Lo que aprendí junto a vosotros

Miércoles, 17 de diciembre de 2014

Llegó el día temido y mi profesora de prácticas me esperaba. Cuando entramos en la planta, para mi sorpresa, no estaba pintada de blanco, ese blanco triste e insípido predominante en las paredes hospitalarias, estas eran amarillas y de otros colores. Pero no acababan aquí las sorpresas: las habitaciones eran individuales y se asemejaban en gran medida a las habitaciones normales de una casa, con sus cuadros, sillones, mesas y sus correspondientes decoraciones. Ya con esto me di cuenta de que me encontraba en una planta distinta, una planta especial.

Este lugar nos impone mucho, porque los alumnos llegamos inexpertos a trabajar con sentimientos, con historias, con vidas, aquí no se trata de lo bueno que eres pinchando o sondando, no, aquí se valora y te valoras a ti mismo por lo que eres capaz de transmitir, capaz de aportar, puesto que las técnicas son importantes, pero muchas veces el trato y el respeto, que tanto olvidamos, hacen genialidades que las curas no consiguen.

Creemos que no estamos preparados, ya que no se enseña la asignatura de la comprensión y la empatía. Solo en la asignatura de Cuidados Paliativos nos acercan a esta cruda realidad que debemos asumir.

Pasan los días y vemos cómo la ayuda es recíproca, ofrecemos cuidados, pero recibimos emociones y experiencias que nos van definiendo en esta, todavía novata, práctica para nosotros, los alumnos.

He de decir que el equipo de Cuidados Paliativos es extraordinario, a diferencia de lo que cabría esperar siendo un lugar tan delicado. Aprendí mucho de ellos, yo intentaba anotar todas las conductas que, por su parte, me parecían positivas; ellos se paraban a explicarme en cada momento el porqué de sus acciones: desde la limpiadora que me dio un grato saludo, nada más llegar, hasta la doctora responsable de la planta que me integró como si fuera una más del equipo.

Aquí, la mayoría de veces, ves cómo los pacientes irremediablemente van empeorando y no mejorando, como cabría esperar de cualquier otra planta de hospital. Aquí se van apagando cual vela que está a punto de consumirse, son situaciones duras, la familia sufre, se lamenta.

Ver morir a un familiar o a un ser querido no es un proceso que se lleve con naturalidad, es una situación para la que no estamos preparados, por más que la veamos aproximarse. Muchos familiares muestran una sonrisa y nos miran con ojos de agradecimiento, otros no se atreven a mirar, pues el dolor que los invade les hace avergonzarse. En otros las lágrimas emanan de sus ojos sin consuelo alguno y, tristemente, en otras habitaciones no hay familiares.

Cuando un paciente sabe que va a morir (y en esta planta es común, pues nada más llegar se explica la situación en que se encuentra), se agita mucho, sobre todo al llegar la noche, y es que la noche trae tanta confusión consigo, tanto delirio.

Saber que vas a morir condiciona tu vida, la muerte te muestra que los momentos solo pasan una vez, por tanto, te enseña a vivir, a vivir acorde con lo que tiene sentido para ti, a valorar los encantos de lo insignificante, la muerte da segundas oportunidades, oportunidades para la reconciliación, oportunidades para el perdón.

El problema comienza cuando no quieres ver que la hora se acerca, cuando piensas que de tu situación son responsables los demás, en este caso el conflicto interno no deja descansar, no deja aceptar la realidad, ni al paciente ni a los de su alrededor, teniendo que intervenir profesionales como los psicólogos para poder solucionarlos.

Algo que me impactó fue el caso de un hombre joven, en torno a los 50 años, que lloraba con gran facilidad. Él se pasaba los días solo, a veces venía su mujer o su hijo durante breves espacios de tiempo, por desgracia su otro hijo se encontraba lejos y no podía venir con frecuencia. Este hombre había llevado toda su enfermedad solo, desde el diagnóstico hasta el ingreso en paliativos. Esto me dolió mucho, porque ¿cómo es posible que pases la vida luchando por sacar a tu familia adelante y cuando la necesitas no está? Tener tantos conflictos en ese momento de la vida y no saber resolverlos causa gran angustia. Considero que aquí el papel de los sanitarios es de gran importancia y ha de ayudar en gran medida a solucionar estos problemas.

En cuidados paliativos ves pasar la muerte lenta y sombría muchos días y, una vez presente, al ver al cuerpo inerte, no sientes gran pena, pues automáticamente piensas que era lo mejor. Pero cuando te acercas a la familia y los observas con semejante tristeza, que se manifiesta con llanto, con gritos, con silencio, ahí te das cuenta y dices ¿por qué tiene que llegar siempre?

Hay muertes que duelen más que otras, hubo una mujer que pasó de hablarme todos los días con gran cariño a fallecer casi sin darnos cuenta, y estas son las muertes que duelen, las que se llevan a personas que te han llegado y han tocado lo más hondo del alma, estas son las personas que te enseñan, que te transmiten, que te hacen madurar y querer hasta el último momento, las que te hacen disfrutar de la vida y amarla.

La muerte llega por más que queramos alejarla y para entonces debemos estar preparados, es decir, ser capaces de volver la vista atrás y poder afirmar que hemos sido felices, que hemos tenido una vida disfrutada, vivida con cariño, aunque hayamos tenido altibajos, una vida que no cambiaríamos.

Mis agradecimientos a todo el equipo de Cuidados Paliativos, especialmente a la Dra. Martínez, por el trato que me han ofrecido y todo lo que me han enseñado durante este periodo de prácticas que parecía algo sombrío e insuperable. Gracias por ser y actuar como profesionales del cuidado.

Fuente de consulta: Camacho Martín, T. Ballesteros García M. Lo que aprendí junto a vosotros. Metas de Enferm jun 2013, nº 5.

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*