No soy soldado

Jueves, 26 de marzo de 2020

Mañana vuelvo al hospital, por llamarlo así. Últimamente es más parecido a una trinchera que a un lugar donde se salvan vidas. Nunca pensé que presenciaría una, y ahora cada vez que piso la entrada de hospital siento que estoy en primera línea de guerra. Pero aquí hay algo que no encaja, yo no soy soldado, yo no tengo genes valientes deseosos de salvar a la humanidad de un meteorito maléfico, no, yo soy hipocondríaca y muy cobarde. Yo no soy soldado.

Me esperan, si nada cambia, cuatro mañanas y dos noches seguidas. Las mañanas son más llevables, las noches no quiero ni contarlas. Vamos envueltas en plástico, con suerte, con dobles guantes, gorros, calzas, dos mascarillas que pican como demonios y te hieren la piel dejándonos unas marcas que prometen ser eternas, con una pantalla que te aprieta tanto que duele la cabeza, pero a mí me da seguridad y prefiero la cefalea a trabajar con miedo. Es una película de ciencia ficción, pero insisto, nunca me he visto como la protagonista de esas aventuras, yo soy una cobarde.

En enero, una mañana desayunando les conté a mis compañeras que me había desvelado pensando que el virus ese chino podía llegar a España, ellas se rieron, jamás podría sucedernos algo así. Todo apuntaba a que era imposible que España se colapasara a ese nivel… ¿Me puede explicar alguien cómo estamos como estamos? No lo entiendo, es que no lo entiendo.

¿Si tenemos una de las mejores sanidades del planeta cómo tenemos tantos fallecidos?

Hay algo más que evidente, nos han fumigado, han dejado entrar el virus en Madrid con total libertad. La gente venía de las zonas confinadas en Italia sin ningún tipo de control, a puerta gayola y aunque no es tiempo de reproches, ¡vaya tela, amigos! Y digo esto porque si alguien cree que en Madrid hay los infectados que dicen entonces es más crédulo que un niño. NO HACEN LA PRUEBA A NADIE. Con lo que las tasas que calculan son mentira, porque si el denominador es infinitamente mayor, no hay tasa que valga, pero sí las muertes. Las muertes son las que son. Y no lo entiendo.

Todos los días me autodiagnostico de COVID 19 como tres o cuatro veces. Toso, me duele la cabeza, estoy distérmica, no me entra el aire, pero se me pasa y entonces confío en mi cuerpo, pero alguien me llama, me cuenta algo y vuelvo a empezar. ¿Os pasa?

Tampoco ayuda que mi marido y mi niña hayan tenido febrícula y tos, como tantos y tantos en Madrid. Vivimos envueltos en una hiriente ignorancia que va a poder con nuestros nervios. ¿Dónde están los test? ¿Cómo vamos a poder atacar a la enfermedad en el futuro si epidemiologicamente no sabemos qué narices pasa en España?

El día que tuvo fiebre mi marido, me tocó hacer noche, ni se me ocurrió llamar para que me diesen un permiso. Ya no los hay. Los soldados al frente y la familia que lo entienda.

Estoy enfadada. Se me nota. Porque yo no soy soldado y me toca serlo. Eso no quiere decir que mañana no haga mi trabajo en el hospital, una vez que estás allí vuelve la normalidad, mi esencia enfermera y no hay espacio para reproches, pero sé que voy a ver cosas para las que no estoy preparada y me da tanta rabia… Los pacientes están muy malos y nos debemos a ellos. Nadie lo pone en duda. Mi UCI lo está dando todo, estoy muy orgullosa de todos y cada unos de mis compañeros. Hay muchos roles, pero de eso, cuando todo pase, ya haré mis gracias, hoy no me sale hacer broma.

Os dejo, mi casa me llama. Mi casa que es probable que esté contagiada de COVID 19, pero a la que nadie ha venido a testificar, como en la gran mayoría. A los políticos sí les hacen el test.

Eso sí, los aplausos, los aplausos son jalea real de la buena. Me hacen sentir tan bien que me entran ganas de ser soldado y tener ganas de luchar contra ese asqueroso bicho invisible.

Con todo esto quiero decir que mañana cuando me vista y me envuelva en plástico seré la mejor soldado que pueda. Os lo prometo. Por ende, luego en casa, volveré a ser una cobarde.

Irene Ferb

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