Lo que el terreno enseña: errores que transforman

Lunes, 4 de mayo de 2026

por Reyes Pesqueira Puyol

En cooperación se habla poco del error. No porque no exista, sino porque incomoda. Porque nos toca donde más duele: en la identidad profesional, en la sensación de competencia, en esa necesidad casi infantil de “hacerlo bien” cuando lo que tienes delante es sufrimiento real. Y, sin embargo, si hay algo que el terreno me ha enseñado, con paciencia y con bofetadas suaves, es que el error no es una anécdota. Es un compañero de camino. A veces discreto, a veces ruidoso.

Durante años me repetí que la experiencia consistía en cometer menos errores. Hoy lo veo distinto: la experiencia también consiste en saber reconocerlos sin destruirte, analizarlos sin excusas, y convertirlos en un aprendizaje que te haga cuidar mejor. Porque lo que marca la diferencia no es no fallar nunca (eso es fantasía), sino qué haces con lo que no salió como esperabas.

El problema es que el error en terreno no llega en un contexto cómodo. No es “me equivoqué en un informe y lo corrijo mañana”. Aquí el error puede significar perder tiempo crítico, generar desconfianza, tensar un equipo, o tomar una decisión con impacto real sobre una vida. No hace falta dramatizarlo para respetarlo: basta con decir la verdad. Equivocarse en terreno pesa.

El terreno no perdona la prisa, pero enseña a quien se detiene a aprender. Copy R. Pesqueira Pujol

El error no siempre es técnico

Una de las cosas que más cuesta aceptar es que muchos de los errores que más enseñan no son clínicos. No tienen que ver con no saber manejar una vía, interpretar un signo o seguir un protocolo. Tienen que ver con lo humano.

Errores de comunicación.
Errores de lectura cultural.
Errores de timing.
Errores de “yo pensé que…” que en terreno suelen pagar caro.

He visto intervenciones impecables sobre el papel que fracasan porque se explicaron mal, porque no se escuchó a tiempo, porque se subestimó una dinámica local o porque se habló desde un lugar que sonó a imposición. Y lo peor es que, cuando el error es humano, cuesta más defenderse con datos. No puedes esconderte detrás de una guía clínica. Te toca mirar tu forma de estar, de decir, de liderar, de escuchar.

Y sí, he metido la pata. Como todas.

El día que me di cuenta de que “tener razón” no era suficiente

Hay un tipo de error muy común en cooperación: el de confundir evidencia con legitimidad. Saber algo no significa que lo puedas implementar sin más. Y menos cuando tu interlocutor tiene historia, orgullo, valores, experiencias previas con el sistema y una percepción (a veces muy justificada) de desigualdad.

Un error frecuente es entrar en modo “solución” demasiado rápido: tú ves el problema, tienes la respuesta, lo haces. Y luego te preguntas por qué el equipo local se apaga, por qué la comunidad no se implica o por qué el plan no se sostiene cuando tú no estás.

A veces el error fue ese: hacer lo correcto sin construir el cómo con quienes lo van a sostener.

En terreno aprendí que la eficacia sin vínculo dura poco. Y que, aunque suene duro, un protocolo aplicado sin escucha puede convertirse en una forma de violencia blanda: no deja marcas visibles, pero deja distancia, resistencia y desconexión.

Humildad no es inseguridad

Otra trampa típica: pensar que reconocer un error te resta autoridad. En terreno, muchas veces ocurre lo contrario. He visto cómo un “me equivoqué aquí” dicho con calma y responsabilidad aumenta la confianza del equipo. Porque transmite algo muy raro en entornos exigentes: honestidad.

La autoridad verdadera no viene de ser infalible. Viene de ser confiable.

Y ser confiable incluye:

  • Admitir límites.
  • Pedir apoyo.
  • Revisar decisiones.
  • Corregir sin dramatismo.

La soberbia en terreno es peligrosa. No solo por lo que genera hacia fuera, sino por lo que te impide ver hacia dentro. Cuando crees que lo controlas todo, te pierdes lo esencial: el contexto siempre es más grande que tú.

Errores inevitables vs. errores evitables

Hay una distinción importante que me gustaría dejar clara: no todos los errores son iguales.

  • Errores inevitables: los que ocurren porque el contexto es complejo, la información llega tarde, el sistema es frágil, o el escenario cambia. No son excusables en el sentido de “da igual”, pero sí son comprensibles y revisables sin culpa destructiva.
  • Errores evitables: los que nacen de la prisa constante, del no preguntar, del no escuchar, del ego, del “yo ya sé”, o de sostener un ritmo que nos deja sin capacidad de pensar.

Lo que a mí me ha servido para transformar errores en aprendizaje

No doy recetas universales, pero sí comparto herramientas que a mí me han sostenido:

  1. Nombrarlo pronto:
    Cuanto más tiempo pasa, más grande se vuelve en tu cabeza. Lo que se nombra se puede trabajar.
  2. Separar el hecho de la identidad:
    “Me equivoqué” no es “soy incompetente”. Parece obvio, pero en terreno se olvida fácil.
  3. Buscar el “por qué” sin castigo:
    El castigo no mejora sistemas. El análisis sí.
  4. Convertirlo en aprendizaje compartido:
    Si solo lo cargas tú, te desgasta. Si el equipo aprende, se vuelve útil.
  5. Cuidar el contexto que te llevó ahí:
    ¿Dormiste? ¿Tenías apoyo? ¿Estabas sola? ¿Había presión? A veces el error es un síntoma de un sistema que necesita ajuste.

Cierro la mochila por hoy, concluyendo que…

El terreno enseña incluso cuando duele. Y entre todas sus lecciones, los errores ocupan un lugar incómodo pero imprescindible. Mirarlos de frente no nos hace menos profesionales; nos hace más conscientes, más prudentes y más humanos. Porque cuidar bien no es solo hacer lo correcto: es también revisar lo que hicimos cuando no salió como queríamos, y atrevernos a mejorar sin destruirnos.

Si algo me queda claro después de tantos años es esto: el error no desaparece, pero puede transformarse. Puede convertirse en humildad, en criterio y en una forma más honesta de acompañar. Y cuando se comparte, además, deja de ser un peso individual para convertirse en un aprendizaje colectivo.

Querido lector/a, si quieres compartir tus comentarios, no dudes en exponerlos; estaré encantada de leerlos e intercambiar opiniones. Muchas gracias por tu atención.


“Reflexiona, comparte y actúa: la cooperación se transforma con decisiones pequeñas pero valientes”.

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