Otra visión de una prueba diagnóstica

Miércoles, 23 de julio de 2014

En el mismo instante que el médico informa de un diagnóstico como es el del cáncer, convergen en nuestro interior sensaciones como el temor, el miedo, la ansiedad o la incertidumbre, ya sea por un futuro, no tanto a largo plazo, sino más bien por uno más próximo al día a día, por nuestras familias y amigos y cómo no, por un futuro propio incierto. Una vez diagnosticados, se intenta asimilar lo mejor posible ese golpe y empiezan las pruebas, los tratamientos y las revisiones. Una de las pruebas que se suele realizar a estos pacientes es la Tomografía por Emisión de Positrones en combinación con la Tomografía Computerizada (PET-TAC), una técnica con un potencial de aplicación clínica en auge y sobre la cual versará este relato.

La PET-TAC es una prueba diagnóstica poco conocida por los pacientes, sobre todo los que llegan por primera vez, los cuales muestran bastante ansiedad y temor, no solo por la prueba a realizar, sino por el diagnóstico incierto de su situación real de salud.

Los profesionales de la salud, en general, a la hora de realizar cualquier tipo de prueba diagnóstica la llevan a cabo de modo sistemático, pasando una persona tras otra, ya sea por un orden, un diagnóstico o cualquier otro criterio organizativo. Sin embargo, con estos pacientes y siendo una prueba tan específica como es la PET-TAC, es preciso pararse a pensar que ese “número” o esa “patología” corresponde a una “persona”, con sus inquietudes y sus necesidades, por lo que requieren de una atención y cuidado especiales dado lo determinante que ese tipo de prueba puede ser para ellos, ya que dependen del resultado de la misma para la detección y diferenciación de las lesiones primarias, estadificación tumoral (puesto que detecta afectación ganglionar o metástasis a distancia), detectación de enfermedad residual, monitorización de la respuesta al tratamiento, etc., pero también porque a partir de ese momento pueden tal vez finalizar su tratamiento con quimioterapia, radioterapia o, incluso, comprobar que su enfermedad ha reemitido.

Centrándonos en esa “otra” visión de una prueba diagnóstica como la PET-TAC, es decir, basándonos no en la rutina sino en esa “persona-paciente” desde que llega a nuestro servicio hasta que finaliza su prueba, ya sean niños (posiblemente las situaciones más duras), personas de edad avanzada o, cómo no, personas de nuestra misma edad, es cuando nos damos cuenta de cuál es el bien más preciado que todos tenemos nuestra propia salud y la de nuestros seres queridos.

Al llegar al servicio les atendemos de forma individualizada, realizando una breve entrevista y explicándoles las precauciones que deben tener en las siguientes 24 horas. Como ya se ha dicho, normalmente no suelen conocer la prueba, por lo que para disminuir su ansiedad es bueno hacerles la comparación con algo más conocido, por ejemplo, explicándoles que es un aparato similar al del TAC, que deben permanecer en un sillón cómodamente sentados de 45-60 minutos hasta que lo que se le ha inyectado haga su efecto y que, posteriormente, pasarán a la máquina durante unos 30-40 minutos.

Es en esos momentos cuando los pacientes comentan sus miedos, experiencias vividas desde que empezó su enfermedad, cómo fue, sus tratamientos, sus efectos y, por supuesto, su vida familiar, sus inquietudes y sus esperanzas. Es por todo ello por lo que tenemos que medir cada palabra, cada gesto, puesto que estos pacientes son muy sensibles, no solo por su diagnóstico, su tratamiento y todo lo que ello conlleva, sino por el futuro que les pueden esperar.

A la hora de comenzar la exploración han de quitarse todo lo metálico, así como las pelucas que puedan llevar, los sujetadores con sus prótesis, etc. Es una parte difícil puesto que aunque nosotros no le damos importancia a ese hecho, para ellos es un mundo, no les agradan que les veamos así, con sus colectomías, sus sondas permanentes, sin su pelo, etc., es como si se avergonzaran, por lo que es preciso mostrarles nuestro apoyo con una sonrisa, un gesto, una mirada, intentando que se encuentren lo mejor posible.

La parte más dura es cuando finaliza el estudio y nos hacen la gran pregunta: ¿tengo algo?, ¿se ve algo? En ocasiones, ciertamente el estudio no se ha cerrado y no lo sabemos, pero en otras sí que vemos lo que hay, teniéndonos que limitar a omitir la información intentando disimular para que no detecten que sí, que realmente hay algo y que su esperanza de vida va a ser corta. Es en estos casos cuando enlazamos todo lo que el paciente nos ha contado y nos dijo cuando empezamos la entrevista, siendo duro pensar si esos enfermos llegarán a sus revisiones, si volverán o si serán efectivos sus tratamientos.

Me gustaría finalizar estas reflexiones con un recuerdo muy especial a esas personas luchadoras, que con ese tipo de diagnósticos no se dan por vencidas y que, tratamiento tras tratamiento, vienen a vernos para su seguimiento y para mostrarnos lo que valoran la vida y sus ganas de vivir. Mención especial, también, a esas otras tantas que aún haciendo todo lo posible por seguir adelante no lo han conseguirlo, pero que con su ánimo enseñaron a mucha gente lo bonita que puede ser la vida y por qué hay que luchar por ella.

Fuente: Alarcón Pato, Lucía. Revista METAS de Enfermería. Julio 2011.Nº 6

Una respuesta a “Otra visión de una prueba diagnóstica”

  1. Gracias por tu visión…hay que extrapolarla a la vida. No somos números somos personas y en el ámbito sanitario, como bien indicas, personas-pacientes y siempre hay una reciprocidad en los aprendizajes.

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