«Mi experiencia en Oncología»

Lunes, 9 de junio de 2014

«Todavía recuerdo el día en el que después de muchos años en una planta de cirugía, y por motivos de reducción de personal, tuve que trasladarme a un nuevo destino. Primero fue la incertidumbre, más tarde, una vez conocido el sitio, temor pues no era otro que la “temida” planta de Oncología y Cuidados Paliativos. Todos en el hospital sabíamos lo que era ese servicio, pues los rumores de defunciones diarias, llantos y penas corrían de planta en planta y todos lo veíamos como algo que estaba ahí pero que a nosotros no nos llegaría tener que trabajar en esas condiciones. Sin embargo, como bien dice el dicho popular, “la vida da muchas vueltas” y una de ellas me trajo a aquí y enfrentarme a mis temores.

El primer día me enseñaron el funcionamiento de la planta, me presentaron al personal y pude ver in situ lo que eran los enfermos oncológicos y los cuidados paliativos.No obstante, los días pasaban y yo me iba adaptando poco a poco. Todos me ayudaban enseñándome técnicas para sobrellevar bien las muertes diarias pero, sinceramente, era algo muy difícil ya que de donde yo venía el paciente siempre mejoraba pero aquí siempre empeoraba.Me llamó mucho la atención que todos los compañeros estuviesen alegres e, incluso, haciendo bromas y riendo. Yo, para mis adentros, me preguntaba: acaban de amortajar a una persona, “¿cómo pueden estar así?”.Sin embargo, con el paso de los meses, me di cuenta que era una forma de adaptarse a la situación, una manera de disipar la mente y no hacer suyas las penas y las desgracias de los demás. También me chocó el trato que se ofrecía a pacientes y familiares, pues aunque en todas las plantas se da un trato correcto, aquí, además, se daba cariño, apoyo y consuelo.

Todo iba bien, ya que hasta entonces todos mis “exitus”, llamémoslos así, habían sido personas de edad avanzada en las que, bueno, aunque eran padres, madres o hermanos de alguien, habían vivido ya su vida.

Sin embargo, un día ingresó en mi zona Luisa, una chica de 30 años con un tumor rectal inoperable. Era un chica “de pueblo”, pero de pueblo de las de antes: llanas, sin maldad ninguna y siempre con una sonrisa en la cara. Su marido, Miguel, era una copia suya, se dedicaba en cuerpo y alma a su cuidado y al de sus dos hijos. Conectamos enseguida, pues vivían en un cortijo en el campo y a mí me encanta la naturaleza. Cada vez que iba a la habitación hablábamos de miles de cosas hasta que cometí el error de encariñarme con ella, cada vez que tenía un hueco libre me iba a charlar con ellos, donde me hablaban de sus hijos, de su vida, de sus planes de futuro, etc. Sin embargo, durante este tiempo, que fueron meses, la enfermedad iba avanzando y casi sin darnos cuenta cada vez Luisa tenía menos fuerzas para hablar y el dolor casi era ya incontrolable y entonces llegó el fatídico día de decidir la sedación. Fue una decisión dura, pero no había otra solución. Cuando cargaba el suero me temblaban las manos, pues aunque sabía que iba ayudarla a estar tranquila, en realidad también eran sus últimos momentos. Poco a poco se iba apagando y nuestra amistad tocaba su fin.

Un día soleado de abril Luisa falleció y yo estaba de turno. Miguel me llamó y me dijo que la veía muy mal, me acerque a la habitación y tuve que decirle que se despidiera de ella porque le quedaba muy poco tiempo de vida. Por mi parte, me despedí de ella con un beso en la mejilla y luego, mientras la metíamos en el sudario, las lágrimas eran incontrolables. Abracé a Miguel y le dije al oído que tenía que ser fuerte, por él mismo y por sus dos hijos. De esto hace ya dos años y cada vez que pienso en ella las lágrimas turban mis ojos.

Hoy en día continúo en “onco-paliativos” y, sinceramente, no quisiera cambiar. Doy a mis pacientes todo el cariño que puedo pero sin llegar a la relación que tenía con Luisa, pues eso marcó mi vida laboral y personal.

Ésta es mi experiencia en una planta donde los pacientes y su familia necesitan un cuidado enfermero especial: las mejores técnicas pero también una sonrisa, una palabra de cariño, un hombro donde llorar. Sin embargo, la vivencia con Luisa también me enseñó algo más, que consiste en que, si bien tenemos que hacer un gran esfuerzo para darles todo lo que necesitan, debemos también evitar implicarnos personalmente, ya que si lo hacemos nos pasará una factura anímica muy alta y difícil de pagar».

Fuente: Pérez Valenzuela JM. Mi experiencia en Oncología. Metas de Enferm dic 2010/ene 2011; 13(10): 74-75

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