Dulce Navidad

Miércoles, 6 de marzo de 2019

Lo que voy a contar puede parecer un cuento navideño, pero es una historia real que ha marcado mi vida desde entonces. Sucedió la Navidad del año 2003, en un pueblo de Barcelona. En esos momentos trabajaba en un gran hospital, con muchas unidades de hospitalización.

Como siempre en nuestra profesión, las cargas de trabajo eran grandes, pero la ilusión de trabajar como enfermera en ese hospital superaba el arduo trabajo de todos los días.
Estaba en una planta de neurología y debía cubrir el horario de noche del día 24 de diciembre, Nochebuena y víspera de Navidad. A nadie le gusta trabajar esas fiestas, generalmente, tan familiares, pero como se suele decir, el enfermo no tiene vacaciones y nosotras, por supuesto, tampoco.

Todo transcurría con normalidad. Habíamos podido “cenar” tranquilamente y me disponía a preparar la medicación de la mañana. Suelo realizar cuatro o cinco rondas en la noche; lo tomé por costumbre hace años, porque siempre me ha preocupado que el enfermo me diga en un momento que no tiene dolor y después comente que ha pasado una noche de perros. De esta manera, haciendo varias rondas para valorar al paciente lo tienes más controlado en todos los aspectos. Quizás sea un defecto, pero siempre quiero controlarlo todo y no dejo que nadie me ayude, prefiero hacerlo yo siempre.

Me he desviado del tema, bueno a lo que íbamos. La noche parecía estar tranquila, sin problemas, hasta que la paciente del número 16 llamó al timbre. Comentaba que le dolía la cabeza, que había surgido de repente, eran como unos pinchazos lacerantes en la base del temporal. En estos momentos no le di mucha importancia, le administré la analgesia que tenía prescrita y abandoné la habitación. Cuando estaba con los compañeros hablando de otros pacientes, una idea me abordó la cabeza: esta paciente había sufrido un ictus y se estaba recuperando, solía tener las tensiones disparatadas y pensé por un momento que el dolor de cabeza podía ser debido a una subida de tensión arterial.

Me desplacé rauda a la habitación y allí estaba María, así se llamaba la paciente, desorientada, respirando con dificultad y costándole trabajo moverse. Llamé a mis compañeros y, entre todos, aplicamos los protocolos previstos para este tipo de pacientes (poner venoclisis, oxigenoterapia, saturación, etc.) y avisé al médico de guardia, que enseguida pidió que le hicieran urgentemente una TAC.

La prueba evidenció que María había tenido una hemorragia subaracnoidea. La trasladaron a la UCI y allí, a lo largo de los días, evolucionó favorablemente. Habíamos actuado con rapidez. Tuve la intuición de que algo no funcionaba bien. Esa Navidad del 2003 podía haber sido muy amarga para mí, pero mi actuación y la del conjunto de mis compañeros evitó un mal mayor.
Aprendí que siempre puedo contar con mis compañeros, pero, sobre todo, aprendí que la intuición, fundamentada lógicamente en conocimientos y experiencia, es también una competencia que los profesionales enfermeros debemos adquirir y desarrollar.

María, al cabo de una semana, subió otra vez a la planta de neurología y me dio las gracias por salvarle la vida. En estos momentos comprendí lo importante de nuestro trabajo enfermero. Nos sacrificamos tanto, trabajamos tanto, que a veces nos desmotivamos y nos cuesta levantar la cabeza, pero cuando un paciente te dedica esas palabras, premiando un trabajo bien hecho, se te borran todos los malos momentos profesionales, y te vuelves al control con una cara de satisfacción que no te la quita nada ni nadie.

Los recortes, las cargas de trabajo o el estrés son injustos, peligrosos para la salud de los profesionales y hay que luchar contra todos ellos, pero también sabemos, mejor que nadie, que la profesión enfermera conlleva abnegación, fortaleza emocional, responsabilidad y empatía, además de conocimientos, evidentemente.

Esa fue mi “dulce Navidad” del 2003. A esta siguieron otras muchas, pero todo eso es ya otra historia.

Bernal Pérez F. Dulce Navidad. Metas Enferm dic 2018/ene 2019; 21(10):79-80

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