El valor de un abrazo

Miércoles, 3 de septiembre de 2014

La sociedad siempre se ha mostrado alerta pero cauta ante la muerte. No es un tema de conversación en las familias, y cuando te llega el momento de vivirlo no sabes cómo afrontarlo. ¿Por qué es un tema tabú? ¿Por qué no se trata como algo natural? Desde mi punto de vista, la principal causa es el desconocimiento, el no saber qué ocurre después de la muerte, pero lo que es evidente es que debería tratarse de otra forma, pues la muerte es un proceso más de la vida, es su etapa final.

Recuerdo con gran ilusión el día que empecé a estudiar Enfermería. Era mi vocación. Mi familia estaba desconcertada pero orgullosa ante mi decisión. Ese día iba nerviosa, aunque a medida que pasaba el curso se me fue pasando, hasta que llegó la asignatura de Cuidados paliativos, donde se empezó a tratar el tema de la muerte. Yo venía de una familia de mentalidad antigua, en la que se miraba la muerte como algo tabú y nunca se hablaba de ella. El tratar ese tema en clase como algo normal y cotidiano me resultó extraño y fue entonces cuando el miedo me invadió. Miedo a no saber qué hacer cuando me enfrentase al fallecimiento de un paciente o a no saber cómo tratar a la familia en esos momentos. Fueron muchas mis inquietudes. En las prácticas de hospital me tocó la unidad de Cirugía. Iba contenta, pero cada día pensaba que ese iba a ser el momento en el que me tenía que enfrentar a la muerte. El tiempo de prácticas concluyó y el momento tan temido nunca llegó. Tengo que reconocer que me alegré, pero el destino me guardaba algo realmente duro e inesperado para mí y toda mi familia.

Recuerdo el día 19 de julio de 2004 como si fuera hoy. Te enseñan muchas cosas en clase pero… ¿cómo enfrentarse a la muerte de una madre? Es verdad que el tema de la muerte se trató y nos enseñaron cómo actuar, pero qué distinto es cuando es alguien importante en tu vida la persona que fallece y, más aún, cuando la noche anterior hablaste con ella tan normal sin saber que ya no lo ibas a poder hacer más y sin poder despedirte y decirle lo mucho que la querías.

Ese día negro el mundo se me desvaneció, no podía creer que ese ser que me había dado la vida y que era tan vigorosa y alegre se hubiera ido para siempre. Pero detrás de ella también se han ido, recientemente, mi padre y mi hermano mayor. Una vez más te planteas cómo afrontar el tema de la muerte y cómo poder superarlo, porque sientes que tu vida aquí no tiene sentido, crees que estás sola y te parece que en cualquier instante uno de ellos va a entrar por la puerta de casa con sus risas, sus llantos, sus gritos, pero no es así, no van a volver, solo están en nuestro corazón y de ahí nunca desaparecerán. No sé por qué, pero el destino ha querido que me enfrentase a la muerte de esta forma, y por mucho que te digan los libros no se sabe lo que se siente hasta que te pasa. Como se suele decir, “la vida en sí misma te enseña a ser mejor en todos los aspectos, la vida es una continua formación”.

Un hecho que me marcó, ya trabajando como enfermera en un centro de salud de un pueblo de mi provincia, fue la llamada de una mujer alertando que su marido no contestaba y que estaba empapado en sudor. Inmediatamente, el médico y yo cogimos todo el material necesario y salimos hacia su casa. Una vez allí, comprobamos que el paciente ya había fallecido. Me impactó, pero supe qué hacer. Cuando el médico se lo dijo a la familia, la mujer se mareó y se echó a llorar. Entonces yo la llevé a que se sentara y me quedé con ella, abrazándola. Sí, la abracé, eso es lo que se necesita en esos momentos. Ningún tipo de palabra puede mitigar el dolor que esa mujer sentía en ese preciso instante, lo único que necesitaba era sentir el cariño y el apoyo de alguien. Y allí estaba yo, muy sensible ante los recuerdos que me sobrevinieron, pero profesional porque supe cómo actuar, cómo tranquilizar a esa mujer que acababa de perder a su compañero de tantos años.

Ahora pienso que todo lo que yo viví me llevó a “ponerme en la piel” de esa mujer, porque yo al igual que mis hermanos hubiéramos necesitado un simple abrazo. Eso es algo que no se enseña en la universidad, pero que tiene un valor a veces mucho más importante; el valor de un abrazo solo te lo enseña la experiencia que la propia vida nos da.

Os invito a todos a probarlo, dad un abrazo, las palabras sobran. Con un simple abrazo se aprecia el calor que tenemos que transmitir a nuestros pacientes en esos momentos difíciles. Ayudémoslos, estemos con ellos simplemente acompañándolos y poniendo nuestro hombro para que lloren y nuestros brazos y manos para darles algo tan valioso como es un abrazo.

Fuente: Degrado Retamero M. El valor de un abrazo. Metas de Enferm mar 2012; 15(2): 78

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