Cuidados enfermeros ante la violencia de proximidad: atención a la vulnerabilidad en las personas migrantes

Jueves, 25 de julio de 2019

“Los procesos migratorios, en algunas situaciones, son elegidos por las personas que los realizan; en otras muchas, se ven obligadas a emprenderlos por diversas causas, ya sean conflictos armados, sociales o políticos, situación de maltrato o, por ejemplo, la búsqueda de una vida mejor”, señala Gema Berrios, directora de Enfermería del Hospital Alto Guadalquivir de Andújar, en Jaén. “Esta coyuntura las hace vulnerables, hasta tal punto que los propios migrantes aceptan que la violencia que viven en dichos procesos es algo que deben pasar para llegar a su destino. Esto hace que esta situación se oculte por parte de quien la sufre, de quien la ejerce y de quien la contempla”.

Este tipo de violencia, denominada de proximidad, es frecuente en el ámbito de los movimientos migratorios, aunque “puede darse en cualquier circunstancia”. Sus víctimas son personas vulnerables que “confían en alguien allegado, con quien les une una relación de dependencia, afectiva o de otra clase”. Una vez establecidas estas bases, cabe preguntarse, ¿qué es exactamente? ¿Cómo afecta a las personas que la padecen?

Violencia de proximidad: las necesidades de los afectados

Berrios también es referente de la Agencia Sanitaria Alto Guadalquivir del Proyecto PROVIDE, un programa coordinado en España por la profesora Belén Agrela, de la Universidad de Jaén, con la participación de la Asociación por el Empleo y la Integración Social, que tiene como objetivo “combatir las circunstancias que sufren las personas refugiadas y solicitantes de asilo en los procesos migratorios”.

“La de proximidad es cualquier tipo de violencia que sufre una persona en contextos de cercanía; de ahí que medien mucho las dimensiones emocionales y afectivas a la hora de ejercerla”, explica esta enfermera. El término, aplicado a los migrantes, abarca muchas categorías de violencia. En general, física, como quemaduras, patadas, agresiones, amenazas o coacciones, u ocurre que “las personas no encuentran relación entre las expectativas que tenían y la realidad”; sexual, en forma de coacción para mantener relaciones, trata con fines de explotación o “sexo como forma de pago para continuar con el proceso”; social, a través del aislamiento, el control exhaustivo por parte de los tratantes, la separación de la familia o el grupo, etc.; prenatal, dado que “la situación vital de la madre puede afectar al feto”; institucional, debida a que “viven en malas condiciones durante el trayecto, no tienen acceso a cubrir sus necesidades básicas, como higiene, salud, alimentación, ropa…”; corrupción, explotación o, entre otras, mendicidad. “Todos estos tipos tienen consecuencias en la salud de estas personas”, concluye.

Aunque la violencia de proximidad engloba a todas las personas migrantes, existen ciertos colectivos especialmente indefensos. Los menores extranjeros no acompañados, por ejemplo, están más desprotegidos, según palabras de Berrios, “más desposeídos de derechos”; además, los niños o niñas, “simplemente por serlo, van a presentar más riesgo de ser captados por mercados de personas, de servicios, sexuales…”. Las mujeres, de esta forma, “por la construcción de género existente, son más vulnerables”; muchas de ellas, explica, salen de su país para poder ayudar a la familia, puesto que asumen las tareas de cuidado familiar, tanto emocional como económico, lo que implica el mantenimiento de los hogares, también en la distancia (“las cargas familiares siguen presentes en las migraciones y condicionan la toma de decisiones y, sobre todo, las estrategias de supervivencia y los peajes, de ahí la tolerancia a la violencia que padecen”). Las personas con diversidad funcional tienen, asimismo, “otra manera de gestionar las situaciones a las que a diario se enfrentan, lo que se agrava en el tránsito”, y requieren, por tanto, los apoyos necesarios para igualar las oportunidades. Y los grupos LGTB, por otro lado, pueden entrar en redes de comercio y explotación sexuales, lo que se sitúa como la raíz “de muchas de las discriminaciones y violencia, puesto que en determinados países por los que se realizan los caminos su condición sexual les puede llevar a la cárcel”.

Las necesidades que desarrollan las víctimas varían en función del tipo de violencia de proximidad que hayan sufrido, tanto en el origen como el destino y durante el recorrido, ya que, dependiendo de la categoría, van a tener unas consecuencias determinadas en su salud, “que aparentemente no tienen relación con la primera causa”. Así, si la violencia ha sido física, los afectados pueden padecer depresión, ansiedad, crisis de pánico, agotamiento psíquico o hipervigilancia, señala esta enfermera; en caso de que se haya manifestado en el plano psicológico, puede generar cefalea, cervicalgia, dolor crónico generalizado, molestias pélvicas o gastrointestinales, entre otras consecuencias; con respecto a la sexual, deriva en vaginismo, lesiones, heridas, desgarros perineales, dismenorrea, infecciones de orina y de transmisión sexual o mastalgias; en cuanto a la social, puede acarrear aislamiento y dificultad para entablar relaciones sociales, desconfianza y agresividad hacia los demás o autolesiones e intento de suicidio.

Intervenciones enfermeras

“Si la violencia es compleja y multidimensional, el afrontamiento de la misma requiere de un trabajo en equipo para poder abordar todos sus aspectos”, comienza Berrios. Los profesionales enfermeros tienen un papel decisivo en este campo, ya que “somos los más cercanos, por encontrarnos, como se dice, a pie de cama”. La asistencia biopsicosocial enfermera permite tener un concepto mucho más amplio de lo que les ocurre a las personas migrantes. “Las enfermedades tienen lugar en sujetos concretos, en contextos particulares y en situaciones sociales, lo que da lugar a una necesaria mirada global y particular en cada uno. No todos viven y presentan estados de salud de la misma manera, por lo que nosotros no solo damos solución al problema, sino que buscamos la causa y trabajamos con ella”, destaca.

Los procedimientos en los que se basa la actuación del personal de Enfermería son la detección precoz, la atención integral, la intervención inmediata y la coordinación institucional, y para llevar a cabo estas actuaciones se deben conocer las técnicas que las van a permitir, subraya. “Podremos realizar la identificación temprana si hacemos una clasificación en la zona de recepción y acogida, buscando indicadores de sospecha de violencia de proximidad, prestando especial atención a las personas más vulnerables en la búsqueda de signos, síntomas, actitudes, comportamientos e indicadores centinela”; esta primera atención se da en un espacio que garantice su intimidad, confidencialidad, seguridad y protección.

La entrevista clínica, por otra parte, “es la herramienta más eficaz para visibilizar el maltrato, siempre que la realicemos en un entorno tranquilo, evitando las interrupciones, con una actitud empática que facilite la expresión de sentimientos y la comunicación, con escucha activa y reflexiva, ayudando a la víctima a pensar, ordenar ideas y tomar decisiones”. Se han de examinar las creencias educacionales, culturales y religiosas que puedan enmascarar abusos, continúa esta enfermera, que no son considerados como tal por la persona afectada, así como la situación de origen, tránsito y llegada, y las expectativas. “Si en cualquier momento de la entrevista el paciente se siente incómodo o da muestras de resistencia a contestar, hay que respetar su decisión y concluir para retomar el trabajo en otro momento; es importante registrar todo en la historia clínica para dejar constancia de la información, de modo que el resto del equipo pueda acceder fácilmente a ella y se tenga en cuenta la esfera biopsicosocial”. “Cuando te sensibilizas en un ámbito concreto, eres capaz de conocer los grupos más vulnerables y detectar muchos más casos, puesto que reconoces los signos de sospecha”, concluye.

Concienciación de los profesionales

“Mi labor principal es la de sensibilización de mis compañeros y la colaboración local con las distintas comisiones existentes, tanto en mi centro como en la ciudad donde trabajo”. La atención a estas personas, señala, va a estar muy condicionada por los conocimientos del profesional que las acoge, si no tiene nociones de cómo vive o interpreta su cultura o si, por ejemplo, no se domina el idioma o no se cuenta con un traductor. De la misma forma, en el resultado de la entrevista también influye el lugar desde el que se aborde, en función de si se lleva a cabo respetando la intimidad y los tiempos de la víctima. “Muchas veces, cuando llegan a nosotros no les dejamos que asimilen lo que les ha ocurrido. De forma precipitada, y frecuentemente desorganizada, les interrogamos acerca de cuestiones de las que estas personas ni siquiera son conscientes. Creo que el abordaje entre iguales también podría mejorar el resultado de la entrevista”.

“Por todas las posibles consecuencias no nos debemos centrar en el problema de salud exclusivamente. Las víctimas van a requerir, sobre todo, un trato humano en las acogidas, proporcionado por profesionales formados que vayan cubriendo las necesidades en cada momento”. Dichas necesidades cambiarán, por lo que el personal al cargo de los afectados ha de abordarlas favoreciendo un entorno seguro para los migrantes, canalizando lo ocurrido durante el tránsito, explica. “Además de una comprensión global del proceso migratorio y de sus condiciones, los profesionales pondrán de manifiesto la violencia para que no se ignore. Las víctimas precisan que se reconozcan sus derechos humanos y de protección”.

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