El duelo por una maternidad que no pudo serJueves, 13 de agosto de 2026 por Silvia López Criado Hay duelos que tienen nombre, rituales y una fecha que los sitúa en el tiempo. Sin embargo, hay otros que se viven casi a escondidas, porque cuesta incluso explicar qué se ha perdido. El duelo por la maternidad que no llega pertenece a esta segunda categoría. No se trata únicamente de despedirse de un hijo que no nació, sino también de una idea de familia, de un futuro imaginado y de una parte de la identidad que muchas mujeres habían construido alrededor de la maternidad. Gloria Labay Rodríguez conoce esa realidad desde dos lugares distintos, pero inseparables: el de matrona, que durante años ha acompañado embarazos y nacimientos, y el de mujer que, después de años de búsqueda, tratamientos de reproducción asistida y pérdidas gestacionales, tuvo que asumir que no sería madre. En 2018 creó La Vida Sin Hijos para acompañar a otras mujeres que atravesaban experiencias similares y ahora recoge buena parte de ese recorrido en Ser sin ser madre (Lunwerg, 2026). Hablamos con ella sobre el duelo reproductivo, el silencio que todavía lo rodea y la difícil pregunta que queda cuando la vida que habíamos imaginado ya no es posible. Gloria Labay Rodríguez Ser sin ser madre Pregunta.- Recientemente has publicado el libro Ser sin ser madre, donde abordas el duelo de la no maternidad. El título ya plantea una pregunta relevante: ¿quién soy si no soy madre? ¿Qué te llevó a escribir un libro con esta temática? Respuesta.- El libro nace de la unión de dos experiencias que durante muchos años convivieron en mí: la de la matrona que acompañaba embarazos, partos y maternidades, y la de la mujer que deseaba profundamente ser madre y no pudo serlo. Después de seis años de búsqueda, tratamientos de reproducción asistida, pérdidas gestacionales y un proceso de adopción que tampoco llegó a buen término, tuve que enfrentarme a una pregunta que iba mucho más allá de renunciar a tener un hijo: ¿quién soy si no voy a ser madre? Con el tiempo descubrí que esa pregunta no era solo mía. En 2018 fundé La Vida Sin Hijos y empecé a escuchar las historias de muchas otras mujeres. Historias diferentes, pero atravesadas por emociones muy parecidas: dolor, culpa, vergüenza, sensación de fracaso, incomprensión y, también, la necesidad de reconstruirse. El libro nace de esa doble mirada, personal y profesional, y del deseo de poner palabras a una experiencia que sigue estando muy poco representada. P. Hablas de una experiencia que muchas mujeres viven en silencio. ¿Por qué crees que cuesta tanto poner palabras a la no maternidad? R. Porque seguimos viviendo en una sociedad profundamente pronatalista, en la que todavía existe la expectativa de que la maternidad forma parte del recorrido natural de una mujer. Desde pequeñas recibimos mensajes sobre cuándo seremos madres, cuántos hijos tendremos o cómo será nuestra futura familia. Cuando eso no sucede, no solo se pierde un proyecto personal: muchas mujeres sienten que se han quedado fuera de un relato social al que pensaban que pertenecían. Además, la infertilidad continúa rodeada de silencio. Se habla mucho más de los tratamientos reproductivos que de lo que sucede cuando esos tratamientos no funcionan o cuando llega el momento de dejar de intentarlo. Nos falta un relato sobre el después. Sabemos contar la búsqueda de la maternidad, pero todavía nos cuesta contar una vida que continúa cuando la maternidad no llega. Duelo por la maternidad que no pudo ser P. ¿Qué tiene de particular el duelo por una maternidad que no pudo ser? R. Que se hace duelo por alguien que no llegó a existir, pero que tuvo una enorme existencia psíquica y emocional. No lloramos únicamente a un hijo que no llegó. Lloramos también una identidad imaginada, una determinada idea de familia, experiencias que pensábamos vivir, una relación futura, incluso una versión de nosotras mismas. Es un duelo por un futuro imaginado. Y precisamente porque no siempre existe un cuerpo, una fecha concreta o un ritual que marque la pérdida, puede resultar difícil tanto para quien lo vive como para el entorno comprender su profundidad. P. ¿Qué ocurre cuando ese duelo no es reconocido por el entorno? ¿Existe una especie de “duelo invisible” que la sociedad todavía no sabe acompañar? R. Sí. En duelo hablamos de duelo desautorizado cuando una pérdida no recibe el reconocimiento social que necesita. En la no maternidad sucede con frecuencia. Aparecen frases como “puedes adoptar”, “al menos tienes pareja”, “puedes viajar”, “tienes más libertad” o incluso “quizá fue lo mejor”. Normalmente se dicen intentando consolar, pero pueden producir el efecto contrario: hacer sentir a la mujer que su dolor es exagerado o que debería superarlo rápidamente. Cuando el entorno no reconoce una pérdida, la persona tiene que hacer un doble trabajo: elaborar el duelo y, al mismo tiempo, justificar que tiene derecho a sentirlo. A veces acompañar significa algo mucho más sencillo: no intentar solucionar el dolor, sino ser capaces de permanecer junto a la persona que lo está viviendo. El papel de la matrona P. Como matrona has acompañado a muchas mujeres durante sus embarazos y maternidades. ¿Crees que los profesionales sanitarios están preparados para acompañar adecuadamente a las mujeres que no logran ser madres? R. Creo que hemos avanzado mucho en reproducción asistida, pero bastante menos en acompañar lo que sucede cuando la reproducción asistida no consigue su objetivo. Como profesionales sanitarios estamos muy formados para intentar conseguir un embarazo y para acompañar el embarazo cuando llega. Sin embargo, tenemos menos herramientas para acompañar el momento en que una mujer decide (o se ve obligada) a dejar de intentarlo. Y ese momento también forma parte de la salud sexual y reproductiva. Necesitamos incorporar el duelo reproductivo a nuestra formación, mejorar nuestras habilidades de comunicación y, sobre todo, aprender a no convertir cada dificultad en algo que necesariamente tenemos que solucionar. A veces nuestra tarea profesional no consiste en conseguir que algo ocurra, sino en acompañar con respeto cuando ya sabemos que no ocurrirá. P. Desde tu experiencia como terapeuta de duelo, ¿qué necesita una mujer para poder transitar este tipo de duelo? R. En primer lugar, necesita permiso para sentir. Permiso para estar triste, enfadada, sentir envidia, aislarse durante un tiempo o necesitar distancia de determinados espacios relacionados con la maternidad sin sentirse por ello una mala persona. También necesita tiempo. No existe un calendario para este duelo. Y necesita reconocimiento y comunidad. Encontrarse con otras mujeres que han vivido algo parecido puede ser profundamente reparador. Una de las frases que más he escuchado en los grupos que acompaño es “Pensaba que esto solo me pasaba a mí”. Finalmente, llegará el momento de volver a mirar hacia fuera y preguntarse: ¿qué quiero hacer con la vida que tengo? No para sustituir al hijo que no llegó, porque un proyecto, una pareja, un viaje o una profesión no sustituyen a un hijo. Se trata de descubrir que nuestra vida puede volver a tener significado aunque sea diferente de la que habíamos imaginado. Resiliencia, cómo reconstruir la vida tras una pérdida P. En el libro hablas de resiliencia. ¿Qué significa para ti reconstruir una vida después de aceptar que algo que deseabas profundamente no va a suceder? R. Para mí la resiliencia no significa salir indemne ni convertir necesariamente el sufrimiento en algo positivo. Significa integrar lo vivido dentro de nuestra historia sin permitir que esa pérdida determine todo lo que somos. Durante mucho tiempo pensé que aceptar que no sería madre significaba resignarme. Con los años comprendí que aceptar es otra cosa: es dejar de luchar contra una realidad que no puedo cambiar para empezar a decidir qué quiero hacer con la vida que sí tengo. La reconstrucción no ocurre de repente. Se va haciendo poco a poco: recuperando partes de una misma, descubriendo nuevos vínculos, intereses y proyectos y permitiéndose volver a sentir ilusión. No tuve la vida que había imaginado. Pero eso no significa que la vida que tengo sea una vida de segunda categoría. P. ¿Qué le dirías a una mujer que hoy está atravesando ese dolor y siente que nadie a su alrededor lo entiende? R. Primero le diría: lo que estás sintiendo tiene sentido. No tiene que apresurarse a estar bien ni encontrar inmediatamente el lado positivo. Está despidiéndose de un proyecto de vida que probablemente construyó durante muchos años y necesita tiempo para hacerlo. También le diría: busca tu tribu. Busca otras mujeres con las que puedas hablar sin tener que explicar constantemente por qué te duele, sin sentirte juzgada y sin recibir soluciones que no has pedido. Pueden ser grupos de apoyo, profesionales especializados o simplemente otras mujeres que hayan atravesado una experiencia similar. Sentirse reconocida en la historia de otra puede ser profundamente reparador. Y, sobre todo, le diría algo que yo necesité mucho tiempo para comprender: ser madre era una de las formas en las que habías aprendido a imaginar tu futuro, pero no es la medida de tu valor como mujer. Parte del proceso consiste también en preguntarnos cuánto de aquel proyecto pertenecía a nuestro deseo y cuánto estaba atravesado por una cultura que durante siglos ha situado la maternidad en el centro de la identidad femenina. No se trata de negar el deseo de haber sido madre ni de restarle importancia al duelo. Se trata de poder integrar esa pérdida y, con el tiempo, empezar a preguntarte desde un lugar más libre: si no soy madre, ¿quién soy?, ¿qué deseo ahora para mí?, ¿cómo quiero vivir la vida que tengo? Y para responder a esas preguntas no tienes por qué estar sola. Busca tu tribu. Duelo, duelo invisible, enfermera, maternidad, matrona, reproducción asistida