Relato de una enfermera

Martes, 5 de noviembre de 2019

Hubo un tiempo en que tuve la sensación de vivir adormecida, con pensamientos fútiles y sin carga emocional. Trabajaba en un gran hospital y creía que estaba satisfecha con mi rol profesional, pero nada más lejos de la realidad. Seguía un horario al pie de la letra, rutinario, sin inmiscuirme mucho en las relaciones personales. Para mí todos eran un código, un número que atender.

De nada servía que intentara cada día poner caras diferentes, siempre tenía la misma faz, contemplativa pero inerte. Un día, una compañera con la que había trabajado en dos ocasiones me comentó que tenía cara de estúpida y, aunque en esos momentos no le di la mínima importancia, estuve una semana haciendo caritas delante de un espejo para intentar moldear una sonrisa, pero solo conseguía un rictus crispado en la comisura de mis labios. Mi marido me sorprendió un día y me preguntó por qué lo hacía; le contesté que siempre estaba seria y que me costaba sonreír. Él alegó en mi defensa que era mi carácter, que era una persona introvertida, pero que no me preocupara porque la gente que me conocía sabía que era una buena persona.

Al cabo de unos meses me matriculé en un curso de Enfermería dedicado a la gestión emocional en la práctica asistencial y durante el mismo preparamos un ejercicio peculiar en el que debíamos imaginar con los ojos cerrados una historia, relajados con una música espiritual y después comentarlo con los compañeros. Yo imaginé una señora de blanco inmaculado que arrastraba sus vestimentas por un camino lleno de espigas, y tras este sendero, me encontraba primero un señor anciano que se calentaba en una hoguera y silencioso oteaba el horizonte en busca de estrellas; en el marco de la historia veía una niña de 7 años que transitaba solitaria llorando, perdida entre los arbustos. En esos momentos no visualizaba su cara, pero a medida que se acercaba a la hoguera la vi reflejada en mis pupilas, era mi Blanquita, era mi hija. ¿Qué hacía allí mi hija?

No entendía nada. Transcurría el ejercicio y observaba a mi Blanca, todavía con lágrimas en los ojos, preguntando al anciano dónde estaba su mamá. El viejo escuchaba las demandas de la niña y yo en la distancia comenzaba también a llorar sin poder acercarme a consolar a mi hija. Me debatía entre ir o no ir; por un lado, debía proseguir mi camino que no iba a ninguna parte, aunque también podía separarme de la línea establecida a rescatar a mi pequeña de sus miedos. En unos minutos inaguantables me decanté por la segunda opción y fui a proteger a mi princesa. Cuando me vio, respiró aliviada y su cara y sus ojos me inundaron de una pena inmensa que acongojó mi corazón partiéndolo en pequeños pedacitos.

¿Cómo pude anteponer un camino a ninguna parte a mi hija? Lo pasé fatal en el ejercicio y tras el comentario con los compañeros, el profesor me indicó que tenía emociones buenas y normales. Realicé un examen personal tras este episodio y comprendí que muchas veces mi trabajo era lo primero, me dedicaba a cuidar a otras personas y dejaba de lado a mi propia familia y no era justo. Aunque en mi defensa he de decir que tampoco me había dado cuenta de ello, pensé que debía establecer un equilibrio entre mi profesión y mi familia.

Volví al trabajo con la intención de cambiar mi manera de actuar. Me dediqué a observar mejor a las personas a las que cuidaba y a sus familias, para apreciar su contenido real en todas sus dimensiones, tal y como me habían enseñado en la facultad con la frase célebre “la persona es un ser biopsicosocial”, al tiempo que prestaba mayor atención a mi familia.

Tras años de experiencia, aún recuerdo con cariño aquella época, y es ese cariño el que me lleva a traducirlos en letra escrita para compartir mi visión del papel que han de tener las enfermeras como cuidadoras y protectoras de los pacientes y de sus familias, pero sin olvidar que nuestra propia familia no se debe ver nunca menoscabada por nuestro ejercicio profesional.

Bernal Pérez F. Relato de una enfermera. Metas Enferm sep 2019; 22(7):80

Publica tu relato en Metas de Enfermería

¿Te gusta escribir y tienes alguna experiencia que quieras compartir relacionada con la profesión? Ahora cuentas con ver publicadas tus vivencias en la revista Metas de Enfermería. Si has vivido una historia interesante, personal o cercana relativa a la práctica enfermera, puedes plasmarla en un texto que tenga entre 1.200 y 1.400 palabras. Las normas de publicación de la revista pueden consultarse a través del siguiente enlace.

enfermera, enfermería

¿Quieres comentar la noticia?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*