Desde el corazón

Miércoles, 13 de abril de 2016

Una de las funciones más importantes de los profesionales de la Enfermería es acompañar al paciente y su familia durante todo el proceso en el que está ingresado, atendiendo a todas sus necesidades. Sin embargo, hay momentos en los que el proceso de estos pacientes conlleva situaciones emocionalmente muy duras para nosotros, no solo como profesionales, sino también como personas. Un reflejo de una de estas situaciones fue el ingreso de un paciente joven en la Unidad Coronaria, que vivió el proceso de un trasplante cardiaco.

José era un paciente de 41 años con insuficiencia cardiaca descompensada desde hacía aproximadamente un año. Había tenido ya varios ingresos, pero parecía ser que la enfermedad había progresado rápidamente y su corazón estaba muy débil. Vinieron a visitarle los médicos de la Unidad Coronaria y salieron con unas órdenes médicas eternas. Empezaba la carrera, había llegado el momento de hablar del trasplante cardiaco.

Estuve toda la semana ocupándome de él. La verdad es que era un paciente excelente, colaborador, amable y agradable; de hecho, podría entender un poco su mal humor debido a su estado, pero él nunca perdía la sonrisa. Encontrábamos siempre momentos para charlar, sobre todo cuando entrábamos a acomodarle en los diferentes turnos. Ese tiempo se lo dedicamos solo a los pacientes y se establece un contacto paciente-enfermera muy bonito.

Era conductor de autobuses, tenía dos niños de 4 y 7 años y explicaba con pena que casi no les había visto crecer, trabajando siempre. Pero ahora tenía esperanzas de que estando de baja, podría estar más tiempo con ellos.

Yo le asentía y le escuchaba interesada. Siempre he pensado que cuando ingresan en la Unidad Coronaria además de curar su enfermedad hacen una reflexión de toda su vida: lo que han hecho, lo que no, lo que deberían haber hecho, etc. ¡Son tantas horas en la misma posición, solos, reflexionando!

Pasada la primera semana la mujer vino a hablar con nosotras: los hijos empezaban a echar de menos a su padre y deseaban verlo. Nuestra unidad es un servicio con horario estricto de visitas donde no está permitida la entrada de menores, pero no pudimos decirle que no. Cuando entraron los niños, se emocionaron al ver a su padre. Dos semanas después José empeoró y le tuvieron que poner una asistencia al corazón y entró en lista de emergencia (una lista preferente para el trasplante). A medida que avanzaba la semana no parecía él: empezaba a estar hinchado y débil. No se encontraba bien y sus esperanzas que empezaron con tantas ganas iban desvaneciéndose. Viendo cómo iban pasando los días, su estado iba empeorando y el corazón no llegaba. José nos sonreía, pero su cara denotaba preocupación y no tenía ganas de hablar. Yo le decía que estuviera tranquilo, que tenía derecho a estar así, y cuando quisiera o necesitase hablar solo tenía que avisarme.

En los momentos de hacerle la higiene e hidratación tenía más ganas de hablar y me refería cómo se sentía: impotencia y miedo. Yo le expliqué que los inicios serían duros, pero luego podría hacer vida normal (cuando le veía, recordaba un caso similar de hace años de otro paciente, que ahora veo a menudo cuando viene a hacerse sus controles y nos viene a saludar, tan feliz, fue un paciente que sufrió muchísimo). A la hora de las visitas entró su mujer y parecía tener el mismo estado de ánimo que él, su cara empezaba a denotar el cansancio de meses ingresado, presión y tristeza. Cuando salió de la habitación me la crucé y rompió a llorar abrazándome, estaba cansada, pero debía aguantar delante de José. Yo no pude evitar que se me nublase la vista, pocas veces puedo evitarlo cuando tengo estas situaciones delante.   Cada vez estaba más débil, no podía moverse a penas, ni tenía hambre, los médicos empezaban a estar preocupados ya que el dispositivo de asistencia no podía estar muchos más días puesto en el paciente y debería ser retirado en poco tiempo. No podía ser, nos negábamos a pensar que José sería de esas personas que moriría esperando su corazón, no se lo merecía, merecía que fuera bien.

Una tarde, mientras estábamos trabajando nos llegó la noticia, ¡hay un corazón para José! Creo que no quedó nadie en toda la unidad que no se emocionara. Fue tan bonito, tanta esperanza e ilusión. Además, ese día estaban sus hijos y estaban tan felices. Cuando vi al niño le dije: por fin tu papá se va a poner bueno. Y me contestó: podremos ir a pescar. Qué bonito, este niño solo quería compartir momentos con su padre, no pedía grandes cosas. Esa misma tarde bajaron a José a quirófano a luchar entre la vida y la muerte para iniciar una nueva vida. La verdad es que llegaba muy justo y había estado a punto de consumirse, pero por fin había tenido la oportunidad que tanto se merecía.

Al día siguiente nada más llegar todos hicimos la misma pregunta: ¿cómo le ha ido a José? Ninguno de nosotros quisimos escuchar el tono preocupante de la frase del doctor, cuando nos dijo que había sido difícil y no se sabía si José podría salir adelante. Cuando bajé a Cuidados Intensivos a ver a José, un escalofrío atravesó todo mi cuerpo: no parecía él. Al verme, sus ojos denotaron alegría, pero no tenía fuerza, le pregunté si se acordaba de mí, asintió, sonrió y me dijo que se dormía continuamente. Y fue así, quedó dormido en cuestión de segundos. Ahora, reflexionando, sé que él sabía que no había ido bien. Un mes después le trasladaron a la unidad coronaria y le recibimos todos con todo nuestro cariño. Pese al tiempo transcurrido seguía inflado, sin poder mover el cuerpo y aún llevaba al menos diez medicamentos en perfusión. La familia estaba muy preocupada e intentaba encontrar momentos para hablar con nosotros sin que les oyera José. Intentábamos darle ánimos y esperanza, pero yo no dejaba de sentirme mal, les dimos tantas esperanzas con el trasplante y no fue lo que esperábamos, que ahora, ¿cómo íbamos a decirle que todo iría bien?

Dos meses después del trasplante sabíamos que el momento estaba al llegar y aunque todo nuestro turno de tarde habíamos deseado que no nos tocara vivirlo, nos tocó. José murió por la tarde, fue tan triste para toda la unidad que aún me estremezco cuando lo recuerdo. No pude despedirme de la mujer ni entrar a ver a José, quizás debería haberlo hecho. Mientras tanto, acabando de explicar su historia sigo escuchando la frase: ¡Qué bien podremos ir a pescar!

Una de las funciones más duras de los profesionales de la Enfermería es acompañar a las familias o a los pacientes cuando hay problemas serios y se enfrentan a la preocupación o a la muerte. ¿Cuántas otras profesiones ven morir a la gente o ven el miedo y el sufrimiento de las familias? Son situaciones que con los años vas aprendiendo a sobrellevar, no sin dificultad, ya que cada uno es diferente, y por suerte no se dan todos los días. Yo voy consiguiendo controlar mis emociones y estar al lado del paciente y de la familia en esos momentos, pero aún no he conseguido, en según qué casos, que no se me nuble la vista y me tiemble la voz.

A la semana ingresó Aurora, también en estado crítico y pendiente de un trasplante de corazón: la cuidamos y apoyamos, pero nadie le dijimos lo bien que podía estar en pocos días y recuperar su vida normal rápidamente, que era lo que ella quería oír. Le expliqué que era un proceso difícil y duro, que tenía que tener paciencia y que si todo iba bien ganaría en calidad de vida. Fue un discurso que me recordaba totalmente a los que hacían nuestros compañeros médicos y enfermeras más veteranas cuando nosotros les dábamos ilusiones y esperanza. Seguramente ellos también han vivido más de un José.

Calvo Barriuso E. Desde el corazón. Metas Enferm nov 2015; 18(9): 77-78

 

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