Abordaje enfermero de la transexualidad: educación y acompañamiento contra los prejuicios

Lunes, 1 de abril de 2019

“Una vez realizado un análisis en profundidad de la situación de cada uno y su contexto familiar y social, la principal labor enfermera ante la transexualidad se basa en dos puntos: el acompañamiento a la persona y su entorno más cercano y la educación, desde el ámbito comunitario, de una ciudadanía abierta a la diversidad”, explican las doctoras María Teresa Argüello y María Teresa González, del Departamento de Enfermería de la Universidad Autónoma de Madrid. Desde la perspectiva profesional, explican ambas, existe poca evidencia sobre el cuidado de pacientes en esta situación.

Ayer, 31 de marzo, se celebró el Día Internacional de la Visibilidad Transgénero, y, por ello, una vez establecidos estos factores, ¿cuál es la forma más adecuada de abordar estas circunstancias? ¿Cómo dan respuesta los profesionales enfermeros a las necesidades de este tipo de pacientes?

Transexualidad: distinguir entre género y sexo

“Es fundamental diferenciar estos dos conceptos, ya que tradicionalmente se ha pensado que, en una persona, ambos términos son coincidentes, pero desde un enfoque social y humano esto no siempre es así”, aclaran Argüello y González. El sexo está considerado como un dato biológico, mientras que el género tiene unas connotaciones socioculturales relacionadas con el sexo, es decir, que va a depender de las normas y valores que cada grupo humano atribuya a un sexo. En este sentido, “existen, en la literatura científica, muchas definiciones de transexualidad, distintas según el lugar de procedencia”. Así, teniendo en cuenta todas estas perspectivas, y desde la condición de enfermeras, pedagogas y antropólogas de estas dos investigadoras, ambas han podido concluir que es “una experiencia o condición humana en la que la persona se siente identificada con un determinado sexo que resulta culturalmente incongruente con su sexo biológico”.

Por ello, destacan, la identidad de género es la idea que se tiene de uno mismo como ser sexual, emocional y relacional, independientemente del sexo biológico y de la identidad sexual. “Se conforma de forma intimista, según se siente y percibe cada uno desde su propio cuerpo, y el modo en que uno advierte la necesidad de abrirse e interaccionar con el entorno”. Se ha de entender, enfatizan, que hay tantas identidades sexuales como personas, “más allá de taxonomías culturalmente establecidas. Las identidades trans son parte de la maravillosa diversidad humana y no deben considerarse una patología, sino ser respetadas y acompañadas”.

Prejuicios relacionados con la transexualidad

Argüello y González afirman que la sociedad está experimentando evolución y avances en cuanto a los estereotipos relacionados con las personas en esta situación, y que se está consiguiendo, poco a poco, un espacio de apertura y respeto; por ejemplo, “las familias, en su gran mayoría, no solo no rechazan, sino que se constituyen como promotores del cambio, visibilizando y dando voz a sus hijos para reclamar recursos que, en muchas ocasiones, gestionan ellos mismos. Pero a pesar de ello, aún queda trabajo que hacer en este ámbito, ya que siguen existiendo “construcciones culturales estigmatizantes”.

En este sentido, estas enfermeras coinciden con Santi Anaya, autor de la novela Mi nombre es Violeta, cuya protagonista es una niña transexual. Anaya escribió su libro con el objetivo de “seguir dando a conocer la realidad, hasta hace no mucho tiempo bastante ignorada por el público en general, de los menores en esta situación, con la esperanza de conseguir que la gente empatice con ella”. En cuanto a los prejuicios, el autor comenta que radican en la falta de información, según su experiencia durante la escritura del libro, a lo largo de la que ha podido hablar con personas ajenas al tema y encontrarse opiniones basadas en el desconocimiento; como “gente que llega a afirmar que es una barbaridad apoyar a un niño o a una niña para que viva su transexualidad porque está convencida de que simplemente es una fase”. Este escritor afirma que la mejor herramienta para superar estos estereotipos es la educación, dado que la “que hemos recibido hasta ahora nos dice que estas personas no son ‘normales’, lo que tendría que cambiar. Habríamos de borrar esa expresión tan típica de que son niños o niñas que han nacido en un cuerpo equivocado, porque esta idea lleva rápidamente a pensar que tienen un problema. Y no es así”, concluye.

Por su parte, estas enfermeras argumentan que los profesionales sanitarios, y en particular los de Enfermería, tienen que reflexionar sobre sus propias creencias para poder acercarse al cuidado con una perspectiva de apertura y respeto. “Desde las aulas se debe invitar a los estudiantes a identificar sus ideas previas y considerar cómo influyen en el enfoque que se da a la atención”. Es necesario, insisten, fomentar actitudes compasivas y de compromiso, ya que el cuidado de los colectivos especialmente vulnerables es un reto que precisa de un conocimiento profundo de su realidad “que no esté teñido por nuestro mapa de creencias y prejuicios”. “Ante el rechazo, las enfermeras trabajan como personal de referencia, acercando la realidad de la transexualidad a la población gracias a la educación pero, sobre todo, dando ejemplo de tolerancia, de disposición, de ayuda y de aceptación. En definitiva, para generar entornos acogedores que permitan a las personas desarrollarse como desean”, explican.

La labor enfermera

Una vez establecidos los dos principales puntos de la atención enfermera, tras llevar a cabo un análisis concienzudo de cada persona, en este contexto (acompañamiento y educación), cabe destacar que el abordaje de estas situaciones depende, eminentemente, de las experiencias vitales de cada paciente en relación con su identidad de género y la aceptación y la expresión de dicha circunstancia en su entorno. “Las necesidades de estas personas varían en función de muchos condicionantes, como la conciencia que tengan de su realidad, la interpretación que den a la misma, los recursos de apoyo con los que cuenten, experiencias de aceptación o rechazo, de estigmatización y autoestigmatización…”, aclaran estas profesionales. “Cada persona es un ser único, y, en consecuencia, únicas son sus vivencias. El abordaje individualizado orientará las intervenciones enfermeras”.

En este sentido, Argüello y González subrayan que la complejidad de las intervenciones en transexualidad se corresponde con la biografía de las personas, no con la etapa vital por la que estén atravesando. Así, cuando el acompañamiento se lleva a cabo desde la infancia, la situación de los pacientes se caracteriza por una mayor “armonía, lo que favorece el desarrollo de una estructura de andamiaje que ayuda tanto al niño como a la familia en la consolidación de su identidad de género”. Por el contrario, se generan mayores complicaciones cuando las personas carecen de herramientas de apoyo y han tenido experiencias marcadas por la incomprensión, la soledad, el aislamiento y el sufrimiento; “es entonces cuando aparecen los problemas de salud tanto físicos como psicosocioemocionales y espirituales, que condicionan el bienestar y requieren intervenciones de cuidados complejos en el ámbito interdisciplinar”.

De esta forma, como las necesidades varían dependiendo de cada paciente, las intervenciones enfermeras se centran en el trabajo para establecer una relación de confianza que permita acceder a la experiencia de las personas y, así, conocer cuáles son sus requerimientos reales “siendo siempre respetuosos con los tiempos de toma de conciencia y de apertura que precise”. No obstante, indican, hay algunas respuestas humanas que pueden resultar comunes en función del momento de desarrollo, en caso de pacientes jóvenes o adultos. Se podría resaltar como prioritarias aquellas enmarcadas dentro de los patrones cognitivo y perceptivo, de autoestima y autoconcepto, de rol y relaciones y de afrontamiento y tolerancia al estrés. Con relación a dichas respuestas, los profesionales enfermeros pueden trabajar con intervenciones como la potenciación de la imagen corporal, de la socialización, de la conciencia de sí mismo, del desarrollo de la inteligencia emocional y de la resiliencia, con el apoyo emocional y en la toma de decisiones, en la enseñanza, durante el proceso de transición o, entre otras, fomento de la integridad familiar.

Estas enfermeras quieren poner de manifiesto que en los últimos años se ha producido una gran evolución en la atención a las personas transexuales, desde la legislación europea en la que se reconoce, por primera vez y de forma explícita, la discriminación contra estas personas y el deber de garantizar el proceso quirúrgico de reasignación de sexo mediante la asistencia sanitaria pública, hasta la creación de unidades de identidad de género en la red hospitalaria del Sistema Nacional de Salud, que abrió la posibilidad de orientar sus procesos y de acceso a recursos seguros de acompañamiento. “Poco a poco, la visibilidad de la realidad de la transexualidad y las necesidades de las personas para desarrollarse en la búsqueda de un bienestar integral han ido suponiendo la especialización de diferentes profesionales que, sin embargo, a veces ejercen de forma poco cohesionada. En respuesta a esta limitación, la Enfermería ha de desempeñar un papel clave en la gestión de casos, con una visión global de la experiencia de los pacientes, a los que debe dotar de los recursos que necesite coordinando a los diferentes profesionales”, concluyen.

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