La humanización en el paritorio

Miércoles, 8 de mayo de 2019

Somos muchas las madres primerizas, yo diría que casi todas, las que idealizamos nuestro embarazo nada más saber que estamos embarazadas. Desde el mismo instante que nos hacemos la prueba y nos da positivo, confirmando nuestro estado de “buena esperanza”, comienza un aluvión de pensamientos, sentimientos, miedos, ilusiones, deseos, preocupaciones, etc., que nos abordan.

Probablemente, el parto sea una de las cosas que más nos preocupa, dado que es el momento cumbre del embarazo, el cual ocupará muchas jornadas en nuestra mente. Comenzamos a idealizar ese instante: dónde nos gustaría parir, cómo nos gustaría que fuese el parto, quién queremos que nos acompañe o que nos asista, si queremos la analgesia epidural, episiotomía, etc. Incluso desde el centro de salud nuestra matrona nos aporta una documentación informativa que nos ayuda a decidir cómo deseamos que sea nuestro parto, “nuestro plan de parto”.

Sin embargo, no fue hasta que trabajé en el paritorio de un hospital regional universitario cuando me di cuenta de que, a veces, la realidad no se corresponde con lo idealizado y deseado, que ese momento tan especial y único en la vida de una madre, de unos padres, no es tan ideal y tan íntimo como quisiéramos.

Llegó el día en el que comenzaba en mi nuevo servicio y mi nueva función era ser “la enfermera de epidurales”; mi trabajo consistía en ayudar y participar, junto con el anestesista, a administrar la analgesia epidural y después vigilar que todo vaya bien, que cumpla su objetivo y que no existan complicaciones, por lo que estaría presente en muchos partos. Esa idea me encantaba e ilusionaba, ya que decidí iniciar mis estudios de Enfermería para llegar a obtener la especialidad de matrona. Era una idea que tenía en mi cabeza desde pequeña pero que, después, por diferentes motivos, no desarrollé.

Lo que más me sorprendió nada más llegar a la unidad fue la cantidad de personas que pueden estar al mismo tiempo en un paritorio, haciendo que ese proceso tan íntimo se convierta en “la plaza de un pueblo”. En más de una ocasión llegué a contar hasta doce personas en un paritorio (la matrona, el ginecólogo de guardia, uno o dos residentes de ginecología, uno o dos residentes de matrona, un/a técnico en cuidados auxiliares de enfermería de partos, una enfermera y una auxiliar de nidos, la enfermera de epidurales y, por supuesto, el papá y la mamá protagonistas de ese momento e, incluso, algún espontáneo extra).

A esto le podemos añadir las conversaciones, a veces desacertadas, que mantenemos durante esos momentos (que si los turnos que tengo que cambiar, que si las fiestas que me tocan trabajar, que si fulanito, que si menganito, etc.) lo cual da una imagen y una sensación de poca profesionalidad, falta de respeto y empatía con el momento tan especial que está viviendo esa familia, y que a mí me producía verdadera vergüenza ajena.

Otro capítulo que me sorprendió fue que ese plan de parto, que cuidadosamente habían diseñado las mujeres gestantes, en algunos casos no se llevaban a cabo, como por ejemplo la postura que tú previamente habías decidido para parir (que dependiendo del personal que te asista te dan más libertad de decisión o te aguantas con el decúbito supino o semi-Fowler las horas que dure el parto), la utilización de la pelota como recurso para inducir el parto dependía de la matrona o, incluso, el uso de la famosa “bañera” para los partos en el agua que tanto les “vendían” a las futuras madres y que en este centro ni siquiera funcionaba.

Mencionar también que, en el momento del nacimiento del bebé, el papá tiene que atender al personal de nidos que le pregunta en ese preciso y justo momento del nacimiento, el nombre y apellidos de la criatura e incluso le hacen que firme la autorización para administrarle la vacuna de la hepatitis B al nacer, como si todo ese proceso no pudiera esperar o se podría haber realizado con antelación, obligándole a perder la primera “bocanada” de aire de su hijo.

Desde luego, íntimo, lo que se dice íntimo, no resulta este momento. Entre tanto, la mamá continúa allí, siendo inspeccionada por unas cuantas manos deseosas de practicar en la episiotomía, que si tiene suerte y da con manos delicadas y habilidosas, te harán un buen trabajo, o no.

Por fin aparece el recién nacido y a ti te bajan las piernas, aún adormiladas, de ese “potro” donde has estado exponiendo todo lo que en su día para ti era pudoroso. Todo esto sin mencionar que si el bebé requiere de algún cuidado especial o, a veces, una reanimación se lo llevan inmediatamente de tu lado sin saber por qué motivo y durante cuánto tiempo, cuya finalidad es la de no preocupar a los padres, pero que en realidad lo que resulta es todo menos tranquilizador.

Empieza a desaparecer el personal de tu alrededor y alguien te pregunta si hacen pasar a la multitud de familiares que esperan fuera ansiosos de conocer al nuevo miembro, cuando tú lo que quieres es tomar consciencia junto a tu pareja de todo lo que ha sucedido y de lo que significa.

En fin, con estas palabras no me gustaría desencantar a las nuevas madres, pero sí reclamar a mis compañeros que se humanice más el momento del parto, tan único, tan íntimo, tan intenso.

Afortunadamente no se desarrollan todos los partos así, por eso escribo sobre estos casos en concreto que me llamaron tanto la atención. Menos mal que, en la mayoría, impera la profesionalidad y el cuidado integral de la familia.

Labella García L. La humanización en el paritorio. Metas Enferm mar 2019; 22(2):79-80

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