efectos de la ausencia de las pastillas en tu cuerpo y el despreciable juego con tu mente haciéndote dudar de sí realmente lo sientes o no. Pero no tiene nada que hacer porque tú ya te has visto morir, no tienes miedo, le perdiste el respeto, no le escuchas, ni le miras. La omisión puede con él.

Entonces, la vida vuelve a empezar para ti y eres consciente de cuánto llegó a dominarte, compruebas que lo que creías que era no estar tan mal no se parece en absoluto a la ausencia de dolor. Ahora sí, ahora estás bien, cambias de peinado, de estilo de vestir, caminas distinto, redecoras tu casa, lo que ven eres tú, vuelves a tener la necesidad de que te amen y la capacidad de amar. A ratos en silencio te descubres intentando oírlo, crees sentirlo pero no hay nada, estás libre, estás bien.

Sentirás que hipotecaste un tiempo precioso de tu vida, que todo se detuvo y ahora estás algo perdido y desubicado, pero poco a poco te invadirá el sentimiento certero de que vives sin dolor y descubres que en ese tiempo encontraste gente de lo mejor, que se quedó contigo, que compartió silencios. Que a pesar de la soledad que te impuso este inquilino que te apartó de todo y de todos, te dejó la certeza de que estás destinado a vivir, de que lo mejor está por llegar, de que merece la pena, porque ahora lo sientes todo y sentir es lo que mejor sabes hacer. Volviste a nacer.

A todos los que lo conocéis, los que lo tenéis en casa de okupa, los que lo habéis vivido o habéis tratado con él, os deseo con fuerza la posibilidad de herirlo de muerte y volver a nacer y, al final, solamente te quedaran las cicatrices, muchas, pero te gustarán, porque cada una de ellas te recuerda un momento superado y un punto al que nunca jamás vas a volver.

Fuente de consulta: Villanueva del Moral, Monsterrat (Enfermera del Grupo Sanimadrid SC, Getafe), revista METAS de Enfermería,  nº 3 abril 2013

 

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