Héroes de verdad

Miércoles, 3 de julio de 2019

“Aquí os criamos y aquí queremos morir. Nos hemos ganado el derecho a decidir hasta dónde pelear y hasta dónde sufrir”.

Un aviso, dos pacientes; de vuelta camilla vacía y el corazón encogido. La maldita enfermedad entró en aquella casa, ella de mama, él de páncreas, con dos meses de diferencia.

Todo pasa, de todo me olvidaré, o no… ¡Porque yo tampoco soy invencible! ¡No soy héroe, sino humano de carne, alegrías y penas! Y hay avisos, personas y circunstancias que nunca olvidaré. Cuesta mucho arañar memoria y desempolvar emociones para sacarlas a la luz.

Algunos posts me cuesta plasmarlos sin despertar mis propias angustias, sinsabores, mi propia tristeza. Hoy siguiendo los meandros de mis recuerdos me vino a la memoria este caso que atendimos hace tiempo y justo tras el recuerdo, esa tristeza del momento.

Todos bebemos amargura, ese día, ese aviso, fue amargura sin matices. Era una panadería y olía a horno, a pan caliente. “Al fondo, están al fondo”. Dos camas, un matrimonio y la misma cara cetrina de final cercano en ambos.

Nos alertaron por disnea en varón de 60 años. “Mi padre se ahoga desde esta mañana, tiene metástasis pulmonar y mucho dolor en espalda, el oxígeno nada le hace. Mi madre se nos muere también…”, las lágrimas no le dejaban contar lo que aquella habitación del fondo del pasillo encerraba… Satura a 85 con oxígeno. Acrocianótico, 110 lxm, respiratoria de 38 rxm, glucemia de 100, TA de 140/87… ECG taquicardia sinusal.

Le incorporamos, mascarilla con reservorio, aerosol. Vía del 18 y Actocortina. Unos miligramos de Morfina y un Pantoprazol frenaron el dolor y la mejoría no se hizo esperar. Mejoró saturación y disnea, se quitó mascarilla y habló: “No quiero ir al hospital hija, quiero morir aquí, agarrado a la mano de tu madre.  En mi cama, en mi casa rodeado de vosotras”.  La mujer ocupaba la cama de al lado, enferma terminal, como su marido, no había hablado…

“Tu padre lleva razón. Esta casa la construimos con nuestras propias manos tarde a tarde, fin de semana a fin de semana y a ella os trajimos a ti y a tu hermana…Os dimos educación, celebrando cada día de fiesta en ese salón, os dimos carrera y mucho cariño… Solo os pedimos que nos dejéis morir como hemos elegido, nosotros os dejamos vivir como vosotras elegisteis”. Y no volvió a decir nada más. Lloraba en silencio.

Las hijas también lloraban y fue el padre el que rompió aquel silencio. “Llevamos meses luchando, ella por mí y yo por ella; hemos peleado hasta lo indecible, noche tras noche hemos aguantado el dolor del otro. Solos en esta habitación hemos encontrado apoyo el uno en el otro, pero todo tiene un límite, un final y este es nuestro final, el final que queremos tener. Nos hemos ganado el derecho a decidir hasta dónde pelear y hasta dónde sufrir. No hay más hijas, esto ha sido nuestras vidas y ambos estamos encantados de haberlas vivido tan felices en esta casa. Dejadnos morir en paz por favor os lo pedimos”.

No hubo más palabras. En ese momento y ante ese razonamiento tan cuerdo y tan lleno de verdad poco podíamos decir. Al salir un apretón de manos y un “suerte”. Fueron dos sonrisas y un gracias a coro lo que recibimos al salir por la puerta de aquella habitación del fondo. Una hija se nos acercó y nos comentó que ya tenían medidas de paliativos y que ella como enfermera se hacía cargo. De vuelta otra vez silencio en el equipo, poco habíamos hecho, poco había que hacer. Mucho de lucha, valor y héroes aprendí aquel día. 

Y así otra batalla y así una profesión.

Alberto Luque  

Para consultar la publicación original, puede acceder al siguiente enlace.

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