Descubriendo otro mundo

Miércoles, 3 de abril de 2019

Gran parte de los enfermeros que nos dedicamos a la práctica asistencial estamos acostumbrados a realizar nuestro trabajo en hospitales, siendo requeridos para ocupar puestos en plantas o servicios donde el trato con el paciente suele ser similar. Pero no todo en esta profesión es lo habitual y hay algunas parcelas todavía ocultas para muchos de nosotros.

Para mí el inicio de ese descubrimiento y posterior aprendizaje comenzó el pasado verano, cuando a través de una bolsa de contratación pública fui llamada para trabajar en un Centro de Rehabilitación Psicosocial en su unidad de media estancia. Tras aceptar ese nuevo reto la incertidumbre se apoderó de mí pues, aunque había tenido algún que otro contrato en diferentes servicios de hospitalización, intuía que el nuevo centro al que debía acudir a cubrir una baja debía reunir unas características especiales y también, por supuesto, los huéspedes que en él habitaban.

El día que visité mi nuevo lugar de trabajo fui recibida por la supervisora de Enfermería, la cual me presentó a los que iban a ser mis compañeros durante una temporada. Posteriormente, me llevó a conocer el entorno y las instalaciones, las cuales me parecieron un tanto peculiares, siendo ahí donde confirmé mis sospechas y me di cuenta de que aquello era muy distinto a mis anteriores experiencias, incluso el control de enfermería y su infraestructura.

Volví a casa algo desconcertada, ya que esa forma de trabajo era completamente desconocida para mí y, además, debía ocupar un puesto de enfermera con especialidad de salud mental y yo era una enfermera generalista. ¿Cómo podía afrontar aquello?

Al día siguiente me presenté a trabajar con gran inquietud porque no estaba segura de si iba a poder habituarme a los pacientes y a sus patologías, pero gracias a la ayuda de los profesionales que esa tarde estaban trabajando conmigo, logré acabar el turno con éxito e incluso de manera optimista, deseando volver el próximo día para alimentar esa curiosidad que se acababa de generar en mi interior.

No fue fácil cambiar el método de trabajo ni tampoco indagar en un mundo poco conocido para mí, como era la salud mental, porque a lo largo de la formación que recibimos como enfermeros estudiamos algo de teoría acerca de estos pacientes, pero pocas veces la teoría se suele asemejar a la práctica, siendo la realidad bastante más amplia y diferente de lo que dicen los libros.

Iban pasando los días y yo me iba adaptando a las formas de trabajo del centro: actividades, rutinas, papeleo, etc., pero no era a eso a lo que me debía familiarizar sino a los pacientes que estaban ingresados en aquella institución. Eran personas que reunían unas singularidades que los hacían únicos, requiriendo unas atenciones individualizadas y exclusivas que poco tenían que ver con los típicos cuidados enfermeros que se proporcionan en un hospital.

Eran pacientes a los cuales en un principio no conocía y no sabía cómo tratar ni reconducir en ciertas situaciones que a veces eran límite, y en donde la actuación del personal ante según qué comportamientos era clave para evitar problemas mayores.

El papel de una enfermera de salud mental consiste en proporcionar psicoeducación, acompañamiento terapéutico y, sobre todo, hablar con ellos, desarrollando el trabajo de forma interdisciplinar, en donde la comunicación entre los profesionales del equipo es fundamental, escuchando todos los puntos de vista de forma enriquecedora y tomando decisiones desde una perspectiva mucho más amplia.

La manera de trabajar con los pacientes es algo que me acabó fascinando, porque convives con ellos y los acabas conociendo por completo e incluso cogiendo cariño, puesto que ellos confían en los profesionales de enfermería y depositan todos sus miedos, inquietudes y problemas en nosotros. Poco a poco me fui ganando su confianza y respeto, logrando ser un referente de ayuda para estas personas.

Mucha gente tiene olvidado el trabajo de los profesionales de la enfermería en salud mental, pero he de reconocer que es un pilar fundamental y que para ello hay que tener una serie de cualidades que yo fui descubriendo paulatinamente y sin las cuales en este entorno estarías perdido: paciencia, capacidad de escucha, empatía, tolerancia, etc., pero también: autoridad a la hora de tomar decisiones y rapidez en la manera de actuar ante determinadas conductas.

Aparte de descubrir en mí algunas aptitudes ocultas, gracias a esta experiencia he aprendido habilidades para aplicar a mi vida profesional: aumentar mi nivel de tolerancia, ser empática y analizar las emociones y sentimientos, observar el lenguaje no verbal y obtener gran información de su estado de ánimo y, sobre todo, ser cercana.

He de decir que las funciones de los profesionales de enfermería en un centro hospitalario nada tienen que ver con las de una enfermera en salud mental, por lo que desde mi punto de vista no son comparables. Todos los enfermeros a lo largo de nuestra vida laboral deberíamos pasar por algún centro de estas características para aprender a comunicarnos y adquirir una serie de destrezas.

Es verdad que los primeros días de trabajo fueron algo raros e incómodos porque tenía en mente ese estigma social que ronda en cuanto al mundo de la salud mental, pero hoy en día no puedo estar más agradecida de que el azar me eligiera a mí para vivir esta experiencia tan enriquecedora y haberme dado la oportunidad de descubrir una realidad que debería ser explorada por la gran mayoría de la sociedad.

Aguilar Bueno M. Descubriendo otro mundo. Metas Enferm feb 2019; 22(1):79-80

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Centro de Rehabilitación Psicosocial, enfermera, salud mental

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