Mi primer verano en urgencias

Martes, 20 de agosto de 2019

Sin duda mi primer verano en urgencias no fue nada fácil. A diario me escriben y piden en redes consejos para esos primeros días en urgencias y otras unidades. No puedo evitar acordarme de mis primeros contratos cuanto terminé la carrera, y creo que realmente hasta que no empiezas a trabajar no eres consciente de la cantidad de conocimientos y habilidades que necesitas.

Alguna vez he contado ya que mi primer contrato en la sanidad pública fue en la Unidad de Recuperación Postquirúrgica. Estaba recién llegado a la playa, no me había dado tiempo ni a bañarme, cuando esa llamada desde contratación entró en mi teléfono; era para aquella misma tarde, a casi una hora de camino desde donde me encontraba, pero estaba tan lleno de ilusión y motivación que se hizo cortísimo. Me puse el pijama y entré en la unidad, cuando, al ver mi cara de nuevo, todos empezaron a quejarse y a gritarme que no podía ser que yo, sin tener ni “puta idea”, fuera la persona a la que habían llamado. Como comprenderéis, la emoción y la sonrisa tornaron rápidamente a: “tierra trágame”, “¿yo qué hago aquí?”… Y es que los principios no son sencillos. Pero como de este tema ya hablé, quiero centrar este post en el primer verano en urgencias, ya que se merece su propio espacio.

Sin intención de parecer un abuelo cebolleta contador de batallitas, no puedo evitar empatizar con la gente que empieza ahora. Después de muchos años de estudio, practicas, exámenes y sin tener casi vida, llegáis con la mayor emoción posible a un lugar que, sin duda, puede ser, y, de hecho, creo que es, uno de los lugares más hostiles donde trabajar.

Mi primer verano en urgencias no fue muy bueno, recuerdo que el primer día era un turno de 12 horas y una compañera auxiliar de enfermería me dijo: “hoy te vas a arrepentir de haber estudiado Enfermería”; no iba muy desencaminada. Imaginaos el escenario: urgencias en la costa de Marbella y verano… Era lunes, por lo que al turismo se unía la vida diaria de toda la costa del sol, una media de 350-400 asistencias diarias de todo tipo y gravedad.

Para mí era tanto que mareaba, yo veía a mis compañeros cómo lo manejaban todo con una templanza impresionante y sin embargo yo no era capaz de ver dónde acudir y, por mucho que intentaba correr, mi sensación era ir a cámara lenta.

Recuerdo que me pusieron en la consulta de enfermería y me pidieron que me encargara de la sala de traumatología, donde se colocan férulas y vendajes. Yo, con toda mi humildad, dije “yo nunca he puesto un yeso”, en la carrera nos dieron un seminario y por supuesto no había yeso para todos, por lo que algunos tuvieron la suerte de ponerlos y otros, de mirar. Pero de aquella tarde recuerdo a una compañera que me dijo que tenía que correr más, de muy mala forma, y que me pusiera las pilas. Al acabar el turno, salí acordándome de las palabras de la compañera que al principio decía que me arrepentiría de haber estudiado Enfermería, y casi con lágrimas.

El verano continuó a una velocidad de vértigo, recuerdo que perdí mucho peso, no dormía y cuando lo hacía no podía dejar de soñar en procedimientos, tipos de vendajes, suturas, críticos, vías, curas y todo tipo de acciones sobre las que pensaba no estar preparado para afrontar.

Mis urgencias, al igual que la mayoría de las urgencias, son cañeras, pero el personal que allí había era impresionante. Todos tenían un nivelazo de conocimientos y habilidades que yo pensaba inalcanzables.
Era una pasada verlos manejar un politraumatizado, un sangrante, hacer suturas increíbles… No quedaba otra que aprender a marchas forzadas, observar, preguntar y actuar.

Así que solo había dos opciones: subirse al carro de mis compañeros, aumentar el ritmo, formarse y adquirir el mayor número de habilidades posibles o marcharse de allí. Y, bueno, ya voy camino de los 14 años, aunque siempre con la sensación de faltarme mucho por aprender pero con la tranquilidad de saber lo básico como para sobrevivir y disfrutar del trabajo en mis urgencias.

Después de tantos años y, ahora sí, haciendo un poco de abuelo cebolleta, he visto pasar por allí a mucha gente nueva, y sé que hay muchos tipos de nuevos. Pero todos tienen en común lo mismo: son novatos y, por mucho que se sepa al llegar a urgencias o a cualquier unidad, hay que adaptarse al medio.

Nadie debería olvidarse de cuando fue nuevo, por muchos años que hayan pasado, cuando alguien llega a un sitio como urgencias, necesita la ayuda de sus compañeros, necesita aprender cómo funciona. Pero tampoco tenemos que olvidar que ya son enfermeros y en muchos casos tienen los conocimientos teóricos mucho más frescos que los que llevamos muchos años.

A diario veo a mis compañeras nuevas en los turnos y me gusta preguntarles por cómo se sienten, cuales son sus sensaciones. Ojalá os estemos ayudando mucho y os estemos haciendo más fácil vuestro primer contrato en urgencias.

Juan Carlos Miranda – Enfermero de urgencias

Para consultar la publicación original se puede seguir este enlace.

Enfermero, urgencias

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