Amables recuerdos

Martes, 3 de noviembre de 2020

A lo largo de muchos años de experiencia sigo recordando a mis pacientes con cariño, y es ese cariño el que me lleva a traducir esos recuerdos en relatos para que quede constancia, aunque solo sea a través de una visión general, del papel que tenemos las enfermeras como cuidadoras, abogadas y protectoras de todos aquellos a los que cuidamos y de sus familias.

Comenzaré con el retrato de María, una señora de 85 años que sufrió una fractura de cadera tras una caída accidental en su domicilio. Era una persona independiente, que vivía sola en su casa y que no necesitaba ayuda para las actividades de la vida diaria. Cuando ingresó en la planta de traumatología observé que tenía un semblante triste y apagado. No tenía mucho dolor, pero su expresión transmitía pesadumbre. Venía sola, sin familia.

Pasé a recibirla y a hacerle la primera valoración y al comenzar a formularle las primeras preguntas, se echó a llorar desconsoladamente. Se me hizo un nudo en la garganta. No sabía qué decirle. Les pedí a mis compañeras que me dejaran a solas con ella y empezamos a conversar. María era una señora autónoma, pero tenía miedo de que tras la caída no pudiera realizar su actividad normal en su domicilio, y esta situación le atormentaba. No tenía familia, así que serían los servicios sociales los que se encargarían de ella, porque tampoco tenía recursos económicos.
La casa donde residía era de aquellas de alquiler de renta antigua muy baja y el dueño últimamente le estaba presionando para echarla a la calle. No tenía agua caliente desde hacía un mes por una rotura de tuberías, las paredes estaban llenas de humedad y el lavabo no estaba habilitado para el uso de una persona mayor. A pesar de todo esto María prefería vivir sola en su casa. Tenía su círculo de amistades, que cada año se cobraba una nueva baja. María salía a pasear, a las casas de sus amigos a tomar “el café con las pastitas de Mercadona, que son más baratitas”, según decía mi querida María; siempre mirando “la peseta”. Su pensión era de 490 euros, me acuerdo de ello porque guardaba una libretita en la que apuntaba los gastos que tenía al mes y a partir de aquí su presupuesto le daba para más o para menos. Su casero la traía amargada, le engañaba con futuras reparaciones que nunca llegaban a realizarse, pero María era una mujer con carácter y aguantaba y aguantaba.

Y así, charlando, charlando, María se relajó, la terminé de hacer la valoración, y se despidió esa noche con un beso de abuela a nieta; me gustó la sensación.

Al día siguiente le comunicaron a mi paciente que tendría que ser operada y que, tras la intervención, debería estar ingresada en una unidad de convalecencia, pero que después de su rehabilitación podría hacer una vida normal para una persona de su edad.
Cuando se marchó María nos despedimos con lágrimas en los ojos, y me dijo una frase que nunca he olvidado porque es una frase que debería estar en la entrada de todas las universidades: “una persona sana o enferma siempre necesita ayuda de sus congéneres; cuando das, recibes, pero incluso si das y no recibes, siempre serás más dichosa, porque sabrás que has actuado bien”. Esta frase siempre la he llevado conmigo en toda mi existencia y siempre me ha dado buenos resultados. María se fue contenta, sé que se recuperó y volvió a lidiar con su casero dándole guerra hasta el final de sus días. La recordaré por su valentía y por su coraje de luchar ella sola ante el mundo. Donde estés, María, un beso de Paqui, la enfermera de la coleta.

Otro de mis recuerdos favoritos es el de Loli, una chica de 23 años que estaba muy delgada y que había sido ingresada por un neumotórax espontáneo. Observé de ella lo asustada que estaba; sus padres estaban con ella y daba la sensación de que la protegían demasiado, sobre todo su madre, que la trataba como a una niña pequeña. Aunque me llamó la atención, pensé que yo también como madre seguramente actuaría de la misma forma. Las madres tenemos muchas veces el defecto “profesional” de considerar a nuestros hijos como seres dependientes hasta la eternidad. Sin embargo, mi trabajo era equilibrar esa dependencia en busca de una independencia, al menos mientras estuviera en el hospital.

Era una familia muy demandante, querían al profesional todo el día en la habitación, preguntaban por todo, cualquier cosa se les hacía un mundo. Al segundo día de la estancia hospitalaria, aprovechando que la madre se había ido a comer, hablé con Loli a solas. Averigüé que le gustaba hacer deporte al aire libre y que a su madre le desagradaba porque le restaba tiempo de estudio en la universidad donde estaba cursando Arquitectura. También hablamos de novios, en este apartado bajó la cabeza y musitó débilmente la palabra novia. Creí entender el problema en este instante. Pero no quise decir nada en este momento, y dejamos zanjada la conversación.

Por la tarde vino a visitarla Lourdes, una amiga de su edad, pero tras mi control vislumbré enseguida la incomodidad ante la visita por parte de la madre. Dentro de la habitación el ambiente que se respiraba era tenso y aprovechando que tenía que administrar un analgésico a mi paciente, realicé bromas de pequeño calado para destensar la situación.

La madre de Loli se dio cuenta de que yo sabía algo del tema y acercándose al control cuando se marchó Lourdes me preguntó si era posible prohibir la entrada de esa chica a la habitación de su hija. La miré fijamente a los ojos y le dije que no era yo la que podía prohibir su entrada. Solo su hija, como paciente, podía hacerlo, y desde luego no creía que en este caso fuera así. Se quedó pensativa y algo contrariada, de modo que seguí diciéndole que creía que esta chica le hacía mucho bien a su hija, y que eso era lo más importante. Cualquier madre quiere la felicidad de sus hijos, y aunque a veces no nos gusten ciertas cosas de su vida privada, es preciso asumirlas, porque los pájaros abandonarán el nido alguna vez y es mucho mejor llevarse bien para que retornen de vez en cuando, en lugar de que nunca regresen, ni tan siquiera por Navidad.

Me arriesgué mucho, quizás demasiado, pero la madre de Loli hizo un gesto de comprensión asintiendo con la cabeza. Al día siguiente Lourdes volvió, pero con una diferencia significativa, hubo un saludo de aceptación y los padres las dejaron a solas. Me encontré con una familia en resolución de conflictos y me gustó porque en este caso la enfermedad evolucionó correctamente en todas sus vertientes. Loli marchó como tantos pacientes una vez recuperada del todo y su despedida, con un guiño de complicidad, me volvió a enamorar de mi profesión.

He aquí un ejemplo de cómo la satisfacción personal en el trabajo te hace volver a él con más ganas; cuando te dedicas a trabajar con enfermos te hace mejorar la calidad de los cuidados. La motivación siempre tiene que estar en alto, aunque también es verdad que necesitamos el reconocimiento de las personas por nuestro trabajo.

Todos mis recuerdos los guardo en la antesala de mi cerebro, un sabor a cariño, a tesón y a estudio se entremezclan. De nada sirven unos conocimientos técnicos perfectos si no actuamos con humanidad, uno de los valores básicos de la enfermería.

Bernal Pérez F. Amables recuerdos. Metas Enferm sep 2020; 23(7):79-80

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