La URPA desde la cama

Martes, 26 de noviembre de 2019

Soy enfermera y me han operado. Era una intervención fácil, sin importancia, pero tuve que pasar más de medio día en el hospital y la anestesia fue raquídea (un pinchazo en la columna y dormida de cintura para abajo). Todos los sanitarios deberíamos pasar por el papel de paciente de vez en cuando. Lo que se ve y se oye desde la cama no es lo que esperamos.

Llegué a las 8 de la mañana, tal y como me ordenaron (cuando quiero, puedo ser una paciente ejemplar). Me recibió una TCAE que me reconoció del gremio y empezaron a tratarme con mimo. Ingresé en la URPA (Unidad de Recuperación PostAnestésica) aunque mi intervención era de CMA (Cirugía Mayor Ambulatoria).

El camisón que me entregaron era transparente y abierto por detrás, el tejido, pasado, tan fino que parecía que se iba a desintegrar de un momento a otro. Los velcros descosidos molestaban y eran totalmente inútiles. ¡Por favor! ¡Hace falta tirar ropa vieja y comprar camisones nuevos ya!

La angustia de estar entre extraños y sin hacer nada hasta que te llega el turno. El coco da para imaginar muchas cosas. En mi caso, tuve la ventaja de que la enfermera que se hizo cargo de mí se portó como un auténtico ángel (cariñosa, educada, atenta y sobre todo, muy profesional).

Fui operada y pasé cinco largas horas en aquella sala de reanimación esperando a cumplir los criterios de alta: hacer pipí, tolerar alimento y sostenerme en pie, además de no tener dolor, ni sangrado, etc. Pero esto último las enfermeras lo llevan a rajatabla, los tres primeros dependen más de nosotros, los pacientes. Durante esas 5 horas apenas dormí.

La URPA es una sala donde conviven hasta 12 pacientes encamados en dos hileras enfrentadas y cuatro sillones laterales al fondo (un poco más apartados). Las enfermeras y los profesionales sanitarios van y vienen por la sala, tienen mesas con los papeles de cada paciente a pie de cada cama y en el centro de la sala, donde están los teléfonos y ordenadores.

Es inevitable oír todo lo que allí se habla, aunque no quieras. Incluso las conversaciones telefónicas. Te enteras de las incidencias que tiene el paciente de al lado e incluso el de la otra esquina. Asistes como espectador privilegiado si suena una alarma y se desencadena alguna situación de riesgo o si entre profesionales hay algún conflicto.

Uno está en la cama solo, aburrido, tratando de dormir, intentando abstraerse de todo, pero es imposible no ver ni oír. Somos curiosos por naturaleza y nuestro cerebro se empeña en enterarse de todo lo que sucede alrededor. Como profesionales no somos conscientes de lo atentos que pueden estar los pacientes, de lo presentes que están.

Pues bien, esto fue lo que yo viví o mi mente interpretó.

En toda la mañana las enfermeras no pararon. Por allí desfilaron hasta 20 pacientes de diversa gravedad y con muy diferentes necesidades. Todo el mundo estuvo muy ocupado y la sensación era de profesionales que sabían muy bien lo que hacían. Hubo un paciente cuyo monitor avisaba de peligro y al que rápidamente y todos a una lograron estabilizar. Por allí pasó una niña terriblemente asustada a la que intentaron calmar y entretener con muy poco éxito, y que nos amenizó durante más de media hora con fuertes alaridos y llantos (recién operada de la garganta).

Fui testigo de una escena que protagonizó una enfermera indignada porque le habían notificado un cambio de turno. Voces, llanto y reproches en alto. Todo incluido. Escuché varios comentarios insistentes, ofensivos y duramente críticos referidos al supervisor del servicio (que resulta que lleva muy pocos meses) por parte de otra enfermera. En alto cuestionaba su autoridad y le acusaba de no pasar por allí, aunque yo misma le vi entrar durante la mañana al menos en cinco ocasiones a hacer algo.

Amenizó la mañana una anestesista enfadada con la vida que no conocía más forma de relacionarse con los demás que el tono de desafío y desconfianza. Y que, cada vez que aparecía, lograba que la tensión se cortara con un cuchillo. Como yo estaba infiltrada como paciente, mis vecinas de cama comentaban conmigo estas cosillas. Con algunos comentarios comprobé que veían lo mismo que yo. Confieso que por ello pasé vergüenza.

En fin, pequeños detalles que ensombrecieron el enorme esfuerzo que estos profesionales hacen para poder mantener unos niveles de atención de calidad a pesar de una sobrecarga laboral evidente. Detalles que deberían cuidar por el terrible daño que luego hacen a su imagen social y de la que luego nos quejamos porque consideramos injusta. ¡Porque luego te enteras de que los pacientes te oían y te veían cuando te cuentan la historia en la peluquería o en el supermercado!

Y hasta aquí lo que contaría a todo el mundo.

Ahora, me dirijo a las enfermeras porque soy una de ellas y seguro que alguna vez he caído en el mismo error. ¿Por qué nos atacamos unos a otros? ¿Por qué ese afán de cortar la cabeza del que tiene ambición, ilusión, ganas  y sobresale? ¿Por qué malgastamos el tiempo en criticarnos entre nosotras? ¿Por qué nos cuesta tanto apoyarnos unos a otros?

Nos preocupamos de dar la mejor atención., ¿por qué no cuidamos también la imagen?

Somos los profesionales más numerosos, podríamos mejorarlo todo si nos uniéramos, si nos sintiéramos orgullosos de lo que somos. Si nos ayudáramos entre nosotros.

¡Seríamos poderosos!

¿Y por qué no?

Sonia Palencia – Enfermera de trinchera

Para consultar la publicación original, puede seguir este enlace.

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