Por favor, no me dejéis sola

Miércoles, 19 de noviembre de 2014
Cuando acabé la carrera de Enfermería comencé a trabajar de “enfermera correturnos” de noche. Durante aquellos días tuve la oportunidad de ver que lo que más me gustaba era la planta de cirugía y traumatología. A los tres meses se acabó el contrato de sustitución de verano y desconocía si volvería algún día a trabajar allí. Al mes siguiente, mi sorpresa fue que me volvieron a llamar. Estaba contentísima, por fin podría volver a trabajar de enfermera. Esta vez era para ofrecerme trabajo en el mismo hospital pero en una unidad diferente, en la unidad de cuidados paliativos. Me quedé parada. Nunca había imaginado que estaría con ese tipo de enfermos y lo veía durísimo. El tema de que se me muriera alguien me atemorizaba. Acepté, era una oportunidad para aprender, así que pensé: ¡adelante!Cuando llegué al servicio estaba realmente asustada. Todo lo que me rodeaba era desconocido para mí: los compañeros, la organización… pero sobre todo, como ya he dicho, el tipo de pacientes a tratar. Me preguntaba continuamente qué podría hacer yo allí, si lo desconocía todo.

Hoy por hoy no lo cambiaría. El pertenecer a un equipo de cuidados paliativos es muy gratificante. Me ha dado la oportunidad de crecer como enfermera y especialmente como persona. Me ha llevado a aprender lo que es realmente “ser Enfermera”. Dejando de lado el pinchar y todas esas técnicas de Enfermería que podría aprender cualquier persona que se lo propusiera, ser enfermera va más allá. Mis seis años en la unidad de cuidados paliativos me lo han dejado muy claro.

Cuando me preguntan que cómo puedo trabajar en cuidados paliativos, mi respuesta siempre es la misma: “si no hubiera personas que quisieran trabajar en este ámbito nadie tendría la oportunidad de morir en paz, sin dolor, sin ansiedad, sin sufrimiento y no nos podrían acompañar a tener una muerte digna”. Es algo inexplicable para mí poder estar al lado de personas que en los últimos días de su vida todavía tienen una sonrisa, una mirada, un “gracias” cuando ya no les quedan fuerzas.

 Era un domingo lluvioso de mayo. Me tocaba trabajar, así que cogí el coche y me fui para el hospital. Me esperaba una jornada de catorce horas. Cuando llegué, mi compañero de la noche me pasó el parte. Todos los pacientes tenían las necesidades básicas cubiertas, así que pensé que iba a ser una noche tranquila. De pronto, aquellos gritos me hicieron pensar que alguna cosa estaba pasando. Uno de los timbres no dejaba de sonar. Miramos de una punta a la otra del pasillo pero no acabábamos de ver quién nos necesitaba.

 Fueron sus gritos los que nos hicieron ver que era la habitación 208 la que nos estaba llamando. Se trataba de Manuela, una señora de 78 años con una neoplasia de pulmón y antecedentes de esquizofrenia. Tenía un hijo casado y un nieto. Había ingresado por control de síntomas. Portadora de oxígeno con mascarilla, todavía iba comiendo alguna cosilla.

Cuando entré en la habitación observé a Manuela sola y estirada en la cama con la cabecera muy incorporada. Se había quitado el oxígeno. Hacía mucha fuerza para respirar y podía ver claramente cómo se le hundían las costillas. Le recoloqué el oxígeno quedándose más tranquila. Poco a poco podía ver cómo sus manos y sus labios abandonaban el color cianótico.

El triste día no nos ayudaba mucho. Era un día frío, las gotas de la lluvia resbalaban por los cristales de la habitación pero, así y todo, tenía el aire acondicionado puesto a toda marcha porque decía que la mejoraba. Le pregunté qué necesitaba, qué era lo que le llevaba a tal ansiedad y le hacía empeorar su disnea. Estaba esperando a su hijo y a su nuera.

Cuando le dije que después me volvería a pasar, sus palabras fueron las siguientes: por favor, no me dejes sola, me estoy muriendo. Se me partía el alma cuando escuchaba esas palabras, pero no me podía quedar allí, el resto de pacientes también me necesitaban.

Cada vez que la luz roja se iluminaba encima del número 208, mi corazón latía intensamente; me causaba ansiedad saber que me necesitaba. Sabía que solamente con cogerle la mano quedaba más tranquila, incluso controlaba su disnea.

Tuve un momento y fui a verla. Al entrar pude ver que tenía un trozo de cartón en sus manos con el que se abanicaba y así mejoraba su ahogo, era lo único que le ayudaba, ya que el oxígeno se lo quitaba continuamente, la ansiedad no le permitía llevarlo mucho tiempo puesto.

Al poco tiempo volvía a escuchar: “¡enfermera, enfermera!”. Su estado no le dejaba articular muchas palabras, pero cuando entraba en la habitación aquellos ojos tristes de miedo y de sensación de muerte inminente lo decían todo. Había momentos que me podía quedar con ella, estaba más tranquila pero se hacía corto, enseguida me llamaban de otra habitación.

Ella pedía que, por favor, la cambiásemos de habitación, que quería estar cerca de nosotros. Tenía razón, su habitación era la última del pasillo a la derecha. Se encontraba justo al lado de la puerta donde familiares y pacientes salían y entraban continuamente hablando y haciendo ruido. La luz de sus ojos reflejaba el miedo y el descontrol que le provocaba todo esto. Pero era imposible, no teníamos ninguna cama disponible. La sala estaba llena.

 Necesitó administración de medicación pautada. Al instante, se veía cómo sus ojos se iban cerrando de cansancio, pero ella no quería. Manuela no se quería quedar dormida, quería ver a su hijo. Manuela quería comer para poder tomarse aquellas pastillas en las que siempre había confiado tanto. Así fue, se tomó la medicación y comió un poco.

 Mis ojos no dejaron de mirar la puerta de entrada ni un segundo pero no vi llegar al hijo de Manuela durante las catorce horas de mi jornada laboral. Su luz se apagaba, su hijo sin venir y yo tenía que marcharme, mi turno se había acabado.

Al día siguiente no llevaba los mismos pacientes, pero lo primero que hice al llegar a la sala fue preguntar si había venido el hijo de Manuela y no, no había venido, pero ella estaba tranquila. Estaba en la etapa de agonía pero tranquila. Al día siguiente murió sola. Me pregunté: ¿es dura la muerte?, ¿y morir solo?

Para finalizar quiero dar las gracias a todo el equipo y a cada uno de los pacientes que han pasado por la unidad. Son ellos los que me han hecho valorar mi profesión y cada segundo de mi vida.

Fuente de consulta: Rodríguez Sánchez E. Por favor, no me dejéis sola. Metas de Enferm feb 2013; 16(1): 73-74

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