“Me sentía identificado con la labor enfermera, lo mío es vocacional cien por cien”

Viernes, 9 de marzo de 2018

Aunque siempre tuvo claro que quería dedicarse y trabajar en el área sanitaria y más concretamente en enfermería, el enfermero gaditano, Alberto Puyana, nunca quiso dejar atrás uno de sus mayores hobbies: la literatura. Trabajando sin descanso, durmiendo apenas 4 horas al día, escribiendo de noche, en sus descansos en el hospital… ha conseguido sacar adelante un poemario, varias novelas y numerosos relatos, un gran sueño que contínua con sus nuevos proyectos.

Pregunta: Lleva muchos años ejerciendo como enfermero, ¿siempre quiso dedicarse a ello?

Respuesta: Sí. Desde pequeño supe que quería dedicarme a algo relacionado con la sanidad, y siempre me sentí más identificado con la labor de la enfermería, así que puedo decir que lo mío es vocacional cien por cien, aunque parezca un tópico.

P: Ha escrito un poemario, varias novelas, ha participado en numerosos relatos, es columnista de un periódico… ¿Algún día imaginó que llegaría a realizar todo ello? ¿Desde cuando escribe?

R: Escribo desde que era adolescente, lo que pasa es que hasta hace poco no lo mostraba públicamente. Fue a finales de 2012 cuando me decidí a hacer de la literatura algo más que un hobby, publiqué mi primera novela y comencé a participar en certámenes literarios y la verdad es que hasta la fecha no puedo quejarme. He tenido fortuna en este terreno. Lo de la columna semanal en La Voz del Sur vino después, y ya llevo tres años colaborando con este periódico. Realmente nunca pensé que pudiese desarrollar una trayectoria literaria además de la profesional como enfermero, pero las oportunidades surgen, y hay que aprovecharlas.

P: ¿De dónde le viene esa pasión por la literatura? ¿Cuál es su fuente de inspiración?

R: Soy lector compulsivo y pertenezco a una generación anterior a las videoconsolas, los ciento y pico de canales digitales e internet. En mi infancia y adolescencia, teníamos dos canales de televisión, y juegos de patio. Si querías otro tipo de entretenimiento te ibas a la biblioteca. Eso por desgracia, se está perdiendo (al menos en España), y ahora mismo se da la circunstancia de que somos un país que escribe mucho, pero lee muy poco. ¿Qué me inspira? El día a día, los pequeños matices que hacen irrepetible algo. Como dijo en una ocasión Stephen King, me gustan las historias sobre gente ordinaria en situaciones extraordinarias… todo lo contrario, por cierto, a lo que la moda editorial se ha lanzado en los últimos años.

P: Con su anterior libro, El Preticante, describe a un trabajador que es ingresado en un hospital y descubre cómo es un centro hospitalario. ¿Refleja la realidad de un hospital? ¿Cómo ve el papel de la enfermería en la literatura?

R: Refleja una realidad exagerada. El Preticante es una novela satírica y, como tal, su función principal es hacer reír. Luego tiene un segundo objetivo más taimado que es la crítica hacia nuestros propios vicios como profesionales. Pero obviamente, al ser una novela del género humorístico, todo se hace desde un prisma desenfadado y ácido. Hay que leer esa novela con ojos asépticos y sin prejuicios.

P: Vemos que no para, ¿cómo compagina los dos trabajos? ¿Dedica sus horas libres para escribir?

R: ¡Es que no puede ser de otra manera! Es complicado llevar adelante ambas cosas… a veces se saca tiempo de donde no hay y escribo de noche, me acuesto de madrugada y me levanto al día siguiente temprano para ir a trabajar. Muchas veces, mis horas de descanso se limitan a 4-5 horas al día, pero son actividades que requieren esa perseverancia, y pienso que al final todo te compensa.

P: En su última novela toca un tema complicado: el maltrato. Últimamente no paran de salir a la luz casos de agresiones a profesionales sanitarios, ¿a qué cree que se deben? ¿De qué manera piensa que se podría eliminar?

Lo que no te conté narra la historia del maltrato en el ámbito familiar. Aun así, hay muchos factores comunes en todo tipo de agresiones, y uno muy importante es el cultural o educativo. Hemos engendrado una generación de jóvenes (y no tan jóvenes) a los que se les ha sobreprotegido en exceso, incluso (en algunos hogares) se les ha inculcado cierto desprecio al funcionariado… como si fuésemos enchufados, y no se valora que hemos accedido a nuestros puestos de trabajo tras años de esfuerzo, estudios, y soportando bolsas de trabajo donde se nos ofrecía (y aun se ofrece) empleo precario e inestable. ¿Cómo eliminar las agresiones? No es algo que nos competa exclusivamente a los sanitarios. Es una labor educativa que debería implicar a todos los agentes sociales, una labor que debiera ser transversal a todos los niveles y sectores de nuestra sociedad.

P: Su último libro fue semifinalista en el Premio Ateneo Ciudad de Valladolid 2013, ¿cómo vivió ese momento?

R: Realmente fue una anécdota curiosa. Era el primer certamen al que presentaba Lo que no te conté y ser seleccionado entre sus semifinalistas te hace sentir en una nube. Mientras que el jurado va definiendo su fallo final, en ese mes de espera, hay momentos en que te imaginas recogiendo el premio e incluso empleando el dinero en tus proyectos… cuando descubres que te quedaste por el camino, la ilusión y la euforia se transforman en decepción. Pasas del blanco al negro en apenas un minuto. Pero luego, conforme pasa el tiempo, das valor al hecho de saber que estuviste en la pelea hasta el final. Y concluyes que algo bueno tiene tu trabajo cuando se te reconoció. Por desgracia, como en el deporte, nadie se acuerda de los diplomas olímpicos… tan sólo de los medallistas. Pero hay que valorar cada cosa en su justa medida.

P: ¿Tiene en mente proyectos futuros?

R: Muchos. Tengo redactadas ya tres novelas, dos de ellas cortas, a las que intentaré dar “salida” editorial cuando concluya la promoción de Lo que no te conté. Y en este momento estoy redactando simultáneamente, dos nuevas novelas cortas, una de las cuales espero tener concluida antes de que acabe el año. No contento con eso, ya tengo en mente ideas nuevas en el horizonte. Siempre hay proyectos. El día que no los haya, cerraré el tintero y guardaré la estilográfica. Y, francamente, espero que ese día no llegue porque dejar de escribir sería como si me amputaran medio cuerpo… o media vida.

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