“He vivido y presenciado en primera persona la violencia que sufrimos las mujeres en sanidad, tanto como pacientes, como estudiantes y profesionales”

Martes, 6 de agosto de 2019

Cada día se conocen más casos de violencia en el ámbito sanitario, casos de agresiones, tanto verbales como físicas, a profesionales médicos, enfermeros y TCAE por parte de pacientes u otros compañeros. Un problema desconocido que cada vez aumenta más y del que se están buscando continuamente medidas que hagan frente a ello. Con motivo de este tema, y en concreto de la violencia hacia las mujeres, se celebró en Zamora un análisis organizado por un movimiento feminista de la capital en el que participaron varios ponentes, entre ellos también profesionales sanitarios. Una de ellas fue María de Felipe Pérez, titulada en Medicina, quien trató los asuntos de este tipo de violencia en los diferentes centros sanitarios, intentando dar visibilidad al trato diferente que reciben las mujeres tanto como pacientes como profesionales sanitarias, dejando patente el tipo de discriminación y de violencia que sufren.

María de Felipe (dcha) durante la ponencia

-Pregunta: ¿De qué trataba la charla? ¿Cuáles eran los objetivos?

-Respuesta: La ponencia consistía en dar visibilidad al trato diferente que recibimos tanto como pacientes como profesionales sanitarias, dejando patente el tipo de discriminación y de violencia que sufrimos también en sanidad. Además, comenzamos con unos conceptos básicos de anatomía y fisiología femeninas, aprovechando esta oportunidad para impartir un poco de educación sanitaria en cuanto a salud femenina y autocuidados.

Los objetivos eran varios: normalizar el cuerpo femenino y todos sus procesos fisiológicos, evitando temas tabú y el empleo de eufemismos; brindar educación sanitaria a las mujeres en materia de salud femenina para el autocuidado, el diagnóstico precoz y la prevención de patologías; reflexionar sobre si el Estado cumple con la población femenina su obligación de proteger uno de los Derechos Humanos: la protección de la salud; detectar qué aspectos socio-culturales sustentan la discriminación de la mujer, tanto como paciente como profesional sanitaria; conocer la definición de “violencia de género” recogida por la Legislación Española y saber reconocerla.

-Pregunta: ¿Qué te llevó a querer participar en esta charla?

-Respuesta: Fueron varias las razones que hicieron que me animara a participar en el “Ciclo de violencia contra las mujeres”, organizado por la asociación feminista Trece Rosas de Zamora, donde fui la responsable de abarcar este tipo de violencia desde un punto de vista sanitario.

En primer lugar, recalcar mi concienciación feminista. Cuando eres consciente de toda la violencia que te rodea y toda a la que estás expuesta como mujer -y sólo por el hecho de ser mujer-, es difícil mirar hacia otro lado y no querer involucrarte y formar parte del cambio, y para cambiar una realidad primero hay que darla a conocer. Otra razón, por supuesto, es el compromiso profesional y ético que tengo, como cualquier sanitaria o sanitario, con la salud de las personas, en esta ocasión, con la salud de la mitad de la población: las mujeres. Desde esta misma perspectiva, como personal sanitaria, también me veo en la obligación moral de cuidar de nuestro sistema y procurar que sea mejor de lo que es, objetivo completamente imposible si el 75% del personal, que son mujeres, sufre una patente discriminación que abarca desde el acoso sexual hasta el techo de cristal, pasando por la imposibilidad de la conciliación de la vida laboral y familiar, la falta de oportunidades respecto a nuestros compañeros varones -a pesar de que nosotras somos mayoría- y un largo etcétera. Por último, la repercusión de dos grandes mujeres que he tenido la suerte de conocer y que han sido una inspiración para mí y para muchas otras estudiantes o compañeras de trabajo, la traumatóloga y ex directora médica hospitalaria María Teresa Porcel López y la médica forense María Ibáñez Bernáldez. Ambas están implicadas, de una u otra manera, en la transformación que estamos experimentando como sociedad y, en concreto, en sanidad.

-Pregunta: Supongo que habrás llevado a cabo un estudio sobre el caso. ¿Qué te ha llevado a fijarte e investigar sobre el tema?

-Respuesta: Por desgracia, he vivido y presenciado en primera persona la violencia que sufrimos las mujeres en sanidad, tanto como pacientes, como estudiantes y como profesionales. Eso te hace tener una mayor sensibilización e interés por entender de dónde viene el problema y hacia dónde debemos dirigirnos para solucionarlo. De esta manera, te vas formando, lees estudios y libros sobre ello y asistes a ponencias y coloquios de otras compañeras hasta que al final te animas a compartir toda esa información y ser tú quien imparta una charla.

-Pregunta: ¿La sociedad está concienciada con la violencia en el ámbito sanitario o por el contrario crees que no es consciente de que se produce día a día?

-Respuesta: La violencia en el ámbito sanitario es una gran desconocida y, sobre todo, lo poco que se conoce queda de puertas para adentro. Desde el interior de la sanidad, para los profesionales sanitarios es una realidad que incomoda, de la que no sólo no se habla sino de la que tampoco se quiere oír hablar. No sé exactamente si es por falta de conocimiento, de interés o de autocrítica. Quizás un poco de todo, y es una mezcla peligrosa. Si no se involucran quienes ejercen la sanidad, ¿cómo vamos a pretender que lo haga la población?

-Pregunta: ¿Cuáles son los principales tipos de violencia y discriminación que se dan en el ámbito sanitario?

-Respuesta: El abanico es amplio. Por un lado, como pacientes las mujeres sufrimos lo que se conoce como “sesgo de género en Medicina”. Este sesgo consiste en tratarnos diferente respecto a los pacientes varones ocasionándonos perjuicios en nuestra salud, tanto en la práctica clínica como en el campo de la investigación. Concretamente, en investigación existe un androcentrismo impresionante, los hombres han sido los únicos sujetos de investigación durante décadas, de tal forma que los ensayos clínicos tradicionalmente se han realizado sólo en hombres y con posterioridad se han aplicado los resultados a las mujeres, haciendo una extrapolación errónea y sufriendo consecuencias cuyo alcance desconocemos. Pero no sólo el diagnóstico se ha realizado con modelos varones, sino que la mayoría de los fármacos se han desarrollado para ellos. Como bien dicen Silvia García y Eulalia Pérez en su investigación “Las mentiras científicas sobre las mujeres”: “Lo mejor, a la hora de tomar una pastilla, es ser varón, de entre 25 y 40 años y de clase media. Sobre este grupo se hacen las pruebas clínicas y se determina la cantidad y la frecuencia de las dosis”.

También sufrimos un tipo de violencia que sólo se da en nosotras, la violencia obstétrica y ginecológica. Además, es importante señalar que el estigma de la salud mental la sufrimos especialmente las mujeres, sobrediagnosticándonos de trastornos psiquiátricos que en realidad no estamos sufriendo, banalizando el motivo real o fundamental que nos ha llevado a solicitar la ayuda de un profesional.

Por otra parte, tenemos la violencia y la discriminación que sufrimos como trabajadoras. Las profesiones sanitarias están desempeñadas por una indiscutible mayoría de mujeres (también en medicina, con un 53% de médicas). Sin embargo, somos minoría en cuanto a cargos directivos (sólo el 17% en medicina) y en docencia universitaria (menos del 40% son mujeres y sólo 1 de cada 5 catedráticxs son mujeres), sufrimos mayor precariedad laboral (en medicina, los hombres consiguen una plaza fija casi 10 años antes que nosotras) o nuestra “doble jornada está más vinculada al cuidado de la familia”, mientras que en los hombres “sus dobles jornadas están más vinculadas a la asistencia a congresos, reuniones… más vinculadas al prestigio o reconocimiento porque se plantean unas trayectorias mucho más lineales”, dice Begoña López-Doriga, directora del Programa de Salud y Servicios Sociales del Instituto de la Mujer. En definitiva, la discriminación por razón de género no está desapareciendo sino transformándose, están disminuyendo las discriminaciones directas pero están aumentando las indirectas como el techo de cristal, la discriminación salarial, el acoso sexual…

-Pregunta: Hay un bloque de la ponencia en el que hablas sobre sanidad y la discriminación en el diagnóstico y tratamiento que sufren las mujeres. ¿A qué se debe y cómo se produce? ¿Has presenciado algún caso?

-Respuesta: Por supuesto he sido testigo de estos casos, y no de “alguno”, sino de muchos. Por desgracia, es el pan de cada día en la práctica clínica. Hablamos de todo un sistema que está mal estructurado, no hay realmente un culpable al que señalar, el problema es mucho más profundo y se trata de una base machista, al fin y al cabo, que sustenta que la medicina funcione así y los profesionales la ejerzan de esta manera, porque es así como lo han aprendido. El cambio debería comenzar en las propias aulas universitarias, donde se forma a los futuros profesionales, y extenderse a aquéllos que ya están ejerciendo la medicina.

No puedo hablar de casos concretos que haya presenciado, he de respetar la confidencialidad, pero hay muchos casos que se han hecho públicos. Por ejemplo, en cuanto al estigma social que sufrimos las mujeres, el caso de Andreas, en Asturias, ha sido todo un escándalo. Andreas murió por meningitis después de estar 75 horas atada en una unidad psiquiátrica porque confundieron que se estaba muriendo de una meningitis con que sufría esquizofrenia y, además, según relata El País, el hospital no permitió a la familia visitarla.

Otro ejemplo muy esclarecedor de la discriminación que sufrimos las mujeres como pacientes es la mayor tasa de mortalidad que existe en el infarto agudo de miocardio cuando lo sufre una mujer, a pesar de que es una patología más frecuente en hombres. Esta diferencia no se debe a una mayor letalidad de la patología en mujeres, sino a peores diagnóstico y tratamiento en las mujeres infartadas. En primer lugar, se suele establecer con mayor frecuencia un diagnóstico erróneo, confundiéndolo con artrosis o ansiedad. El cuadro clínico clásico de infarto agudo de miocardio sólo hace alusión a la forma de presentación en hombres, no en mujeres. De hecho, a los síntomas que presentamos característicamente nosotras se los denomina como “atípicos”, y no es que sean atípicos, sino que predominan en mujeres. Aún así, más del 90% de los infartos en mujeres se presentan con dolor torácico, como en lo hombres, pero se piensa antes en artrosis o ansiedad que en una patología cardiovascular. Es más, ante una clínica inespecífica en un infarto de miocardio, a las mujeres se nos manda para casa y a los hombres se les realiza más pruebas diagnósticas. De esta forma, se trata de un proceso asistencial sesgado, con prácticas diferentes en los protocolos y tratamientos para enfermedades cardiovasculares presentes en ambos sexos, pues no sólo hablamos de un error en el diagnóstico, sino que aún habiendo diagnosticado el infarto, las mujeres reciben menos fibrinólisis que los hombres, el tratamiento de elección asociado a una mayor tasa de supervivencia.

-Pregunta: Respecto al sector sanitario, explicas que la mayor parte del equipo son mujeres y sufren discriminación. ¿Por parte de quién? ¿Cómo se producen este tipo de casos?

-Respuesta: La discriminación la sufrimos por parte de propios compañeros de trabajo y del paciente, tanto en privado como delante de otros compañeros que, por cierto, no suelen intervenir y frenar la situación, mirando para otro lado. El acoso sexual, sobre todo en el ambiente hospitalario, y más especialmente en el quirúrgico, por cierto, está a la orden del día. Comentarios fuera de lugar, chistes sexuales y machistas, proposiciones sexuales que no han sido invitadas ni son bienvenidas, comentarios machistas desprestigiándote como profesional (por la forma en la que vas vestida o maquillada o atendiendo a cualquier estereotipo absurdo de género), y el etcétera que sigue es interminable… Desde hashtags como #metooFISIO y en diversas redes sociales las estudiantes y profesionales sanitarias han tenido la valentía de contar sus propias experiencias. Conocerlas está al alcance de cualquiera que tenga internet y no quiera seguir mirando para otro lado.

En cuanto a los pacientes, las agresiones físicas en sanidad son cada vez más frecuentes y no es casualidad que nosotras las suframos más. Además, los pacientes -o sus familiares- en muchas ocasiones tienen un comportamiento que nos desprestigia como profesionales, con apodos con los que jamás se referirían a un hombre, también insinuaciones sexuales y comentarios obscenos, dirigiéndose al enfermero en lugar de a la médica porque dan por hecho que él debe ser el médico y ella la enfermera, incluso tocamientos (especialmente a compañeras con un mayor contacto o más continuo con el paciente, como son las enfermeras o las fisioterapeutas) que, rigiéndonos por lo que dicta la Ley, son como mínimo actos de abuso sexual (artículo 181 del Código Penal: “El que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado, como responsable de abuso sexual”).

-Pregunta: También hemos visto que en los últimos años ha habido un gran aumento de agresiones a profesionales sanitarios (sobre todo de pacientes). ¿A qué se debe este aumento? ¿Cómo pueden hacer frente si sufren este tipo de violencia?

-Respuesta: En el pasado, acceder a la educación estaba al alcance de algunos privilegiados, y aquellos que podían estudiar, como los médicos, los maestros, los abogados… eran personas con cierto prestigio social. Sin embargo, la figura del profesional sanitario, especialmente la del médico, ha experimentado un gran cambio a nivel social: ya no es visto como alguien con autoridad, por lo que faltarle el respeto no es tan impensable como lo podía ser antes. Además, ha de tenerse en cuenta las circunstancias en las que nos movemos los profesionales sanitarios, donde la salud de las personas está en juego, por lo que se pueden desencadenar actitudes muy reactivas por parte del paciente o de sus familiares, y en caso de que sean personas sin educación y agresivas, una mala noticia en cuanto a su salud o simplemente no obedecer y ceder a sus exigencias (prescripción de determinados medicamentos, realización de x pruebas diagnósticas, etc…) puede terminar en una agresión física.

Para enfrentarnos a ellas, se necesita que toda la comunidad sanitaria esté unida frente a ello (que lo está) y dé apoyo (moral, psicológico, legal…) a aquel profesional que ha sido víctima de una agresión. En cuanto a cómo recuperar ese “prestigio” o “autoridad” perdidas, sinceramente, no tengo la respuesta.

-Pregunta: ¿Por qué crees que la Enfermería está vista como “una profesión de mujeres”?

-Respuesta: Porque es una profesión de cuidados y las mujeres somos las “cuidadoras” por excelencia de la sociedad: como madres, como esposas, como canguros, como cuidadoras de personas dependientes, como limpiadoras, etc… En el ámbito hospitalario, es el personal de enfermería quien tiene un contacto más prolongado con el paciente y es realmente quien se ocupa de sus cuidados. Los médicos estamos ahí para tomar decisiones en cuanto al diagnóstico y el manejo terapéutico, pero cuando un paciente se queda ingresado o hay que realizarle curas, es Enfermería quien está ahí. Con esto no quiero infravalorarnos a nosotros como médicos, faltaría más, pero es evidente que tenemos funciones diferentes.

Como en cualquier equipo, existe una jerarquía y, cómo no, tradicionalmente quien ha estado en la cima de esa pirámide jerárquica ha sido el hombre, y aunque como sociedad estamos transformándonos y no sólo es que las mujeres hayamos podido acceder a esas profesiones jerárquicas sino que ya incluso somos mayoría, parece que cuesta más que en la base de esa pirámide también exista una paridad y haya más hombres de los que hay actualmente. Por suerte, cada vez hay más hombres enfermeros, aunque su incorporación está siendo más lenta que lo que ha ocurrido en Medicina con las mujeres.

-Pregunta: Como profesional médico, en muchas ocasiones se valora a la Enfermería por debajo de la Medicina. ¿Qué opinas de esta discriminación?

-Respuesta: Es una discriminación absurda como cualquier otra lucha de egos. Perdemos de vista que la prioridad es la salud del paciente, por eso existe un equipo sanitario que se ocupa de protegerla. La medicina ya no funciona con el médico como único sujeto de la atención sanitaria, ya no existe ese individualismo, porque está demostrado que un equipo multi e interdisciplinar ofrece mejor atención al paciente. Como he comentado con anterioridad, todo equipo debe estar bien coordinado y por eso se establece una jerarquía: ahí entra el papel del médico como organizador y coordinador de los servicios que se le van a brindar al paciente, pero seguimos siendo un equipo. Hay una diferencia muy grande entre trabajar con alguien y trabajar para alguien. Por desgracia, en Medicina hacen falta muchas curas de humildad. Pero no se trata de cómo seamos cada uno en cuanto a personalidad (si mucho o poco humildes), sino que esas actitudes en nuestro trabajo terminan teniendo consecuencias, porque el resto del equipo no trabaja a gusto contigo y al final, quien sufre esas consecuencias es el paciente.

-Pregunta: Por último, ¿cómo podemos acabar con todo tipo de violencia y discriminación en el ámbito sanitario?

A nivel individual, el primer paso es hablar de esta violencia y discriminación. Al principio de la entrevista, comenté que no se puede cambiar una realidad que no se conoce. Debemos hablar sobre ello y dejar de normalizar todos estos hechos. Que haya cosas que hayan sido así o hayan ocurrido “toda la vida” no es un motivo para perpetuarlas, sino incluso al revés: ya es hora de cambiarlas y hacerles frente. El segundo paso es mostrar apoyo a quien se ha atrevido a hablar sobre una situación de discriminación o de violencia que existe (la haya o no sufrido, es decir, a esta lucha también pueden y deben incorporarse nuestros compañeros varones y deben denunciar y condenar estos actos). Cuando somos testigos o conocedores de unos hechos, ya no estamos al margen de ellos, estar desvinculados ya no es una opción: o somos cómplices y, por tanto, parte del problema o actuamos y somos parte de la solución.

Sin embargo, es imprescindible que organismos oficiales y directivos, hagan exactamente lo mismo que debemos hacer a nivel individual. Por un lado, dar a conocer estos hechos, crear programas de difusión (mediante charlas, cursos, carteles publicitarios, boletines, etc…) y llevarlos a cabo de forma efectiva y asegurándose que llegan al máximo número de personas y, por supuesto, a todos los trabajadores. Y por otro lado, mostrar apoyo. ¿Cómo? Creando y dando a conocer los organismos a los que se tiene que dirigir una trabajadora (o estudiante) en caso de que esté sufriendo esta violencia o discriminación, que estos organismos estén bien formados y haya un método de actuación riguroso a seguir bien establecido y, por último, que se tomen medidas al respecto que estén a la altura de los hechos y que no sean insuficientes.

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