Más allá del hospital: el cuidado en contextos sin recursosViernes, 31 de octubre de 2025 por Reyes Pesqueira Puyol Hay lugares donde el concepto de hospital apenas existe, donde la distancia, el conflicto o la pobreza convierten el acceso a la salud en un lujo inalcanzable. En esos lugares, la enfermería no se mide por la tecnología disponible ni por la sofisticación de los cuidados, sino por la capacidad de adaptarse, improvisar y acompañar. Durante mis años de trabajo en cooperación internacional, he aprendido que cuidar en contextos sin recursos implica mucho más que aplicar técnicas. Supone leer la realidad, entender los determinantes sociales y aceptar que la medicina sin contexto es apenas una ilusión. Las enfermeras y los enfermeros que trabajamos en terreno aprendemos a sustituir el “no se puede” por el “¿…y si como alternativa…?”. No hay monitor, pero hay observación. No hay laboratorio, pero hay juicio clínico. No hay medios, pero hay humanidad. Comunidad de Guatemala, 1998. Copy R. Pesqueira Puyol Recuerdo mi primera misión, en 1998 en un pequeño centro de salud en un país de América Latina. Teníamos un termómetro, un tensiómetro, una linterna que funcionaba a ratos y medicamentos esenciales. La gente llegaba caminando horas, a veces días. En ese escenario, el cuidado era casi un acto de resistencia: mantener la calma cuando faltaba casi todo, decidir a quién atender primero, consolar cuando no podíamos curar. La enfermería se convertía en un puente entre la necesidad y la esperanza. Cuidar sin recursos también es enfrentarse a dilemas éticos diarios. No se trata solo de priorizar, sino de asumir la impotencia sin perder la vocación. En esos momentos, una descubre que la esencia del cuidado está en la presencia: en mirar, en tocar, en acompañar. La enfermería no se reduce a protocolos; es la ciencia de estar, incluso cuando no hay nada que ofrecer más que tu tiempo y tu escucha. En terreno, el trabajo en equipo se vuelve vital. Cada decisión se comparte, cada error se asume colectivamente. Se aprende a valorar la sabiduría local: las madres que saben medir la fiebre con el dorso de la mano, los promotores de salud que recorren aldeas sin descanso, los traductores que enseñan más de lo que traducen. En esos entornos, la enfermería deja de ser un rol para convertirse en una actitud. “El saber enfermero es universal, pero su aplicación exige humildad y creatividad” Las carencias materiales obligan a volver a lo esencial. Una aprende a escuchar el cuerpo del paciente más que a confiar en una pantalla, a mirar la piel, el gesto, la respiración. Redescubrir el cuidado como acto humano, no técnico. Esa es quizá la gran lección de la cooperación: que el saber enfermero es universal, pero su aplicación exige humildad y creatividad. También he comprendido que trabajar sin recursos no significa trabajar sin dignidad. Muy al contrario: el respeto al paciente, la confidencialidad, la empatía y la ética profesional son los recursos que nunca deben agotarse. En un contexto donde todo falta, son precisamente esos valores los que sostienen la identidad enfermera. Cuando vuelves de una misión así, los hospitales con aire acondicionado y aparataje te parecen otra galaxia. Pero algo cambia para siempre: ya no ves los cuidados igual. Entiendes que el verdadero poder de la enfermería no está en la tecnología, sino en su capacidad para adaptarse, cuidar y mantener la humanidad incluso en la precariedad más absoluta. Cuidar en contextos sin recursos es una forma de resistir la desigualdad, de defender el derecho a la salud cuando el sistema no lo garantiza. Es afirmar que toda vida merece atención, aunque las condiciones digan lo contrario. Porque la enfermería no solo cura heridas: también denuncia injusticias, acompaña duelos colectivos y siembra esperanza en medio del caos. En cada vendaje improvisado, en cada parto sin luz, en cada niño que sobrevive contra todo pronóstico, late una convicción: que cuidar sigue siendo un acto de fe en la humanidad. Reyes Pesqueria Puyol