La labor enfermera ante las heridas crónicas

Martes, 21 de agosto de 2018

“Antes de empezar cualquier tratamiento, se debe hacer una valoración global tanto del paciente como de la lesión, y, en función de la misma, tomar las decisiones oportunas”, así describen Susana Valerdiz, supervisora de la Unidad de Heridas Crónicas del Hospital Universitario Central de Asturias, Mª Luz Rodríguez y Cruz Alonso, enfermeras del mismo servicio, e Irene Cuello, TCAE, el trabajo en esta unidad.

Estas profesionales gestionan tres agendas de enfermería, dos para pacientes ambulatorios y otra orientada a la interconsulta de personas ingresadas en el centro, además de las tareas administrativas que lleva a cabo la supervisora, apuntan. “Todo esto sin olvidarnos de la labor docente, que desarrollamos a lo largo de todo el año, ya que la unidad forma parte del itinerario didáctico de los EIR, y, además, acogemos a los profesionales que solicitan estancias formativas”.

El trabajo en la Unidad de Heridas Crónicas del HUCA

“Es una unidad de enfermería, por lo que somos las enfermeras las que dirigimos el desarrollo de los cuidados que corresponde aplicar. Esto significa que debemos tener la capacidad de identificar los procesos desde el conocimiento de las distintas enfermedades”, apuntan Valerdiz, Rodríguez, Alonso y Cuello.

“Nuestra labor consiste en poner en marcha aquellas actividades relacionadas con el tratamiento, tanto local como general, de los pacientes afectados por heridas crónicas, complejas o de difícil cicatrización”, explican. En la primera visita de los afectados, estas profesionales elaboran un plan de cuidados específico, que se va poniendo en práctica en cita sucesivas, para lograr los objetivos de salud.

“En cada consulta se emite un informe de continuidad de cuidados de enfermería, que incluye una serie de recomendaciones que, a través del sistema informático, se pueden ver en los diferentes niveles asistenciales. La comunicación telefónica es también una herramienta muy útil para el seguimiento de los pacientes”, destacan. El principal propósito, apuntan, es que los cuidados sean los mismos, independientemente de la ubicación física de las personas.

En cuanto a las técnicas aplicadas con más frecuencia en esta unidad, estas trabajadoras han querido enfatizar en que es imprescindible el dominio de los principios de preparación del lecho de la herida, de las diversas formas de vendaje, de la obtención y análisis de ITB y Doppler vascular y de la interpretación de estudios radiológicos básicos, así como “conocer los procedimientos adecuados de conseguir muestras, ser capaces de detectar precozmente los signos de infección, aplicar descargas o, entre otras tareas, conocer las indicaciones y la técnica de aplicación de los diferentes sistemas de terapia de presión negativa”, señalan.

No todos los tratamientos, subrayan estas profesionales, son aptos para todos los pacientes y tipos de herida, y, a pesar de que existe una serie de protocolos comunes, “cada afectado es único, y así los debemos tratar”.

La mayoría de los casos que llegan a esta unidad, afirman, revisten cierto grado de complicación, ya que a estos servicios se derivan los pacientes con los mayores problemas de cicatrización, como los que cuentan con “úlceras de muchos años de evolución, algunos que presentan una adherencia al tratamiento escasa o nula, personas polimedicadas y pluritraumatizadas, de edad avanzada, con carencias nutricionales y gran fragilidad”. También se dan casos de personas con heridas complejas y de grandes dimensiones, “con mallas quirúrgicas y material protésico expuesto”, que habitualmente son derivadas de grandes cirugías o estancias hospitalarias prolongadas, destacan.

“A lo largo de los casi cinco años de actividad de la unidad hemos atendido a pacientes que te dejan huella, por ejemplo algunos que acudieron con úlceras recalcitrantes y que vieron resuelta su lesión, o con heridas incurables a los que se aporta calidad de vida, o con situaciones vitales muy vulnerables cuya confianza en nosotras ha sido ciega, o afectados sin un diagnóstico claro que acaban encontrando solución. Estos pacientes nunca se olvidan y hacen que nuestro trabajo sea muy gratificante”, concluyen.

Comunicación y prevención

Valerdiz, Rodríguez, Alonso y Cuello señalan la empatía y la consideración como la clave a la hora de abordar la comunicación con las personas afectadas, para informarla de los cuidados que se le van a aplicar, especialmente en situaciones comprometidas. “El paciente tiene que sentirse comprendido y escuchado, sin hacer juicios de valor”, afirman.

Además, subrayan la importancia de implicar a los familiares y los cuidadores en este proceso, “siempre y cuando sean conocedores de las circunstancias”, por lo que es igualmente importante establecer con ellos una “relación terapéutica” que haga que las personas no se encuentren solas ante su problema.

La prevención de este tipo de lesiones, destacan, es de vital importancia, y para ello existen ciertas herramientas, como “escalas de valoración del riesgo, superficies especiales para el manejo de la presión, la compresión terapéutica en úlceras venosas o, entre otras, hábitos posturales adecuados”. Además, apuntan, esta labor debe llevarse a cabo también a través de las directrices de los programas de salud pública, que contribuyen a minimizar los riesgos.

“Somos las enfermeras las que estamos en la primera línea de la prevención con nuestros consejos de cuidados”, que se aplican tanto para evitar la aparición de nuevas lesiones como para que el paciente y los cuidadores asuman el autocuidado como un parte importante de la resolución de las que ya padecen. “No solo educamos en cuidados locales, sino también en higiene, nutrición y hábitos saludables, ya que todo influye en la cicatrización de las heridas”, concluyen.

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