De España, Malta o Ghana a Afganistán: la historia de un enfermero aventurero

Martes, 12 de julio de 2022

por Natalia Hernández Manjón

Dicen que los niños tienen vínculos y lazos profundos con las abuelas maternas; dicen, incluso, que en algunas ocasiones heredan cierta carga genética de ellas y por eso pueden tener rasgos de carácter o físicos muy similares; la forma de ser, los gustos y el temperamento también pueden estar dentro de esa carga genética. En el caso de Ángel Valbuena Prats fueron muchas más cosas, es imposible entender dónde ha llegado, dónde se encuentra en la actualidad y su vínculo con la Enfermería vagando por tantos lugares, países, hospitales, servicios y equipos, sin explicar todos los retos a los que se enfrentó en la vida.

Él siempre se crió con su abuela, una persona generosa que colaboraba con Cruz Roja. Un día, después de venir de la guardería, se le cayeron unas cartas y Ángel al agacharse a recogerlas vio el logo del membrete y le llamó la atención. Ella le explicó que daba dinero para construir hospitales en países en África para los más necesitados y que amadrinaba niños para que pudieran ir a la escuela y tener ropa, comida y libros. Le abrió una de las cartas y le estuvo enseñando a una de las niñas, donde le contaba noticias sobre su familia, sus amigos y su escuela. Ese momento le marcó, ese y muchos otros; recuerdos de cuando su abuela le leía la Ilíada de Homero mientras merendaba, de cuando le explicaba la historia de España o veían en TVE a Curro Jiménez; esos recuerdos forjaron su persona. “Ella me dio la cultura. Si alguien busca al responsable de esta aventura que es mi vida puede pedirle cuentas a ella”, afirma.

Ángel Valbuena Prats
Ángel Valbuena Prats

El comienzo de una aventura

Cuando Ángel tenía 17 años no sabía hacia dónde dirigirse ni a qué dedicarse, no tenía vocación. Era el momento en el que la guerra de los Balcanes copaba todas las televisiones, mostrando imágenes duras de la guerra, cuando todo cambió. “Vi algo familiar, unos sanitarios sacaban a un herido de entre los escombros y se lo llevaban corriendo en una camilla lejos de allí. Ahí fue cuando despertó ese recuerdo con fuerza, vi el símbolo que lucían en sus petos y sus cascos, una cruz roja. Mi vocación acababa de despertar. Ayudar, aunque no sabía cómo. Era solo un joven que no sabía nada”, cuenta.

Se apuntó rápido a esta ONG pensando que en tan solo unos días estaría en Bosnia, pero no fue así. A pesar de ello, le animaron a lograr su objetivo por otro camino. “Me apuntó a socorro y emergencias, me proporcionó una formación, me animó a terminar mis estudios, que eran calamitosos, y me abrió las puertas al servicio a los demás. Cuidaría de personas que igualmente sufrían, que no se sentían bien o tenían carencias, pero en la puerta de mi casa. Así empecé mi carrera sanitaria”, relata.

Ángel acabó siendo técnico de emergencias en el SUMMA 112 y once años después quiso presentarse a la prueba de acceso de mayores a la universidad. Aprobó, pero ¿qué estudiaría? “No sabía nada de profesiones, solo sabía que quería cuidar y que mi vida se vio influenciada por tres vocaciones familiares: la historia, el ejército y la Enfermería, como mi madre. No fue fácil, pensé que elegir una carrera sería cerrar el camino a las posibilidades. Descarté el ejército porque, pese a que puedo soportar que me hagan daño o arriesgar mi vida por la de otros, no deseo verme en la situación en la que yo, en el cumplimiento del deber, dañe a un ser humano. Puedo recibir una bala, pero dispararla… Amo la historia pero no puedo ayudar a otros que sufren con ella. Así que, por descarte, comencé Enfermería”.

Pasando por diferentes trabajos

Cuando terminó la carrera la crisis golpeó con fuerza. “Me quedé sin trabajo y solo. Los trabajos que me ofrecían traspasaban el umbral de lo indigno y delictivo hacia los profesionales y los pacientes. Decidí trabajar en restaurantes antes que colaborar con ese perjuicio a los más necesitados”. Fue entonces cuando se planteó cumplir la promesa que le hizo a su abuela: ir a África a construir un hospital o al menos a ayudar en uno. Así comenzó su aventura y viaje por diferentes países.

Comenzó en Ghana, donde ayudó a levantar una pequeña clínica de maternidad. “Fue una magnífica experiencia. Aprendí el trabajo de matrona e invertí mis ahorros en comprar medicinas, construir una biblioteca para el colegio de la tribu, pozos de agua y una máquina de ultrasonidos para la matrona”, cuenta Ángel mientras afirma que nunca antes había sentido tanta paz.

“Parecía que no tenía nada pero lo tenía todo. Ahí tomé una decisión importante, no volvería a España; me iría al extranjero y desarrollaría la Enfermería, viviría de ella, disfrutaría de ella y, sobre todo, trataría de aprender todo de ella”. Después de ahorrar un poco y mejorar su inglés, consiguió una oferta de trabajo en Oxford. El amor llamó a su puerta, se enamoró y formó una familia con una enfermera. Después de varios años quisieron volver a cambiar y buscaron nuevo destino, pero sabían que volver a España no podía ser una opción por la crisis. Después de España, África y Oxford, el siguiente destino de Ángel sería Malta, un lugar cálido, con comida saludable, bonito y con posibilidades laborales.

Ángel Valbuena acabó yéndose a Oriente Medio y quedó atrapado cuando comenzó la pandemia.
Ángel Valbuena acabó yéndose a Oriente Medio y quedó atrapado cuando comenzó la pandemia.

Enseguida encontraron trabajo, todo iba sobre ruedas pero después de seis años y medio seguidos fuera, la vuelta a España se hacía necesaria, al menos de manera temporal; sin embargo, se encontró de nuevo con la precariedad y el desencanto: “Fue una sorpresa, el mismo día que activé la bolsa de empleo ya recibí una oferta para trabajar. Lo malo fue la precariedad y la falta de la que pecan las bolsas de empleo en España, que no valoran el talento. El resultado fue la firma de 17 contratos en año y medio en servicios que nada tenían que ver los unos con los otros, y una pérdida de poder adquisitivo y de estabilidad muy importante”, explica.

Ese desencanto le llevó de vuelta a sus inicios, a aquellas dudas por elegir la carrera, por saber elegir qué trabajo quería cuando aquel membrete rojo despertó su vocación por ayudar a los demás y así, desligándose de manera temporal de la Enfermería, decidió volver a la universidad a estudiar Antropología. Acabó dedicándose a ello a la vez que lo compaginaba con la Enfermería en Guinea Ecuatorial.

El viaje a Turquía

Ángel volvió a salir de la zona de confort. Se fue lejos, a Oriente Medio, pero en esos momentos acechaba una pandemia y acabó atrapado, sin salida. “Estaba atrapado en Turquía y los aviones estaban cancelados. Recibí una llamada del Hospital Gregorio Marañón para incorporarme de manera inmediata por la COVID-19, pero no podía moverme. En menos de una hora compré un billete en el último avión que salía a España de ese aeropuerto, pero lo cancelaron. No veía salida. Buscando, conseguí encontrar otro aeropuerto. Así que abandoné mis maletas para soltar lastre y me metí en el primer autobús que vi. Al día siguiente ya estaba trabajando en una UCI del Gregorio Marañón”.

Ayudar en África, en España a pacientes con COVID-19 o en cualquier parte del mundo, su vocación no iba a desaparecer. Ha pasado por momentos muy duros de trabajo, por contratos indignos. Ha visto injusticias, pobreza y miedo pero nunca ha tirado la toalla: “estaba agotado y sin fuer zas, pero hay que seguir con lo que se tiene”. Después de todo esto, alguien contactó con Ángel Valbuena, alguien que le ofreció ayudar en un conflicto internacional. Voló a Afganistán, donde aún permanece en la actualidad. Después de vagar por tantos lugares, países, servicios, hospitales y equipos, tiene un trabajo que le llena, que cumple con la vocación que nació el día que su abuela le enseñó unas cartas y donde cada día tiende la mano a personas que sufren, como aquellas que veía hace tantos años en la televisión. ¿Qué le deparará el destino?

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