El enfermero operado

Martes, 2 de junio de 2020

Llevo 14 días de baja laboral tras mi reciente operación de vesícula y lipoma de pared costal izquierda, y los días y las horas se hacen largos; sales a pasear, ves series de televisión, películas, lees un libro, juegas a la consola, además de hacer la compra, la comida, ordenar y limpiar la casa y, a pesar de todo ello, te queda la sensación de estar perdiendo el tiempo. Supongo que soy una persona hiperactiva y tengo dificultad para relajarme, pero creo que eso también me ha ayudado a seguir estudiando y trabajando al mismo tiempo, lo cual me llevó a conseguir una plaza de enfermero en mi tierra natal, Navarra, el reino de Navarra, lugar que llena a sus habitantes de orgullo, por sus gentes y su nobleza.

La cuestión es que, siendo compañero de profesión de ustedes, me gustaría compartir mi experiencia como paciente a través de este manuscrito. Comenzaré diciendo que quien me conoce me describe como un buen enfermero, pero al mismo tiempo un pésimo enfermo, por la misma hiperactividad de la que anteriormente les he hablado, aunque a pesar de todo ello se me termina queriendo.

Comencé a tener dolores epigástricos, no irradiados a extremidades, ni a pecho, ni espalda, más o menos dos años atrás, de intensidad y duración variable. A veces eran como si me estuvieran cortando las entrañas con un cuchillo y otras como si estuvieran retorciéndome el estómago, y pocas veces se me calmaba el dolor con Nolotil® en cápsulas y paracetamol.

Finalmente mis compañeros del Servicio de Urgencias, lugar en el que trabajo, me pidieron una consulta para digestivo, derivándome al servicio de endoscopias para hacerme una gastroscopia. Como ya había trabajado en endoscopias y reconocía una mucosa gástrica patológica, durante la prueba pude observar en el monitor que no había lesiones ni signos de inflamación y que el esfínter esofágico inferior, es decir, el cardias, era continente. Sin embargo, en la biopsia de la mucosa gástrica di positivo en Helicobater pylori, bacteria con una estrecha relación con las úlceras digestivas, por lo que el médico de digestivo me puso en tratamiento para la erradicación de dicha bacteria, creo recordar consistente en dos antibióticos y un protector gástrico.

A pesar de las diarreas que me provocaron cumplí bien el tratamiento. Me citaron para hacerme el test del aliento para comprobar si los antibióticos habían sido efectivos, al cual había que acudir en ayunas y sin fumar, cosa que no pude hacer porque soy incapaz de estar sin fumar durante tanto tiempo, pues soy un maldito adicto. Total, que no fui a la prueba.

El tiempo fue pasando y mis dolores abdominales seguían apareciendo. En las ecografías solo se objetivaban arenillas saliendo de la vesícula biliar y el dolor únicamente se me calmaba con Enantyum® o Dolantina® intravenosa. A pesar de todo ello me resistía a acudir de nuevo a digestivo, pues me avergonzaba por no haberme hecho el test del aliento.

No tuve más remedio que volver a la consulta de digestivo. Me sinceré con la doctora que me atendió, me repitió los análisis y la ecografía, y concluyó que mi problema no era del estómago sino de la vesícula, pero no me recomendó operar. Pasó el tiempo y aunque alternando con temporadas sin dolor, había veces que era insoportable, pero me aguantaba como podía.

Con el tiempo empezó a salirme un bulto en la pared costal derecha; lo comenté con los médicos que trabajaban conmigo en urgencias y lo diagnosticaron como lipoma, tumor benigno, y que si no me dolía no me recomendaban operarme por riesgo de complicaciones. Sin embargo, el bulto en el costado fue creciendo, y yo tenía la mosca tras la oreja que me decía que me lo quitara, así que en cuanto vi a unas cirujanas por del Servicio de Urgencias les expliqué mi caso y, a través de ellas, pedimos cita en cirugía.

Una vez me hubo explorado el cirujano encargado de la extirpación del lipoma, en el centro de consultas externas, le comenté lo de mis dolores de abdomen y de mi intención de quitarme la vesícula, ante lo cual me dijo que, si quería, se lo podíamos consultar a los cirujanos de digestivo, cosa que así hicimos.

Una vez revisado mi historial decidieron hacerme una operación conjunta. Ya solo faltaba esperar a que me llamaran para ingresar en el hospital y ser operado. Días con dolor, días sin dolor, miedo al quirófano, al riesgo que ello implica, etc.

La espera no se hizo larga, me citaron telefónicamente para ingresar un domingo a las seis de la tarde, sería el primer quirófano del lunes a la mañana. Con los nervios a flor de piel, mi maleta preparada, la familia avisada, mi jefa, mis compañeros y amigos, cogí el autobús e ingresé en el hospital.

Esa noche dormí a duras penas, las camas de los hospitales son bastante incómodas comparadas con la cama propia. El compañero que me había tocado en la habitación era simpático y las enfermeras, auxiliares y celadores de la planta muy agradables y realizaban bien su trabajo.

De madrugada las auxiliares de enfermería vinieron a cambiar la ropa de cama, me dieron una toalla, un camisón y una esponja quirúrgica para que me duchara y me cambiara de ropa, dándome las indicaciones de forma cordial y comprensible. Al poco rato vino el celador para llevarme al quirófano, y que casualmente conocía pues habíamos trabajado juntos.

En el antequirófano el anestesista me preguntó si era alérgico a algo y, tras inspeccionarme la boca, le indicó a la enfermera que me pusiera midazolam; no recuerdo la dosis, solo sé que no llegué a ver el quirófano y que me desperté en la sala de recuperación con cierta molestia en el abdomen. No recuerdo cuánto tiempo estuve en la sala, pero se me hizo c

Me desperté en la habitación con la molestia y con ganas de orinar, para lo cual, en contra de las indicaciones de las enfermeras, me levanté. Llegaron mi hermana y mi madre, que había estado llorando porque tardaba mucho en salir del quirófano. Mi teléfono lleno de mensajes de compañeros, de amigos y amigas, preguntando qué tal estaba. Gracias a mis compañeros y a todas personas que me atendieron por su cariño, comprensión y profesionalidad.

Esa noche tenía que pasarla en el hospital y aproveché para ir a visitar a mis compañeros del Servicio de Urgencias. A la mañana siguiente la cirujana de planta levantó los apósitos y me dio indicaciones para el alta, la cual recibí a la media hora. Mi cuñado estaba en la habitación para ayudarme con mi equipaje que pesaba un poco.

Como he dicho, todavía estoy de baja, sin apenas molestias, y con una impresión muy positiva de la sanidad navarra. Quise dar las gracias a las enfermeras, cirujanos, anestesistas, auxiliares y celadores, así como al resto de profesionales que participaron en mi atención a través de una carta al director en un periódico local.

Mi valoración de la asistencia es de diez sobre diez. Millones de gracias.

González Cordeu A. El enfermero operado. Metas Enferm abr 2020; 23(3):79-80

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Enfermero, operación

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