“La enfermería sensible al género no es algo abstracto: se puede medir y modificar”

Lunes, 24 de agosto de 2026

por Silvia López Criado

El género también influye en la forma en que las personas enferman, expresan sus síntomas y abordan su enfermedad y autocuidado. Para tenerlo en cuenta en la atención diaria, un equipo de enfermeras de la Universidad del País Vasco ha definido por primera vez qué significa aplicar una práctica enfermera sensible al género. La investigación, liderada por Ainitze Labaka, María Isabel Trespaderne, Agurtzane Mujika y Naia Hernantes y publicada en Journal of Clinical Nursing, propone además indicadores concretos para llevar este enfoque a la práctica y poder evaluar su aplicación.

Ainitze Labaka, una de las investigadoras del estudio, explica en esta entrevista por qué incorporar la perspectiva de género a la enfermería puede marcar la diferencia en la atención sanitaria. Desde los pequeños gestos del día a día hasta la forma de interpretar los síntomas, esta enfermera y doctora en Psicología pone el foco en los sesgos y estereotipos que pueden pasar desapercibidos y defiende una atención que escuche al paciente, respete su experiencia y evite dar por sentadas determinadas conductas o necesidades.

Ainitze Labaka

Enfermería sensible al género

Pregunta.- Para empezar, ¿qué entendemos exactamente por una enfermería sensible al género? ¿Podrías explicarlo con un ejemplo de la práctica clínica?

Respuesta.- Se trata de que las/os enfermeros seamos capaces de identificar las actitudes y costumbres de autocuidado que la identidad de género haya podido moldear en las personas, así como de reconocer los sesgos de género y los consejos paternalistas que nosotras nos sintamos tentadas a dar.

Por ejemplo, imaginemos que un señor de 75 años viene, acompañado por su mujer, a realizar el seguimiento de su hipertensión a la consulta de enfermería. Puede ocurrir que la mujer sepa más sobre las últimas cifras de la tensión, sobre las citas y pruebas que el marido tenga pendientes. Si al finalizar la consulta, yo acuerdo la siguiente cita y doy las recomendaciones a seguir a la esposa y omito al hombre, estoy haciendo que ella siga cargando con la responsabilidad de la hipertensión de su marido, y al hombre le estoy negando el potencial que tiene como paciente activo. Seguirá sintiendo que lo de cuidarse no es cosa suya y perpetuaremos la dinámica.

P.- ¿Por qué era necesario definir este concepto dentro de la disciplina enfermera?

R.- Los sesgos de género en salud producen diferencias en la validación de los síntomas, en la calidad de vida, e incluso en la morbimortalidad, y esto ha afectado sobre todo a las mujeres y a las minorías de género. Aunque una enfermera introdujo el término “atención sensible al género” hace dos décadas, el concepto no fue desarrollado y tampoco se acotaron los referentes empíricos, es decir, los indicadores tangibles que en la práctica realmente nos pueden decir si estamos siendo equitativos o no.

P.- Cuando hablamos de género en salud, ¿qué sesgos o situaciones pasan más desapercibidos en el día a día como enfermeras?

R.- El estilo de cuidado paternalista y los desequilibrios de poder en la relación enfermera/o-paciente. Es imprescindible dar legitimidad a la narrativa de las/os pacientes y no presuponer nada.

Una compañera fue hace unos meses a urgencias con dolor abdominal. Le insistieron en que sería dolor menstrual. Ella, que lleva veinte años de su vida menstruando, les decía que no, que nunca había experimentado ese tipo de dolor, pero la mandaron a casa con un analgésico. Resultó ser una apendicitis que casi derivó en peritonitis. El uniforme no nos da autoridad para cuestionar la narrativa clínica de las personas, la máxima autoridad sobre la vivencia de lo que está ocurriendo siempre será de la persona afectada. Descartamos las pistas que nos regalan en el discurso de lo que sienten cuando no cuadran con lo que nos empeñamos en presuponer.

Sesgos de género, estereotipos en atención sanitaria

P.- ¿Puede influir el género en cómo una persona expresa sus síntomas o en cómo interpretamos esos síntomas como profesionales?

R.- Sí, pero primero debemos recordar que a veces la sintomatología difiere según el sexo, como en el caso del infarto. Esa diferencia se debe a la anatomía y los/as profesionales deberíamos conocerla, y no tomar la sintomatología masculina como la norma para todas las personas.

Además de eso, ocurre que culturalmente hombres y mujeres han podido ser educados para manifestar el malestar de forma diferente. Por ejemplo, el estoicismo está muy presente en la masculinidad hegemónica, y hace que para un hombre educado en esa línea sea difícil admitir que no soporta el dolor, que se siente débil, que tiene inapetencia sexual… puede que se exprese con una reticencia o enfado que realmente enmascara la tristeza y la preocupación.

P.- El estudio habla de evitar estereotipos. ¿Qué estereotipos están más presentes en la atención sanitaria y cómo pueden afectar a los cuidados?

R.- Un estereotipo muy recurrente es el de la ansiedad en mujeres. Aunque ciertamente hay más mujeres que sufren ansiedad que hombres, no todas las mujeres somos ansiosas. Arrastramos este mito desde la antigua Grecia, donde Hipocrates, considerado el padre de la medicina, argumentaba que el útero se desplazaba provocando histeria, así que la mayoría de los males de las mujeres se podían atribuir al hystera (útero en griego).

Hace algunos años, los artículos sensacionalistas que afirmaban que la mayoría de las mujeres sufríamos síndrome premenstrual también alimentaban el mito. Hay un Ted Talk muy interesante de la psicóloga Robyn DeLuca, en el que reflexiona sobre que es más cómodo atribuir el malestar de las mujeres a su biología en vez de validar sus quejas y cuestionarse si la brecha salarial, la mayor carga familiar, la mayor probabilidad de sufrir abusos, etc., son las grandes responsables de la mayor incidencia de ansiedad y depresión.

Otro estereotipo es el de que las mujeres estamos diseñadas para aguantar el dolor. Hay estudios realizados en EE. UU. que encontraron que a las mujeres se les administraban menos analgésicos y más tarde. El estereotipo de que el hombre es mal enfermo también puede influir en la disposición que tendremos para darle educación sanitaria.

P.- Uno de los aspectos que señaláis es la valoración enfermera. ¿Cómo puede incorporarse la perspectiva de género desde el primer contacto con el paciente?

R.- Centrándonos en la importancia de la valoración hubo un estudio multicéntrico en Australia que encontró que las/os enfermeros de triaje priorizaban menos a las mujeres que luego resultaban tener un infarto agudo de miocardio en comparación con los hombres. Esta diferencia se debe a no reconocer los síntomas del infarto en mujeres. Es también importante conocer que cada vez hay más herramientas de valoración sexo-específicas que podemos usar para el riesgo cardiovascular, la sarcopenia, la fragilidad, etc. Así como entender cómo el género moldea el contexto social y la comunicación.

P.- ¿También debería reflejarse esta perspectiva en los registros y planes de cuidados? ¿De qué manera?

R.- Es importante usar los pronombres que respeten el género autoidentificado de la persona e identificar los roles de género que pueden influir en el cuidado. Por ejemplo, podemos tener a una mujer que esconde sus síntomas porque toda su vida y su identidad se han construido sobre el hecho de cuidar a los demás, y ahora que es mayor no acepta ser cuidada. Además, analizar la frecuencia de diagnósticos enfermeros por género nos ayuda a detectar si existen sesgos en el proceso enfermero.

Formación enfermera bajo la perspectiva de género

P.- El estudio identifica la falta de formación como una de las principales barreras. ¿Están suficientemente preparadas las enfermeras para detectar y abordar estas desigualdades?

R.- Diría que no. La perspectiva de género no suele estar realmente integrada en los planes de estudios, ya sea por falta de tiempo o escepticismo, pero cada vez hay más cursos sobre género y salud que muchos y muchas enfermeras realizan por iniciativa propia.

P.- Habéis revisado investigaciones de distintos países y continentes. ¿Os ha sorprendido encontrar elementos comunes en contextos sanitarios tan diferentes?

R.- La gran mayoría de los estudios pertenecía a los países denominados desarrollados y sí, los roles de género, los estereotipos y la estructura patriarcal del sistema sanitario son consistentes. Al fin y al cabo, en el sistema sanitario se replica lo que ocurre en la sociedad.

P.- Después de realizar esta investigación, ¿ha cambiado vuestra propia manera de mirar o plantear los cuidados?

R.- Esta investigación nos ha permitido ver que la enfermería sensible al género no es algo abstracto, sino un fenómeno tangible, medible y modificable. Hay escalas validadas que miden la conciencia de género de las/os enfermeros, la legitimidad que le otorgan al dolor de las personas, se puede comparar si ciertas intervenciones enfermeras se planifican más con pacientes de un género que con otro… Y no se trata solo del cuidado directo a pie de cama, sino que debe integrarse en la gestión, el liderazgo y las políticas de salud.

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