Esperanza a 3.700 metros sobre el nivel del mar

Lunes, 13 de enero de 2020

Hace unas semanas, mientras contemplábamos la vista aérea de la ciudad de La Paz, Bolivia, subimos a un teleférico y entablamos conversación con un chico que estaba sentado en nuestra cabina. Cara curtida por el sol, pelo corto, con traje de chaqueta y sonrisa en el rostro.

J M Salas | Blog

Le pregunté que a dónde iba tan arreglado y me dijo que a casa de su tía, que salía del cuartel y era su día libre. Estaba realizando el servicio militar obligatorio en la ciudad de La Paz y le habían dado 24 horas de permiso.

¿Y siempre que sales del cuartel te pones traje de chaqueta? – le pregunté.

Y con una sarcástica sonrisa me respondió que los obligaban a ponerse traje y corbata cuando salían de permiso, para dar buena imagen a la sociedad, para que no pensaran «esos pobrecitos del cuartel».

¿Buena imagen? – le pregunté.

Sí -me contestó-, el servicio militar no tiene buena fama y se comprometieron a mejorar nuestras condiciones, aunque de momento es de puertas hacia afuera. La vida en el cuartel es dura, la comida y el trato dejan mucho que desear, y en ocasiones nos pasamos meses sin salir del mismo.

Vaya, qué pena – respondí.

Le preguntamos si le pagaban algo y nos dijo sonriente que 80 bolivianos al mes, unos 10 euros, que le servían para mucho, pues compraba agua, ya que el sol era muy intenso a 3.700 metros sobre el nivel del mar, y le daba bastante sed, pero como el agua del grifo le hacía daño ese dinero le venía bien para comprar agua potable. Luego le pregunté si estaba estudiando algo antes de entrar al cuartel, y sus ojos brillaron. Me comentó que estudiaba medicina, y que ahora le tocaría estar en segundo año, pero que tuvo que interrumpir sus estudios por el servicio militar obligatorio.

Entonces le dije que yo era médico, que estaba con mi compañero enfermero Pablo en una misión de cooperación sanitaria en Bolivia. Rápidamente hizo el gesto de ponerse de pie, como quien se cuadra delante del sargento. Yo lo frené y nos dio un fuerte apretón de manos.

Le hizo una gran ilusión, sus ojos reflejaban una enorme admiración y respeto por estas profesiones. Nos comentó que quería ser médico para trabajar cerca de la gente, para ayudar a transformar este país. Fue entonces cuando el teleférico lamentablemente llegó a su parada y se tuvo que bajar, no sin antes despedirse. «Pablo», le grité mientras se alejaba, «¡suerte!», y el respondió «eso espero».

Ese chico nos regaló algo que necesitábamos: esperanza. Y es que estábamos inmersos en un viaje de cooperación por Bolivia, en un país que vive una calma tensa por una incertidumbre generalizada ante los últimos hechos acontecidos, y veníamos de visitar varios servicios de urgencias y emergencias, conversando con profesionales, familiares y pacientes, y sentimos sus innumerables necesidades.

Y aunque no caímos en el error común de la comparación, que en ocasiones inevitablemente hacemos cuando cooperamos en algún país en vías de desarrollo, sobre todo cuando es la primera experiencia, entendimos que se precisaba mejorar bastante las instalaciones, renovar y comprar nuevos equipos, material, insumos y mejorar las plantillas. Pero ¿qué servicio de urgencias no lo necesita? Nuestro desconocido amigo sentía pasión por la medicina y eso es algo necesario, algo que en ocasiones me cuesta ver en otras latitudes, pasión y amor por lo que uno hace. Aquel acuartelado estudiante de Medicina nos dio esperanza en esos cinco minutos que compartimos en el teleférico, porque, a pesar de que su situación no era la más favorable, nos demostró una gran fuerza, coraje e ilusión, tres cualidades imprescindibles para ser un gran profesional, y lograr esa necesaria mejora en el sistema.

Qué importante es el factor humano en nuestra profesión.Espero que nunca pierda esa chispa y que su romance con la medicina dure eternamente porque lo veo, sencillamente, necesario.

JM Salas – Con Tinta de Médico

Para consultar la publicación original, se puede seguir este enlace.

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